La frustración personal ante los objetivos inalcanzados

No hay faceta, cuestión u orden de la vida que emprendamos (personal, profesional, humana) que no tenga como finalidad conseguir una aspiración determinada. Son metas, propósitos y objetivos que necesitan de la motivación para acometerlos, el deseo para conquistarlos y un plan de desarrollo y estrategia para alcanzarlos. Sin embargo: ¿qué pasa cuando nos marcamos objetivos o deseos inalcanzables? ¿Sabemos sobreponernos a los fracasos? ¿Los propósitos inalcanzados hacen que dejemos de creer en nosotros mismos? ¿Caemos en la frustración cuando no conseguimos los retos propuestos?
Todos los objetivos precisan de un afán y un esfuerzo para lograrlos. Pero, si no se consiguen, no podemos caer en la desilusión cuando hemos puesto la voluntad y el sacrificio para ir tras ellos. No podemos desistir en alcanzar las metas cuando los anhelos nos impulsan a seguir adelante, independientemente de los resultados que consigamos.
Los esfuerzos frente a los retos y fines que emprendamos nunca han de caer en la decepción estéril aunque no se concreten. Al revés, las ambiciones y el entusiasmo que pongamos en nuestras aspiraciones son la mejor forma de valorarnos en primera persona, ya que nos hacen crecer y reafirmar en las creencias y convicciones que tengamos.
No hagamos del desencanto ante los errores, una desilusión personal y negativa. Ni veamos las derrotas como decepciones y fracasos personales. Veamos en la ilusión y los propósitos que pongamos en marcha, auténticos sueños de esperanza, ganas y afán a modo de acicate ante cualquier momento o situación de decepción que tengamos.
Alcanzar lo que se desea no siempre es factible de conseguir, pero el empeño y el estímulo de nuestras acciones que ejercitemos son el mejor impulso para que las pongamos en marcha. Una actitud de vida positiva es el mejor escudo y fortaleza personal como garantía de éxito.
Ya que no hay peor fracaso que no haber fracasado. Hagamos de esa motivación en la actitud, una razón de ser, una causa a seguir y un incentivo para no desfallecer en toda circunstancia adversa que se nos presente y preocupe.
La frustración personal no ha de venir por objetivos inalcanzados. La frustración vendrá si no valoramos lo que hacemos, no estimamos nuestra persona, no reconocemos nuestras limitaciones y abandonamos la lucha, el esfuerzo y el sacrificio para seguir creyendo en nuestros retos y metas que pretendemos alcanzar. Esa es la única frustración que hemos de evitar y vencer.
Todo empeño en la vida requiere de un proyecto, un principio y un porqué. A partir de ahí, actuemos desde la ilusión y la esperanza en todo lo que hagamos. Es el mejor empeño a seguir, aquel que nos dota de ganas, ánimo y afán de superación ante las trabas, obstáculos y contrariedades que nos puedan surgir en cualquier situación o momento.
Si la perseverancia es la mejor constancia ante toda meta o ideal propio que nos marquemos. El ahínco y la determinación en nuestra actitud será la personificación del esfuerzo vital para la consecución de todo propósito a alcanzar. Y si no se alcanza, no lo hemos de ver como una decepción y derrota que nos conduzca a la frustración. Veámoslo desde la perspectiva positiva del esfuerzo, la voluntad y el sacrificio. Auténticas virtudes de valor personal, convicciones y estima propia.
El esfuerzo y la voluntad en cualquier faceta de la vida, no sólo busca el resultado que se obtenga ante un propósito o aspiración. Busca también el equilibrio en la persona, mantener sus sueños, la esperanza en que luchar y las ganas por seguir adelante.
Nada es una quimera cuando la ambición por un deseo nace del propio corazón, se mantiene el ánimo personal y se busca el sueño por el que luchar.
No es tan solo el resultado, es nuestra razón de ser la causa que nos motiva como seres humanos y nos vacuna ante toda frustración personal y objetivo inalcanzado.
Convirtamos la frustración en triunfo de esperanza y sueños. Aquella satisfacción personal en estado puro por la que luchamos y creemos.
Desterremos nuestras dudas y emprendamos un camino de ilusión por descubrir como esperanza y meta a seguir.
La magia del destino te espera. Siguela.

