Actitud, capacidad y ganas como virtudes hacia el éxito

Ante cualquier tarea o propósito que emprendamos en la vida, necesitamos de una predisposición personal para poder afrontarlo, llevarlo a cabo e intentar que llegue a buen fin. Aun así, ¿nos hemos preguntado si siempre estamos en las mejores condiciones para hacerles frente con garantía de éxito?
Hay tres pilares básicos en cualquier faceta o acción que realicemos, en la búsqueda de un objetivo: la actitud, la capacidad por aprender y las ganas de hacerlo bien.
La disposición en la realización de un proyecto, el deseo o voluntad por conseguir algo, unido a la habilidad y destreza, son claves en la consecución de algún fin.
El interés por realizar una tarea es una demostración de importancia por lo que hacemos y queremos conseguir, dándonos un valor de creencia e impulso como utilidad para seguir y no desistir en el empeño.
Toda faceta a realizar, sea cual sea su ámbito, necesita de un afán para ir en su encuentro con atención y esfuerzo ante las vicisitudes que se nos presenten, unidas al deseo por ellas y las ganas para no desfallecer en el intento.
Es necesaria una actitud que nos dote de la facultad y el compromiso para saber luchar contra los errores y los equívocos, sabiendo que nuestra competencia se ha de utilizar con destreza e inteligencia.
Actitud, capacidad y ganas, ¡qué bonitas palabras para conquistar anhelos y deseos!, pero que a veces suenan vacías cuando no van acompañadas del talante para emprenderlas en toda su intensidad.
Qué fructífero es el trabajo cuando conlleva un esfuerzo de positividad en nuestras acciones cotidianas del día a día. Con conductas ante los problemas y dificultades que no sean trabas, sino al contrario, acicates para busca soluciones y remedios ante los obstáculos que nos surjan.
No hay esfuerzo baldío, cuando nuestras posiciones son objetivos en el quehacer para alcanzar los fines y metas.
La actitud siempre es determinante en toda iniciativa; es el fuste connatural de lo personal. Es el símil de la calidad de un producto sintetizado en la figura humana de actuación cotidiana. Aquella que nos transporta y traza las conductas de actuación que emprendemos.
Hemos de ver, en la actitud como comportamiento, las ganas por mejorar y la capacidad por crecer en conocimientos como unos vasos comunicantes para estar en las mejores condiciones de éxito, pero sobretodo de crecimiento personal.
La voluntad para hacer las cosas es el aliento positivo ante las dificultades; un estado de ánimo que nos dota del impulso necesario para mantener el empeño de los anhelos.
Las metas “se alcanzan o no”, pero el ansia para alcanzarlas siempre nos las acerca un poco más. Sobre todo, cuando ponemos pasión en el intento por ellas, tenemos las intenciones claras en su consecución y no caemos en la impaciencia si no llegan en su tiempo justo.
Las competencias propias nos han de servir como aptitud de experiencia, pero también de actitud de destreza y pericia. Auténtica fuerza de poder que nos abre aún más las posibilidades de nuestros deseos por conseguir.
El potencial del talento marcará las oportunidades en forma de expectativas de acierto ante las circunstancias imprevisibles. Ante ello, la experiencia es un valor de madurez, un protector en el aprendizaje ya vivido que nos sirve ante nuevas vivencias y expectativas que nos marquemos. Un acicate de los conocimientos ya adquiridos: la capacidad por adquirir de nuevos y la capacidad por hacerlos cada vez mejor. Sin perjuicio de lo que hacemos y vivimos, sin perder la vista de lo que hemos hecho y aprendido. Ni olvidar que: “la experiencia del saber sirve como camino y motivación para conseguir la excelencia”.
Para poder conseguir la excelencia en cualquier orden de la vida, no sólo ha de quedar en intentar hacerlo, sino en querer y poder hacerlo. De esta manera, la influencia de los procederes marcará nuestro comportamiento ante los avatares, con sus dificultades, retos y metas. Por ello, podemos decir que: el impulso que dotemos a nuestros actos, determinará, para bien o para mal, su final.
Necesitamos de valores y principios que nos faculten y guíen ante las aspiraciones por acometer. Que posibiliten las prioridades en el aprovechamiento de las competencias; verdaderas bases de referencia a modo de eje vertebrador, leitmotiv a seguir, camino, guía y logro.
No perdamos el estímulo y el talante proactivo en hacer las cosas; manteniendo una predeterminación siempre abierta a aprender y no perder el ansia por hacerlo cada día más bien. Es la mejor forma de satisfacción y plenitud personal que nos acercará hacía el éxito.