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Aflorar los sentimientos

Nuestros sentimientos como seres humanos forman parte del estado del ánimo en que nos encontramos, sentimos y vivimos. Son aquellas experiencias de las emociones pasadas y presentes. Sin embargo, ¿Por qué nos cuesta expresar tanto los sentimientos? ¿Tenemos miedo a expresar lo que sentimos? ¿Compartimos solo los sentimientos positivos?
Saber expresar los sentimientos es mostrar lo mejor que tenemos las personas como es nuestra sensibilidad humana. Aquella que conlleva el sentir personal sin complejos y con la simplicidad de ser tal cual.
Aflorar los sentimientos es abrirse al afecto y la ternura de las sensaciones de la vida y el mundo.
No hay amor a la vida o a lo humano que no se perciba desde los sentimientos. Al igual que no hay experimentación de las emociones que no broten desde el alma y el corazón.
Las emociones son parte del interior humano que nos hacen sentir los estímulos y apreciar lo que vivimos.
Asomar los sentimientos a la luz es saber expresar las emociones desde el interior más profundo del alma.
Las sensaciones positivas son huellas de impacto que llegan al alma desde la humanidad cuando salen del corazón, son emotivas y estas llenan de afecto.
No hay fragilidad humana cuando ponemos al desnudo el alma. Al revés, es la fuerza que surge de nuestro interior y que se manifiesta con la ternura del afecto.
Lo más íntimo del ser humano, también es lo más singular, lo más espiritual que engrandece el alma y reconforta el ánimo.
Descubramos lo mejor de nosotros, sin miedos ni corsés. Un viaje personal y profundo donde broten las emociones, rompamos los miedos y nos liberemos de nuestras inseguridades.
No tengamos miedo ni de los sentimientos negativos ni nos vanagloriemos de los sentimientos positivos.
Todos los sentimientos y sensaciones hay que asumirlos con naturalidad, con fortaleza, valor y energía de espíritu, tanto en la felicidad y prosperidad como también en la adversidad.
Las emociones siempre son estados del alma que expresan sentimientos desde la parte más profunda del ser humano que conllevan miserias y grandezas. Que se originan desde el ánimo del espíritu, el interior del corazón y el afecto por lo que sentimos y percibimos.
Ya que el ser humano es singular y especial, sus debilidades también son fortalezas del espíritu que dan valor a nuestra vida, la energía para mejorar y el empuje para seguir luchando por lo que creemos y deseamos.
Las sensaciones que tenemos son estados del ánimo que transforman nuestros sentimientos en emociones por sentir.
No tengamos miedo a expresar todo aquello sentimos, ni a observar lo que sienten por nosotros.
El corazón no entiende de temores cuando abrimos nuestra alma ante los demás sin trabas ni ataduras internas. Lo importante en el ser humano no es salvaguardar nuestros miedos, sino liberarnos de ellos al natural.
Seamos como queremos ser. No hagamos de nuestra vida o persona un teatro artificial y engañoso siendo transparentes con nuestro interior más personal. Aquel que forma parte de nosotros y que no podemos engañar.
Aflorar los sentimientos, es aflorar humanidad, es aflorar la ternura que llevamos dentro y la sensibilidad en su estado natural.
Venzamos los miedos, recelos y temores para no dejar de sentir y experimentar sensaciones, emociones y afectos.
Sentir es la forma más humana de percibir y descubrir todos los sentidos desde su expresión máxima.
Mostrémonos en la vida tal cual somos, sin etiquetas, al natural, dejando que en nuestro cuerpo y mente fluyan las emociones para que los sentimientos puedan tener cabida. Son nuestro mejor baluarte de crecimiento y mejora personal.
Sintamos y vivamos nuestras emociones como el tesoro más preciado y personal que tenemos.
Es la libertad personal y liberación natural de nuestra condición humana.
Así soy y siento. Soy yo.

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La transformación del espíritu

Cuando hacemos inciso en lo que es la transformación del espíritu estamos hablando del ser humano como esencia y naturaleza propia. Nuestro ser puro más íntimo y profundo. Estamos ante nuestra alma al descubierto sin corsés como materia viva que busca el cambio y la evolución personal.
Desde nuestra conciencia humana, el espíritu ha de ser el valor del ánimo que conlleve coraje en nuestras acciones y brío de energía en nuestras actuaciones ante la vida.
Nuestra esencia natural es la voluntad del espíritu. Aquel fundamento de todo individuo con su temperamento, personalidad y carácter genuino.
El ser humano tiene una condición e idiosincrasia propia que le hace tener percepción ante la vida. Aquella que es parte de sus ser, existir y vivir (única y diferente).
El ánimo es un estado y actitud de evolución humana que nos hace vivir en primera persona las sensaciones y emociones. Un valor de coraje natural que es símbolo de nuestra personalidad, voluntad y espíritu.
La naturaleza propia del espíritu tiene carácter, temperamento, fuerza y decisión como fundamento de personalidad, energía y determinación.
La esencia del ser humano es su entraña viva en persona y centro de gravedad como individuo. Estamos ante su interior más profundo y recóndito. Alma personal y materia viva.
El espíritu es cambio en evolución. Una forma de crecer desde nuestro fondo más íntimo. Desde la naturaleza del “yo personal” que es parte de nuestra identidad y fundamento consustancial. Nuestro símbolo personal y temperamento que forman la base y el alma que nos dota del juicio, razón y fondo natural de como somos.
No hay voluntad de cambio y transformación sin el espíritu del ánimo que nos aporte fuerza y energía vital en nuestras decisiones y comportamientos. Verdadero fundamento, motivo y razón de ser.
Nuestra transformación y evolución ha de ser un desarrollo personal de progreso y cambio. Un auténtico sentimiento profundo que nazca del corazón y nos haga diferentes y mejores. Que conforme un estado anímico personal de avance, evolución e impulso ante la vida con determinación y ahínco.
Nuestro paso por la vida no ha de quedar en un solo existir, sino en un vivir y cambiar. Un cambio personal que ponga la capacidad y la naturaleza del ser humano al servicio de una verdadera metamorfosis de renovación y evolución.
Hagamos de nuestra renovación personal el eje y reforma del alma. Donde el ánimo sea un valor de coraje y temperamento como valor de valentía y decisión.
Que el alma sea la esencia de vida del espíritu. Un verdadero sentimiento interior de nuestro corazón más noble y profundo.
Hagamos desde la voluntad del espíritu una auténtica catarsis de purificación de la mente ante los miedos, traumas y recelos que tengamos. Eliminando cualquier sentimiento de negatividad nocivo y dañino que llevemos. De esta forma, podremos devolver la ilusión, el ánimo y la esperanza perdida.
Que la transformación del espíritu en nuestra persona nos proporcione seguridad y confianza en nosotros mismos y reafirme nuestras convicciones. Aquellos principios y creencias que son personales e intransferibles.
Nuestra transformación y cambio personal no sólo ha de quedar en un fundamento y valor ante cualquier aspiración a conseguir, sino en un afán de superación, empeño y deseo a lograr.
Es nuestra esencia íntima y pura la que ha de hacer la verdadera transformación de cambio y conversión. El alma natural y esencia interior que nos dote de la energía, fuerza y potencia humana.
Que el cambio y la conversión del espíritu sea un crecimiento interior de desarrollo y proceso de evolución personal. Un cambio de lo viejo a lo nuevo. Nuestra esencia y naturaleza tal cual. La mejora humana al servicio de uno mismo y los demás.
Es nuestro reto humano y transformación del espíritu.
Vivamos el cambio.