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Impulsar el ánimo

Estamos inmersos en una sociedad compleja llena de avatares y confusiones. El ser humano, vulnerable y expuesto a esta situación, no es ajeno en cuanto a su estado psicológico en sus decisiones a tomar durante su vida común ordinaria.
Los problemas que nos acucian en nuestro quehacer diario afectan a nuestra actitud y estado personal, emocional y anímico. Pero, ¿sabemos afrontar las contrariedades y dificultades que en la vida se nos presentan? ¿Nos han enseñado a gestionar nuestras emociones? ¿Por qué las desgracias afectan de diferente forma a las personas? Distintas preguntas ante un denominador común: la capacidad humana de experimentar emociones, comprensión y afecto por todo lo que nos sucede y rodea.
Si todos los problemas necesitan de un diagnóstico, análisis y puesta en marcha de solución, el ánimo en las personas es la fuerza necesaria para tomar acción y resolver en el transcurso de los acontecimientos con eficacia cualquier circunstancia que nos acontezca.
Hay cuatro patas, a modo de banco, claves para hacer frente al el desánimo: la energía, como fuente de transformación y positividad; el esfuerzo, como garante de la perseverancia ante las dificultades; la voluntad, como capacidad humana de coraje y decisión; y el valor, como cualidad de valentía ante adversidades, fatalidades o tristezas.
Impulsar el ánimo ante la desdicha y la infelicidad no es una tarea fácil de conseguir. Los contratiempos que nos proporciona la vida son, a veces, un revés difícil de superar. Pero todos estos tropiezos no dejan de ser infortunios incontrolables a los que nos debemos sobreponer para no caer en la infelicidad, en el fatalismo o en la percepción de un desastre sin solución.
Cualquier tragedia requiere un impulso del ánimo, un esfuerzo que nos aliente para crecer, nos aporte el coraje necesario de superación, la fuerza y el ímpetu que cualquier ser humano necesita en la predisposición para ser un poco más felices.
Impulsar el ánimo nos acerca a un estado emocional más positivo, nos da la fuerza moral y el brío necesario ante la tenacidad de nuestros actos como seres humanos.
El ánimo es parte de nuestra alma y condición como individuos, que nos hace sentir y mantenernos vivos. Por tal motivo, es imprescindible mantener un buen estado de vigor, ya que reflejará nuestras vivencias afectivas y emocionales en una sintonía apropiada y conveniente.
Una buena disposición de ánimo es el camino que conduce a un bienestar un poco más pleno, y nos hace ser y sentir internamente más creativos e imaginativos.
Impulsar el ánimo aumenta nuestro tono vital, va un paso más allá, y es indispensable ante el estudio de un problema y la búsqueda positiva de una salida ante cualquier desenlace que se nos presente u obstaculice.
Los obstáculos necesitan imaginación para combatirlos y ánimo para superarlos.
Impulsemos el ánimo como mejor respaldo y garantía de higiene mental de nuestros pensamientos y comportamientos rutinarios.
Alejemos los sentimientos desagradables que nos perturban y preocupan. Desterremos el mal humor, la irritabilidad y la tristeza se de nuestra mente. Demostremos nuestros sentimientos y hagamos que florezcan con naturalidad, sin problemas ni perjuicios.
Aparquemos la apatía, la melancolía y la pena como terapia personal de salud en la mejoría de nuestro estado psíquico, emocional y espiritual.
Si nuestro estado de ánimo es un termómetro de salud mental, dotémoslo de las condiciones necesarias que nos aporten el equilibrio, nos prevengan en nuestros procederes rutinarios y garanticen el ajuste psicológico imprescindible para tener una buena salud mental.
Impulsar el ánimo asegura nuestra energía vital y nos hace sentir mejor con nosotros mismos y con nuestro entorno.
Impulsémoslo como mejor aval de salud, vida y camino hacia la felicidad personal.
Es nuestro mejor baluarte y aliado.

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Luchando contra la resignación

La magia de la vida incumbe al ser humano durante todo el periplo de su andadura terrenal. Son momentos de avatares de diferente índole y condición, llenos de vivencias en el devenir de su existencia. Aquellas que comportan situaciones agradables y placenteras, pero también de tristeza, obstáculos y adversidades. En este tránsito tan variado y variopinto del existir humano nos podemos preguntar: ¿son las desgracias, desdichas y reveses de la vida infelicidades que no sabemos superar y que quedan supeditas a la simple resignación y sumisión del conformismo?
No, no podemos conformarnos ante los infortunios y las contrariedades como meros espectadores de un paisaje de la vida que formamos parte de una forma estática, sin cambios y paralizada por el asombro de las emociones negativas e insanas.
Al contrario, los contratiempos y secuencias de la vida, con sus dificultades y problemas, requieren de actitudes de disposición y talante efectivo, vivo y enérgico que hagan frente a nuestras debilidades y estados de energía. Estados faltos de las garantías necesarias para poder afrontar las vicisitudes que se presentan de cualquier índole, independientemente de su desarrollo contrario o buena marcha en lo que nos acontezca y repercuta en nuestro estado personal y emocional.
La resignación no ha de quedar sólo en aspectos del acontecer de las cosas, tal cual. De un aguante impertérrito que ni se altera ni perturba, pero tampoco ha de quedarse impasible e indiferente en un estado imperturbable e impávido.
Debemos luchar con el esfuerzo de nuestro ánimo; aquel que reavive nuestra parálisis de reacción. Haciéndonos renacer el espíritu de lucha y sacrificio que nos reconforta, tonifica y estimula, y que nos disuade de la apatía, la indiferencia de los hechos y las situaciones negativas que nos acontezcan. Apartándonos del desinterés y la desgana que genera la dejadez y la displicencia para saber afrontar los problemas e infortunios incontrolados.
Los estados de resignación nos provocan insensibilidad ante cualquier acontecimiento que nos atañe. Son estados de desafecto con nosotros mismos que desprenden pereza y pasividad. Una renuncia y dejación que nos ablanda interiormente, generándonos el desánimo y el desaliento. Una astenia de decaimiento que nos conduce a la indiferencia para afrontar y poder acometer la lucha contra el conformismo. Ante ello, debemos superar nuestros propios recelos, afrontando los problemas y las dificultades con un valor de mejora. Unida a la superación que nos ayude a sobreponernos ante los problemas añadidos a través del desarrollo y el crecimiento frente a cualquier brete o escollo.
No podemos hacer de los inconvenientes problemas de ahogo y apuro personal que alimenten aún más cualquier acontecimiento o infortunio. De tal manera, que podamos ir en busca de la superación como progreso. Aquella que nos genere la paz interna, el sacrificio y la voluntad para hacer frente con sosiego y calma, las preguntas, los enigmas, las dudas e incógnitas que nos puedan acechar y que no encontremos solución para ellas.
Las preocupaciones acontecidas las debemos encarar retando el pesar, la pena y la pesadumbre. Enfrentándonos a los interrogantes, las dubitaciones y las incertidumbres sin vacilaciones, titubeos, reparos ni desconfianzas. Alejándonos de las decepciones y los percances inoportunos de los remordimientos y el abatimiento de la angustia.
La mejor vacuna contra la resignación es la armonía y el equilibrio personal transmitido desde la tranquilidad, el sosiego y la calma. Un reposo de concordia, conciliación propia y quietud espiritual.
La rebeldía del inconformismo contra la resignación deber ser, la que nos dote de estabilidad, aplomo y serenidad.
Un crecimiento personal de concordia, armonía y serenidad que combata la resignación con la desobediencia a la desgana. Sublevándonos ante la abulia y la indiferencia. La indiferencia ante la desidia, y el inconformismo ante el abandono.
Busquemos el apasionamiento en las pequeñeces de los momentos y las maravillas de la vida como arrebato de rebeldía sana. Y la emoción del ánimo en estado puro con el ardor del espíritu vigoroso.
No nos abandonemos en el desamparo ni la soledad del fracaso y la negatividad. Un estado de desatención de nuestros valores y principios que son la hoja de ruta de nuestras convicciones personales. Hagamos de las creencias un escudo de protección, auxilio y ayuda. Un apoyo y defensa que nos resguarde de las debilidades, haciendo de refugio y cobijo verdadero.
Un parapeto de confianza aplomo y ánimo contra las decepciones, trastornos y dificultades. Aquellos auténticos impedimentos que nos turban y se convierten en reveses y obstáculos. Pero no por ello dejemos que nos venzan. Y si lo hacen, no caigamos en el equívoco de ser vencidos por nuestra inacción y dejación.
Estamos ante la imagen del ser humano en toda su esencia, con sus miserias, contradicciones y grandezas. Es la escenificación real y necesaria para que no perdamos la batalla de la resignación ante lo misterioso, milagroso y oculto. Un imprevisible devenir de la vida para no dejar de luchar por lo conocido, lo establecido y lo usual que nos concierne y podemos cambiar día a día.
Es la batalla de la rebeldía como símbolo de crecimiento personal, autoestima, orgullo y dignidad humana.

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Cuando la apatía se instala dentro de las empresas

Los líderes dentro de las empresas desempeñan una labor de guías que marcan el camino de transformación, generación de entusiasmo, determinación en los proyectos y acicate en las metas de sus equipos humanos. Pero, ¿qué pasa cuando los líderes, por mediocridad o incompetencia, solo transmiten: desmotivación, falta de entusiasmo y desgana?. Es aquí cuando aparece el desanimo grupal; aquel freno que merma las capacidades individuales y aportación de una organización al crecimiento personal de sus trabajadores. Es el momento en que aparece el germen que va propagando e incubando la apatía en estado puro, con todas sus consecuencias, perjuicios y efectos secundarios. Un virus letal que afecta al corazón de las empresas y a su capital humano, en todo su conjunto.
Las claves de los líderes en las empresas siempre van ligadas a una figura e imagen, a nivel de símbolo vital esencial que ejerza un papel estimulador positivo en la dirección de los equipos humanos . Todo lo contrario provoca un resultado negativo ante cualquier proyecto o meta a emprender. Verdadero mal de muchas empresas, donde sus trabajadores deambulan con la indiferencia de no sentirse involucrados, ni a nivel profesional, ni a nivel personal. Estos estados de desidia crean ambientes nocivos que repercuten en la productividad empresarial, el estado anímico de sus empleados y en la calidad laboral de las empresas.
No hay peor abandono en una sociedad empresarial que no creer en su capital humano, su talento y su potencialidad. Cuando éste ocurre, da lugar a la inercia ante cualquier plan de actuación, estrategia o proyecto que necesita un colectivo humano para llevarlos a buen fin. Todo lo contrario que cuando partimos con pilares sólidos que impregnen motivación para poder emprenderlos; el empeño en su consecución, y el interés en la actividad que desarrolle para poder ejercitarlos.
En el momento en que en las empresas no aflora el dinamismo y la creatividad, estamos consiguiendo ser los mejores aliados de nuestros competidores. Es por ello que no podemos caer en el disentimiento corporativo por mejorar la calidad laboral, ni caer en la indiferencia de la mejora y el crecimiento.
Empezar a renunciar en la debilidad, la apatía y la resignación como mejor baluarte para poder competir con las mejores garantías en el mercado.
Es indispensable que los responsables en las entidades empresariales sean líderes que transmitan entusiasmo, dinamismo y pasión como correa de transmisión de palanca y coraje. Aquella emoción del ánimo necesario en toda actividad que sirva de energía y tesón ante cualquier reto.
Ya que toda función de trabajo o labor a desempeñar necesita de una fortaleza para acometerla, debemos impregnarnos de la fuerza de la positividad para no desfallecer ante las adversidades. Con la acción en los deberes y tareas que conlleven una intensidad y creencia en lo que se hace. Todo lo contrario nos llevara a la pasividad por la lucha hacia los fines a conseguir, y la renuncia de los objetivos vitales que son primordiales en cualquier empresa para luchar y medirse en el mercado.
Hagamos entender a las empresas y a sus líderes que el capital humano es el mejor patrimonio de cualquier corporación. Y que cuando los hacemos caer en su abandono y desidia, es el comienzo de la parálisis corporativa que conlleva su inmovilismo como freno para competir y la inacción para emprender.
Cambiemos de paradigma y apostemos por líderes y empresas que valoren el esfuerzo colectivo, las aspiraciones individuales y la perseverancia en los propósitos, metas y objetivos, frente a la proliferación de la apatía dentro de las organizaciones con sus consecuencias, daños y secuelas.