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No te rindas ante la vida

Los avatares de la vida son complicados y difíciles en el transcurso de nuestra existencia. Situaciones, momentos y circunstancias que no siempre son favorables y que forman parte de nuestro entorno diario. Unos contratiempos de diferente índole (personal, salud, emocional, laboral) que necesitan de superación y fuerza para afrontarlos y poder encararlos. Es por ello, que ante toda dificultad o inquietud es determinante nuestra fortaleza mental y persistencia de carácter.
Nuestra personalidad y modo de ser son claves en la toma de decisiones y la forma de hacer frente a los contratiempos, desafíos y dificultades de la vida. Pero, ¿qué pasa si nos rendimos y sucumbimos a cualquier dificultad, obstáculo o contrariedad? Es el momento en que caemos en la inseguridad, el miedo y el temor ante toda circunstancia o coyuntura negativa que se nos presente. Es por ello, que debemos luchar ante los impedimentos de la vida con carácter, energía y ánimo.
No podemos rendirnos sin luchar y persistir a pesar de nuestras virtudes y flaquezas. Virtudes de capacidad y resistencia que conlleven valor y empeño. Alejándonos de las flaquezas, por los temores, errores y desaciertos que podamos tener en cualquier actuación o comportamiento personal que ejerzamos.
No rendirnos ante la vida es luchar para ganar, avanzar y crecer. Una forma de progreso, mejora y evolución natural.
Sucumbir ante una eventualidad negativa es ceder y renunciar en la firmeza de nuestras convicciones. Es aceptar el desánimo, y caer en el desaliento y el derrotismo.
No hay derrotismo sufrido que no conlleve pesimismo y decepción personal que nos duela y apene.
La desmoralización y el desempeño en cualquier faceta de la vida son los mejores aliados de la rendición.
Aceptemos nuestra virtudes y flaquezas sin rendirnos ante toda coyuntura inesperada que se nos presente y preocupe.
Debemos persistir con voluntad y entereza. Un aguante de vigor y vitalidad que nos aporte la fuerza necesaria y la fortaleza de lucha frente a la debilidad y las dubitaciones.
Ganar a las incertidumbres y los obstáculos es vencer a los miedos internos; superar las dudas y triunfar con nuestras capacidades personales.
No hay lucha a ganar que no necesite de tesón y empeño. Una firmeza de solidez personal y creencia propia en nosotros mismos.
Hagamos de la resistencia ante la vida una entereza personal de voluntad y tenacidad. Aquella que nos aparte de los miedos, indecisiones e inseguridades.
No rendirnos ante el fracaso es adoptar las decisiones y respuestas frente a cualquier acontecimiento que tengamos con decisión y determinación. Con voluntad de deseo frente a toda aspiración, ansia o deseo a alcanzar.
No veamos las contrariedades que nos surjan como decepciones a seguir de tropiezo y disgusto.
Borremos de nuestro mapa mental cualquier frustración que pueda generar fracaso o desilusión. Al revés, de todo desengaño o error debemos buscar la mejora y la aceptación personal. Aquella que convierta el fracaso en triunfo. Que lo aleje de todo desencanto y desilusión y lo convierta en motivo de esperanza y ánimo.
Los malos momentos de la vida necesitan seguridad, esperanza y fe. Fe en nosotros mismos, en nuestras creencias y convicciones que son parte de nosotros en los buenos y malos momentos de nuestro existir personal.
Venzamos las inseguridades y el miedo a la frustración, los errores y los desaciertos que podamos cometer con firmeza y entereza. Son parte de nuestro nervio y resistencia ante las dificultades y decepciones. Es la lucha para no caer en la rendición, al miedo al fracaso y lo desconocido.
No te rindas nunca en la vida sin luchar por ti y tus creencias. No rendirse es no resignarse, no conformarse en lo que se ve, te preocupa y te afecta.
Luchar por lo que se cree es mejorar, avanzar y alejarnos de la negatividad y los miedos internos.
No rendirse ante la vida y luchar por tus principios y convicciones son el mejor bálsamo de superación y camino hacia éxito y el triunfo personal.
Es tu victoria. Aquella que nos hace mejores.
Lucha por ella.

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Valores y liderazgo en la empresa