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Dejando atrás el pesimismo

La vida no es una camino de vino y rosas. Un jardín idílico y maravilloso de luces, colores y aromas.
En este viaje personal e intransferible que emprendemos: ¿podemos definirlo sólo como un trayecto de infortunios y desdichas en forma de corona de espinas llenas de dolor y sufrimiento?
Cuando desde nuestra visión personal individual consideramos todo lo que nos envuelve con un juicio solamente desde su perspectiva adversa, contraria y negativa, convirtiéndola en una actitud de comportamiento permanente y rutinaria, es cuando hace su aparición el pesimismo.
Una figura que nos distorsiona la realidad de la vida, influyendo en nuestras decisiones, sensaciones y emociones. Un corsé que nos merma y paraliza ante las cosas haciéndonos conformistas e infelices. Es una forma de hacernos prisioneros de nosotros mismos. Cegándonos con el “tul” de la oscuridad que no deja ver lo hermoso de la vida y la condición humana.
El pesimismo es un estado anímico de derrotismo perdido delante del mundo que nos rodea. Un entreguismo hacia el inmovilismo que nos paraliza ante los cambios y alteraciones que se transforman en nuestros hábitos cotidianos. Un talante diezmado de valor, empuje e ímpetu que nos conduce a la desesperanza. Verdadero desaliento de abatimiento interno, donde la desdicha, el derrotismo y el entreguismo tienen su mejor caldo de cultivo. Es el envejecimiento del ánimo y la pérdida natural de jovialidad. Un estado de postración y hundimiento físico y emocional. Auténtica impresión consustancial de nuestras desgracias (suerte, desconsuelo, padecimiento) que nos produce aflicción ante los acontecimientos no deseados; la tristeza y el decaimiento progresivo de las cualidades anímicas y afectivas.
La naturaleza del pesimismo siempre conlleva la melancolía. Una pesadumbre de nuestra existencia vital. Innegable sentimiento permanente y profundo de sensaciones contradictorias entre: “el querer y el no querer”. Aquella postración que nos empobrece de padecimiento como una fosa de hundimiento, desasosiego y estado de desfallecimiento natural de nuestro vigor y fuerza física.
Una visión imperfecta de nuestro entorno y su percepción desde la apariencia de los problemas y no desde las soluciones, que nos limita en nuestras ocupaciones provocándonos una realidad distorsionada con un solo punto de vista y objetivo. Donde las calamidades nos acobardan produciendo atonía y apatía. Ocasionándonos un estado general hipocondríaco ante los reveses cotidianos del día a día. Un estado de abatimiento que nos suscita problemas y dificultades cuando aparecen los trances y compromisos cotidianos. Siendo un escollo y deterioro de destrucción y derrumbamiento moral que nos hace caer en una debacle y quiebra personal como socavón y desmoronamiento de vacío y animo. Pérdida de alegría, humor y talante de entusiasmo, animosidad, valor y empuje. Manifiesta potencia y fuerza necesaria para afrontar con tesón cualquier decisión, intención y voluntad de espíritu. Un quebranto en nuestro crecimiento personal, impulso y potenciación de las ambiciones, aspiraciones y empeños. Dando lugar a una sensación de tristeza de naturaleza propia como disposición no propicia que da forma a la frustración. Una condición de indiferencia y carácter natural que conlleva al desengaño personal como costumbre y rutina que nos impregna del aburrimiento, la desilusión y la desgana. Sensación de fastidio originado por una carencia de estímulo de actuación para emprender o realizar cualquier tarea o acción.
El pesimismo conlleva a la desmotivación que es el reflejo de un cuadro circunstancial de insatisfacción, falta de incentivo y encanto ante las posibilidades a lograr dentro del entorno que rodea a nuestra persona. Una burbuja de aislamiento relacional, penumbra y oscuridad. Ante ello, nos podemos preguntar. ¿por qué no buscamos otros enfoques ante nuestros miedos, frustraciones y desengaños? ¿Valoramos las cosas desde sus diferentes perspectivas? ¿Podemos pasar del “no” como respuesta ante todo, y pasar al “por qué no”?
Son preguntas que necesitan de ajustes en nuestra forma de visionar, actuar y entender las cosas desde su concepto real, que nos sirvan como acicate para renacer y reanimar nuestro espíritu. Un estimulante y tonificador vital que nos reconforte desde la paz interior del alma.
Que nos haga abandonar de la mente los pensamientos de desesperación, abatimiento e ideas de desaliento y fracaso.
Debemos buscar impulsos de valores y emociones que despierten la pasión y la fantasía. Poniendo energía, voluntad y alma en lo que creemos, soñamos y ansiamos. Ambiciones aparcadas que debemos ir en su búsqueda para alcanzarlas como ganancia de esfuerzo y lucha.
Seamos tenaces, tengamos ahínco en nuestras ambiciones y aspiraciones. Aprovechemos nuestra voluntad con decisión y valor sin que nos perturbe de cualquier sentimiento desagradable. Hagamos de nuestras fantasías, designios de sueños a cumplir. Dejemos de ver en el desconsuelo una amargura de melancolía y pesadumbre; al contrario, transformémoslo en una alegría de gozo y dicha. No permitamos que el pesimismo se convierta en amargura, dolor y pena. Abandonemos la penumbra sin luz del pesimismo, y optemos por el cambio con ilusión entusiasmo y ánimo. Despertemos hacia la luz del mundo con su color, su encanto y sus sensaciones.
Es una nueva forma de ver la vida desde su belleza y misterios mágicos que nos ofrece por descubrir.

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El miedo ante la toma de decisiones

El ser humano, como ser social, es participe del entorno que lo rodea en todas sus parcelas y espacios. Miembro de una sociedad, coopera y actúa en una interacción de relación en sus diferentes ámbitos de convivencia (personal, laboral, social) y quehacer diario con eventualidades de diferente índole que le envuelven y ha de afrontar con determinaciones y posicionamientos personales.
Unas actitudes ante determinadas posturas de comportamiento dan origen y lugar a la toma de decisiones. Bien es sabido, que toda decisión comporta un conflicto interno de incertidumbre ante un perjuicio o ganancia, acierto o equivocación que pueda ocasionar. Ante ello, nos podemos preguntar: ¿por qué aparece tan frecuentemente el miedo ante la toma de decisiones de cualquier naturaleza? Es obvio saber que el miedo provoca emociones personales intrínsecas que promueven una alteración del ánimo ante un hecho o circunstancia desconocida. Es a través de esta ignorancia cuando aparece la angustia como estado emocional de miedo y desconfianza.
Ya que las decisiones siempre conllevan incerteza, debemos apelar a la fuerza de nuestras acciones, independientemente de sus resultados alcanzados.
Atraídos por aquella esperanza de beneficio, ganas y deseos personales que son consecuencia de una decisión natural de la conducta. Una libertad de elección propia sin corsés ni el mandato ni consentimiento de nadie.
En la toma de decisiones, la voluntad nos capacita para decidir nuestro comportamiento (tal cual). Es un antídoto ante la inacción, la inmovilidad y la pasividad (un rasgo del carácter y la personalidad). No debiéndose convertir en un freno de la actitud ante los hechos, los problemas y las realidades de la vida que aparecen y necesitan de respuestas y soluciones.
Lo opuesto nos aleja del compromiso, la acción y la voluntad para involucrarse y no dejar que los acontecimientos nos absorban y aturdan, provocándonos la confusión y la parálisis mental del ánimo.
Estados de rechazo, en los cuales veamos la apatía, la inercia y la desconfianza como estados emocionales enemigos de la determinación y la firmeza. Unas disposiciones del alma que nos deben inmunizar en forma de vacuna y profilaxis ante el miedo y la desconfianza para poder afrontar cualquier asunto, conflicto o resolución.
Hay que combatir el miedo con actitudes que nos provean de capacidades en el emprendimiento de cualquier acción, sin importar las dificultades que puedan conllevar. Y estas, no se puedan transformar en una preocupación manifiesta de agobio e inquietud permanente y ansia que nos conduzca a la desazón.
Aquella autentica agonía que produce una amargura interior personal que propicia la tristeza ante la sospecha del derrotismo o el fracaso manifiesto.
Tenemos que abandonar los recelos que crean alarmas y producen sobresaltos inesperados. Para ello, debemos utilizar el aplomo de la serenidad, el entendimiento y la razón.
La serenidad y la calma que transmite la seguridad nos dotará en los actos que ejecutemos de la firmeza y decisiones convenientes y, también, de una confianza generadora de entereza natural ante los interrogantes, dubitaciones y conflictos. De igual manera, la armonía de la diversidad que nos propicia la mesura, la sensatez y la ecuanimidad es una aportación indispensable de responsabilidad ante la incertidumbre como acción protectora de estabilidad y garantía.
Aquel aval de respaldo del ánimo, empuje y aliento ante las decisiones a tomar; de ayuda moral ante los desafíos, estímulo de esfuerzo y energía vital ante las decisiones que nos alejan de los miedos; y, un autentico vigor y valor frente a las determinaciones como suministro de solidez y consistencia personal.
Ya que los miedos son obstáculos añadidos a las situaciones en la forma de realizar, actuar y poner en práctica acciones o procederes, no provoquemos incertidumbres gratuitas y estériles con dudas e indecisiones que solo conducen al desasosiego y a la inquietud permanente. Al contrario, traslademos en las convicciones un seguro y respaldo del convencimiento en todo lo que se realice. Tengamos la capacidad para decidir con el valor y la voluntad necesaria en el desarrollo de nuestros actos naturales.
Dejemos de lado los miedos ante lo desconocido y veamos en la facultad para elegir desde nuestra certeza y juicio personal las decisiones que nos competen y creemos.
Es el camino hacia la determinación plena y segura para poder mostrarnos tal como somos en estado puro, sin esencias ni tapujos. Al natural, sin complejos ni miedos.

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Las personas con discapacidad y su inclusión en el mercado laboral

Todos somos iguales, pero todos somos diferentes. Bonitas palabras que definen qué es la sociedad y cómo son los individuos que la componen. Si es así, ¿por qué no la aplicamos en toda su literalidad, en cualquier situación o ámbito?
Los seres humanos somos diferentes los unos de los otros, tomando como base variables parametrizadas y conocidas como el físico, la genética, las emociones, el sentimiento, el pensamiento y las capacidades físicas, mentales y aptitudinales. En cuanto a las dos primeras, capacidades físicas y mentales, normalmente se las dota de una connotación limitante, en cuanto al ejercicio de una actividad. Las limitaciones afectan a todos los seres humanos de una manera perceptiva o real; es decir, las limitaciones pueden ser fomentadas por los propios miedos o actitudes personales o bien basadas en una genética o derivadas, pero que, independientemente, marcarán distinción en cuanto a la elección para el ejercicio laboral.
Esta situación, enfocada y trasladada al mundo de la empresa y, en específico, al tema latente de la inclusión laboral, nos induce a una reflexión: ¿por qué no aceptar y aprovechar las capacidades ya dadas de una persona, sumando, en ellas, el aprendizaje mutuo y aporte de valor derivado del desarrollo de otras actividades? Actividades que, dando el espacio necesario, pueda toda persona desempeñar en beneficio de la empresa, personal y de la sociedad.
Ya que todos somos iguales en origen, se nos presenta cómo básico el saber conjugar el binomio inclusión-persona. Un concepto positivo para cualquier empresa.
La calidad laboral en una empresa viene determinado por el valor añadido que genera la mejora de la eficiencia, de la competitividad y de la rentabilidad, derivado del capital humano que presenta, en toda su extensión.
Las empresas han de saber gestionar este caudal positivo con políticas corporativas que dirijan, gestionen y fomenten el avance y el desarrollo. Su capital humano y sus integrantes no son una traba, al revés; la diversidad inclusiva aporta lo mejor de cada uno de nosotros para un mismo fin colectivo.
¿Por qué la inclusión de las personas con discapacidad es beneficiosa para las empresas? Por tres variables primordiales como la eficiencia y rendimiento, el ambiente laboral y el crecimiento personal. No es el interés de este artículo el centrarnos en otras temáticas relacionadas con beneficios fiscales, económicos e imagen corporativa, los que valoro, son factores externos que si bien pueden favorecer a la eficiencia de una empresa a corto plazo no tienen un impacto y sustento interno y visión a largo plazo, básicos para una empresa sana y sostenible.
Dentro del ambiente de trabajo, me gustaría hablar de la empatía del grupo que se genera, es decir, del aumento de la afinidad entre las personas que lo integran. En un grupo de trabajo, lo importante no es ver las limitaciones individuales, sino el valor que se aporta conjunto y la empatía de valorar la diferenciación (inteligencia interpersonal). La productividad en las empresas con personas con discapacidad aumenta cuando el grupo colectivo se siente identificado con lo que hace y con lo que le rodea.
Las empresas no sólo han de creer en sus clientes, que son su patrimonio, sino también en sus empleados, que son su mejor activo. La productividad laboral mejora con algo tan sencillo como: “cuanto más rindo, más y mejor produzco”. Por tanto, si se dan las condiciones objetivas necesarias de aprovechamiento de ese empleado (herramientas, medios y funciones acorde a las capacidades), el rendimiento en la productividad se manifiesta y aumenta.
¿Cuándo mejora el crecimiento personal? En el momento en que las empresas implementan políticas corporativas centradas en los equipos humanos que integran su conjunto, con valores orientados en tener empleados felices y comprometidos. Por ello, es necesario construir una cultura corporativa inclusiva de políticas sociales de implicación de la empresa y el trabajador. Los trabajadores (todos) son la energía de la cual se nutre una organización. De esta manera, la orientación hacia un desarrollo eficaz de todos los empleados conllevaría el crecimiento pleno de todas sus capacidades, incluyendo finalmente el desarrollo de su potencial en el trabajo; ya que crecimiento personal y éxito van de la mano.
Para mejorar el rendimiento laboral, las empresas han de redefinir sus estrategias dentro de sus equipos de RRHH, donde se implementen políticas centradas en potenciar las habilidades y puntos fuertes de cada uno de sus trabajadores, en lugar de focalizarse en sus debilidades o ámbitos de deficiencia. De esta manera, la orientación a resultados se haría cada vez más fuerte en la actitud del empleado, el cual elevará su rendimiento, buscando la autoexcelencia, reafirmando sus capacidades y evolucionando hacia la autosuficiencia.
Además, la inclusión de personas con discapacidad en la empresa aporta una mejora de la calidad laboral de sus equipos humanos. Si un grupo de personas con su diversidad trabaja para una meta dentro de una organización, la afinidad que tengan sus integrantes, su cercanía humana y la comprensión mutua, serán base de sintonía, clave vital en cualquier empresa que busque la calidad ante los clientes y la calidad ante sus trabajadores.
La diversidad en una sociedad, en cualquier ámbito, es un patrimonio común de la humanidad. Entre todos debemos protegernos, buscar el bienestar mutuo y contribuir a mejorar cualquier actuación de progreso individual que emprendamos.
La sociedad y las empresas están faltas de personas con capacidades y conocimientos sin canalizar ni aprovechar.
Apostemos por todos. Por todos sin excepción. La sociedad no está sobrada de talento para perderlo, venga de donde venga.
Busquemos la calidad de las personas, su inclusión en la sociedad; aprovechemos sus capacidades y seamos valientes para hacer una sociedad más justa, igualitaria y humana.
Esa es la apuesta y ese es el reto.

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No hay esfuerzo perdido

Para conseguir cualquier fin en la vida, aparte del empeño y la fuerza personal, es necesario un esfuerzo mental de energía, ilusión y ganas. A pesar de ello, no siempre se consiguen todos los propósitos que se pretenden.
¿No obtener todos nuestros deseos justifica el esfuerzo realizado como un tiempo perdido? Claramente, la respuesta es no. Todo trabajo es un sacrificio donde se anteponen los anhelos a las dificultades. Un desvelo de afanes y pasiones donde deben imperar las ambiciones y las pretensiones en los logros para poder alcanzarlos.
En este ejercicio individual, el entusiasmo y la constancia son determinantes ante el ahínco impuesto para dotarnos de la capacidad indispensable en la resolución de conflictos con tesón y tenacidad. Una tarea en la cual las contrariedades e imprevistos no nos pueden hacer rendir y desistir de nuestras intenciones marcadas.
No hay que perder el ansia en lo que creemos, manifestando siempre un ímpetu ante la inquietud al fracaso, y el valor de las ganas para no desaprovechar el interés ni la importancia del sentir como virtud positiva de superación y desarrollo individual.
La actitud enérgica empleada en cualquier actividad denota la fuerza del vigor de las emociones frente a los obstáculos. Un efecto que conlleva el mérito de la capacidad y la utilidad provechosa particular de coraje noble de actuación y comportamiento. Una cualidad de disposición y talante que debemos practicar a modo de reafirmación de nuestra conducta y posicionamiento en las funciones que equipemos con capacidad de decisión innata.
Una reflexión que nos reafirme y nos haga ver que creer en nuestras posibilidades es un reto de fortaleza ante los designios e inquietudes. Su culminación positiva o negativa no debe implicar explícitamente un fracaso o un éxito. Al contrario, ha de ser el triunfo del criterio y la sensatez. Un estado de madurez y rectitud de pensamiento; verdadera reflexión de principios y evaluación propia.
Son nuestras normas personales y reglas íntimas que fortalecen las ideas y valoraciones que realizamos. Para ello, la voluntad es la virtud que ha de hacer de palanca en los objetivos que ejecutamos. Un estímulo de perseverancia que nos transmita el tesón y el empeño de la ambición como auténtico aliciente de las esperanzas, decisiones y pensamientos que tengamos. El guía que marca las metas dotándonos del empuje obligatorio en los proyectos y motivos de brega a seguir con decisión y firmeza en nuestros procederes.
Los comportamientos de actuación deben conllevar la valentía innata de respuesta en las soluciones y medidas a adoptar. Una disposición de empuje en las determinaciones y elecciones ante las iniciativas emprendidas de conformidad plena individual, que nos proporcione la armonía y el acicate imprescindible de la fuerza ante las dudas y las indecisiones.
Debemos alejarnos y hacer un esfuerzo para distanciarnos de las debilidades e indefiniciones que nos transmitan inseguridad y titubeos frente a cualquier problema, adversidad, recelo o desconfianza de los obstáculos que nos acucien, sin que puedan tener cabida las indeterminaciones ni las vaguedades en forma de entorpecimiento y turbación de nuestros esquemas mentales marcados.
El esfuerzo nunca puede ser un tiempo perdido, ya que es un compromiso inherente al ser humano de genuina obligación de principios en la contribución al crecimiento personal, maduración y aprendizaje interno, que nos enriquece a modo de progreso y evolución propia. Una innegable exposición de cómo somos en la ejecución de nuestros actos y su aprendizaje de perfeccionamiento y mejora.
Debemos buscar la creencia que nos dote de la certidumbre necesaria y la seguridad en el convencimiento de lo que hacemos con la evidencia de mantener las prioridades que forman parte de nuestras ideas y convicciones.
Son parte de nuestra verdad auténtica. Aquella firmeza intrínseca de estabilidad y fiabilidad existencial permanente de protección y amparo en el resguardo de defensa natural que genera la confianza, el aplomo y la seguridad. Un respaldo en las creencias e ideologías que dan realidad a nuestro ideario como prueba de demostración y empeño que necesitan de la tenacidad y la insistencia para dar valor y veracidad a nuestros actos comunes diarios.
Aquellas acciones que configuran nuestra aptitud y capacidad del talento y las competencias necesarias como método de eficacia, valentía y utilidad conveniente que nos hagan alcanzar la significación y el interés de nuestros valores que nos inmunicen de las dudas, dubitaciones y vacilaciones.
No podemos caer en nuestro propio engaño de insinceridad ni simulación. Debiendo dotarnos de la propia libertad recóndita que nos libere de los miedos y nos abastezca de la naturalidad y las ganas en las decisiones a practicar con planes e intenciones que transmitan el coraje de la autosuficiencia, empuje y aplomo.
El esfuerzo siempre busca un premio, una ganancia o una meta. Veamos en esta compensación, se logre o no, un reconocimiento propio, una complacencia y el agrado natural que nos aporte el equilibrio, la armonía y la dignidad por el trabajo bien hecho, a modo de gozo y bienestar que colme nuestras exigencias, premiándonos de alegría nuestras ambiciones y su lucha por ellas.
No hay esfuerzo perdido cuando cumplimos y nos sentimos satisfechos. Es el momento en que nos invade un sentimiento de pundonor y estima. Valoración positiva de lucha, creencia y fe humana.

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La humildad nos hace más humanos

La calidad de una sociedad va en concordancia a las cualidades humanas que ejercitan sus individuos: en su forma de actuar, proceder y comportarse.
Una sociedad que vive unos tiempos de cambios, dudas y transformaciones en sus hábitos de vida. Ante ello, vemos que hay valores que están quedando aparcados en detrimento de comportamientos individualistas, en que se valoran más los éxitos, el poder, la apariencia y el materialismo, que no, los valores humanos que conciernen a la persona con sus limitaciones y debilidades. Aquellos que buscan una sociedad más justa e igualitaria; con individuos que transmitan humildad en sus acciones cotidianas, sin egocentrismos y viendo la diferencia de las personas (pensamiento, origen, condición) en todos sus aspectos, no como un problema, sino como una virtud de riqueza humana.
La dignidad de una sociedad comienza con el comportamiento de sus individuos ante sus semejantes. Por tal motivo, es vital practicar, como modelo de vida, la humildad desde el respeto al prójimo, sabiendo escucharle y entenderle sin perjuicios a través de una perspectiva más amplia, real y justa. Viendo que la humildad nos muestra la esencia del ser humano, desde la sencillez y la llaneza plena de las personas con su naturalidad, tal cual es, sin tapujos ni corsés. Mostrando la parte más humana de la bondad y la discreción.
La humildad está reñida con la soberbia y el orgullo donde impera la arrogancia, la vanidad y la suntuosidad ante las cosas. Por mediación de la humildad, fortalecemos el espíritu contra el egoísmo de una sociedad donde sus individuos anteponen las cosas materiales a cualquier tipo de altruismo de aportación colectiva.
Una forma de contribución a la sociedad mediante la honestidad personal que nos dota de la bondad en los procederes que profesamos. Ejemplo de principios e integridad consustancial del ser humano que determina su moral como aval de naturaleza y condición natural propia.
Es a partir de la humildad, cuando vemos la perspectiva de la vida de una forma diferente y más fácil de sobrellevar. Un tránsito y quehacer de simpleza y sobriedad, donde la discreción no necesita de alardes que conlleven la ostentación, la jactancia desmesurada y una vanagloria desacerbada.
Es en la naturalidad más intima donde renace el verdadero ser humano, aquel que lucha por la justicia, sin importarle solamente su interés particular.
En una sociedad cambiante, con modelos de vida que buscan más las satisfacciones de los bienes materiales que los espirituales. Es cuando la humildad adquiere su máxima expresión para contrarrestar los comportamientos de soberbia, arrogancia y vanidad que busca la sociedad en ídolos donde reflejarse como garantía de una felicidad efímera a conseguir.
La felicidad personal no ha de basarse sólo en las apariencias de poder (sea cual sea), sino en el equilibrio interior que nos haga sentir aceptados por nosotros mismos. Es la forma de crecimiento personal que haga desarrollarnos y madurar a nivel humano; con un progreso de autoafirmación que sirva de ayuda y vacuna ante las dudas, incertidumbres y vacilaciones. La mejor forma de conocernos es actuar con la coherencia de los hechos y la actuaciones de nuestras ideas puestas en práctica. Ser uno mismo es una terapia de higiene mental saludable y necesaria.
El tránsito de la vida es un caminar complicado, con sus tonos claros y oscuros. Un viaje en que la naturalidad no debe ser una cortapisa que cambie nuestra forma de ser y comportarnos. Al revés, la virtud humana se mide por sus cualidades humanas; aquellas que nos hacen diferentes de la naturaleza.
Creemos sociedades con individuos que busquen su interior más dormido y por descubrir, sin tener miedo a mostrarse con sus miserias, grandezas y elementos maravillosos que poder ofrecer a los demás, y que se encuentran aletargados sin poder expresarse.
Aprovechando los sentimientos como formas de expresión de afectividad sin vergüenzas ni miramientos. Es en aquel instante cuando la emotividad resplandece y la sensibilidad adquiere su momento de máxima expresión.
Un tiempo en que la humildad ya está en el corazón humano, en sus entrañas más recónditas; en el fondo de su alma que llega al interior y nos fortalece como personas y seres humanos.
El alma como esencia que nos dota de la capacidad de sentir, pensar y razonar. Un ánimo del espíritu que nos llega al corazón en todo su esplendor.
Somos sustancia viva y esencia natural de vida. Un eje de acción y centro de actuación natural como individuos y personas que no necesitamos de exhibir con vanidad nuestras pertenencias, quehaceres o tareas emprendidas.
Alejémonos del ensalzamiento gratuito y del orgullo desmesurado ni justificado. No necesitamos exaltar cualidades personales que no nos corresponden por logros que podamos alcanzar, dotándonos de un orgullo desmedido que nos haga creer superiores ante los demás; con arrogancia, altanería y altivez.
Vivamos en una sociedad en que apostemos por nuestros valores y acciones propias, intentado aplicarlas en nuestras pequeñas parcelas diarias.
La suma de muchas acciones crearán parcelas que nos inmunicen contra los alardes, ostentaciones y endiosamientos que conllevan la soberbia y la lucha del hombre y su destino.
Forjemos una sociedad de personas donde impere el humanitarismo en el género humano y la inclinación hacia el bien común como virtud frente a la envidia, la competencia insana y el egocentrismo.
Hagamos de la humildad el mejor exponente para aceptarnos a nosotros y a los demás, con sencillez y sin dobleces como aportación de valor y capital humano.

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La rutina: un hábito insano de vida

La vida del ser humano es un caminar constante, una evolución ininterrumpida, un suma y sigue diario. Un trayecto prolongado sin pausa en el tiempo y con un equipaje cargado a nuestras espaldas como compañero de viaje fiel, que lleva consigo todo un bagaje de recuerdos, ilusiones logradas o perdidas, anhelos y retos en el aire. Una historia particular, única y personal donde nuestras esperanzas y deseos son el eje vertebrador, el estímulo ilusionante que nos hace sentir vivos y con ganas de conseguir todo aquello que ansiamos y todo aquello por lo que nos deleitamos. Aquel intervalo que expresa el resultado de nuestras acciones y cometidos, positivos o negativos, conseguidos o inalcanzados. Sin embargo, es en ese tránsito entre lo que “pudo ser y no fue” donde aparecen guardadas las experiencias más íntimas; recuerdos en estado puro, con sus virtudes y miserias; parte íntima al descubierto, sin corsés. Nuestra alma. Cuando uno hace recopilación de las expectativas y resultados obtenidos en el transcurso de su existencia, comparativa de “lo deseado y lo obtenido”, es cuando aparece la figura del “ya me vale”, el detonante, la pieza clave que da lugar al origen y preludio de la rutina. Es en ese momento cuando nuestras emociones sufren una alteración que nos conducen a la indiferencia; un estado de desidia y desinterés que adormece el atractivo sobre todo lo que nos rodea y afecta. Una inacción que perturba el dinamismo físico. Aquella energía que mantuvimos en nuestros empeños de antaño y que se van convirtiendo en una desgana y hastío. Un cambio de vida que nos reduce el vigor y transforma el ánimo en desaliento, quedando disminuido el estímulo en abatimiento y desesperanza. Ante esta rutina, aparece la nostalgia del recuerdo, “de lo que pasó y de lo que fui”, de “lo que logré y no pude lograr”. Es un estado de melancolía manifiesta que nos provoca aflicción; una pausa en el espacio que nos inmoviliza. Una parálisis general de abatimiento en la actuación y el pensamiento que nos ralentiza en cuerpo y alma en nuestro quehacer diario. Un auténtico bloqueo mental de reflexión y juicio que nos agarrota y anquilosa sin ideas ni pretensiones por alcanzar.  Es la rutina en estado puro; causa natural que precede de un acomodo de pasividad que es la causa y desencadenante de la inapetencia, el fastidio y la desmotivación. En consecuencia, tenemos la oportunidad de recuperar la pérdida de estímulos necesarios que sirvan de acicate y atractivo, que nos conlleven finalidades de reclamo para seguir ilusionándonos y nos hagan abandonar la abulia y la impotencia en nuestras ocupaciones. Un deterioro de la voluntad que nos lleva al abandono personal provocándonos una dejadez e impasibilidad hacia las cosas que realizamos. Una inercia que nos lleva al aburrimiento y al cansancio físico. Un auténtico tedio de hartura hacia aquello que nos rodea y nos despiertan una pereza injustificada. Es una soledad no buscada con nuestro presente que vivimos día a día. Un parón en el reloj del tiempo; verdadero hábito dañino como modelo insano de vida. Aquel aislamiento que nos hace perder nuestras viejas pasiones, aspiraciones y pretensiones por comenzar nuevos propósitos; ahínco vital basado en la búsqueda de retos que ya no tienen el empeño en sustituirlos por otros nuevos. Un esfuerzo perdido que ya no existe, un ánimo insalubre sin utilidad ni beneficio. Una merma valiosa como forma de vida adecuada y reconfortante. Es por ello que no podemos convertir la rutina ni en hábito ni en monotonía. No permitamos transfigurarla en una práctica de frecuencia diaria machacona e invariable. Ha de renacer el dinamismo personal que vuelva a crear nuevos estados emocionales que conlleven y nos aporten esparcimientos diferentes de realización individual ante el desuso de lo perdido. Una nueva orientación en nosotros mismos. Debemos ganar la propia batalla personal buscando en la distracción una nueva diversión y placer de ejercer cosas diferentes. Necesitamos de un cambio de paradigma, un esparcimiento que se convierta en pasatiempo nuevo que nos haga olvidar tiempos pasados de estancamiento, donde nos volvamos a gustar como personas; una metamorfosis que nos devuelva al camino que perdimos, a la magia de los sueños y que nos recobre hacia la satisfacción personal. Tenemos que recrear nuevas historias que nos deleiten y aporten el gozo y la complacencia con nuevas satisfacciones. Empecemos una expansión de acontecimientos que no tengan descanso ni detención ante cualquier coyuntura, que nos despierten el interés y versen en la solución de combatir la abulia y el tedio. Un cambio de experiencia con prácticas diferentes que eviten la reiteración de equívocos pasados para que no se reproduzcan y dejen su invariabilidad en el quehacer a realizar. Hagamos la transformación de la rutina por la vuelta a la distracción y la diversión bien entendida. Mantengamos un regocijo de energía a transmitir que nos recree en tiempos pasados satisfactorios y cree de nuestras aficiones individuales nuevos retos, metas y ambiciones. No hagamos de la vida una rutina insana, al contrario hagamos una nueva vida. Una variación de esquemas mentales de transformación única e intransferible. Comencemos a crear de nuevo, a soñar de nuevo. A sentir volar la imaginación convirtiendo la rutina del pasado en originalidad. Y apostemos por la novedad y la motivación como fuente saludable de vida.

 

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