Las cualidades de un líder marcan y determinan el buen funcionamiento y desarrollo de toda organización, institución o empresa.
Si toda sociedad empresarial necesita de un guía que marque su filosofía, estrategia y plan de actuación a seguir. Es a través de su capital humano donde se ejercitan los procesos de funcionamiento de cualquier sociedad. Es por ello, que un líder profesa una influencia decisiva para bien o para mal en el desarrollo de una estrategia que busque un fin o meta concreta.
En toda empresa cada trabajador es un eslabón de una cadena; con una misión concreta que forman el nexo de unión de su maquinaria y motor de actuación.
Los valores de liderazgo de un líder no sólo requieren de su merito o aptitudes personales, sino de la capacidad de competencia y eficacia en su labor diaria. Unas virtudes de principios personales que conlleven: ética, tolerancia y empatía.
El líder justo es aquel que busca el entendimiento colectivo desde la comprensión y la razón. Y que sabe gestionar el talento de sus empleados, sus capacidades y aptitudes.
Todo guía u orientador en cualquier organización ha de buscar el incentivo de su capital humano a través de su crecimiento personal. Un líder con franqueza y veracidad que transmita seguridad y ánimo. Además de unos principios y fundamentos de comprensión y entendimiento hacia sus subordinados con equidad y respeto.
El líder eficaz ante los nuevos tiempos y las nuevas realidades empresariales debe buscar el entendimiento ante las dificultades y problemas del día a día.
No hay mejor líder en una empresa que aquél que impregna a su equipo humano de optimismo. Una ilusión por mejorar, crecer y dotar del aliento necesario como fuerza de voluntad para no caer en el estancamiento, la frustración ni la apatía.
Un buen liderazgo requiere de una visión positiva ante los problemas y una calidad humana en el trato que ejerza.
Los valores en el liderazgo son la fuerza y la energía que empapan el capital humano de una organización y crean calidad laboral en la empresa. Hablamos de un buen ambiente del grupo humano, su entorno y estado anímico de actuación en general.
Los liderazgos positivos alejan la negatividad de cualquier empresa. Son un acicate y fuerza de vigor personal, que aprovechan las capacidades de sus empleados y potencian su talento y aptitudes.
En los valores del liderazgo reside la razón de ser de una empresa y su capital humano. Debe ser el porqué de su existencia. El empuje para seguir luchando y la determinación e incentivo de mejora y cambio.
El valor de un líder se mide por su integridad personal, su honradez y rectitud en el ejercicio de sus actuaciones.
No hay virtud de liderazgo que no conlleve tranquilidad y sosiego. Tranquilidad a modo de aplomo y sosiego como moderación y prudencia.
Los valores en un líder han de ser un incentivo y acicate de su equipo humano. Un estimulo de trabajo y crecimiento. Aquel que dota de ánimo y confianza al buen ambiente laboral.
No hay mejor liderazgo en cualquier organización que aquél que no se convierte en una traba o impedimento de crecimiento y calidad laboral de su capital humano.
Un liderazgo con valores está basado en la sencillez. Sencillez como virtud en facilitar las cosas a su equipo que busca la naturalidad desde la espontaneidad sin perder las formas.
Los lideres afables generan humanidad. Aquella que es la esencia de las relaciones humanas y cualidad de sapiencia.
Los valores de un líder se ejercen desde el respeto y la atención. Desde la consideración del trabajo de sus empleados y la colaboración del líder con disposición y actitud.
Un liderazgo en valores busca aprovechar el talento de sus empleados, sus capacidades y aptitudes que son la base de su productividad y eficacia de empresa.
Los valores de un líder son el fundamento de cualquier orientador; su carta de presentación y su imagen propia.
Todas las empresas tienen su ADN particular. Por ello, han de buscar líderes que aporten eficacia, capacidad y honestidad. Eficacia a modo de efectividad y productividad. Capacidad como desarrollo en la empresa de su capital humano. Y honestidad como lealtad a la organización y a sus empleados.
Busquemos la calidad y la productividad de una empresa; su gestión del talento, ambiente laboral y crecimiento personal de sus empleados mediante liderazgos con valores. Aquellos que nos orienten y hagan mejores personas y mejores empresas.
Vayamos en busca de la excelencia empresarial.
Aceptemos el reto.

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Cuando el sacrificio y el esfuerzo nos conducen hacia el éxito

Cualquier acción a emprender con un objetivo o meta (profesional, personal, económica) siempre lleva consigo un trabajo de esfuerzo y lucha para llevarlo a cabo. Es en ese afán y ahínco para poder materializarlo donde radica el éxito o el fracaso.
Una idea, un plan o una estrategia precisan del ingenio, la intuición (auténtica clave de actuación) y la iniciativa para poder ponerlas en práctica. Esa tenacidad de constancia y empeño que implica la insistencia en su desarrollo; y que al mismo tiempo sepa hacer frente con garantías ante los obstáculos y las adversidades a superar.
No hay éxito sin esfuerzo ni sacrificio que no conlleve la entrega, la paciencia y la disciplina en las acciones que ejecutemos.
Toda meta, plan o propósito precisa de unas competencias para poder emprenderlas, con un saber, entendimiento y razón entendida como capacidad de inteligencia ante los problemas y la búsqueda de soluciones ante los contratiempos.
El éxito bien entendido ante una meta nunca llega solo, es fruto de una consecuencia conducida y llevada desde el entusiasmo, la motivación por emprenderla a través de la esperanza de ir tras ella y con la clarividencia de saber cómo conseguirla.
En ese afán de acción y emprendimiento ante cualquier situación y circunstancia está la firmeza y la constancia para materializar con éxito los resultados deseados. Aquellos que tienen una consecuencia positiva que conducen y marcan nuestros propósitos; nos llevan a los fines y trasladan las intenciones en guías hacia las metas señaladas. Es la transportación personal de las intenciones convertidas en realidad y en objetivos culminados.
Transformemos el esfuerzo propio en el impulso del saber para ir en la dirección del camino hacia la consecución del triunfo de nuestros proyectos y propósitos.
Las voluntades para conseguir las metas siempre requieren de entrega y empeño para saber sacar y potenciar lo mejor de nosotros y el mejor partido a nuestra inteligencia.
La determinación en las actuaciones han de ser un auténtico baluarte y guía para no perder la tenacidad ante los inconvenientes y poder dar respuestas las contrariedades que se nos presenten.
Los objetivos a alcanzar siempre demandan de la imaginación, el ingenio y la sagacidad, a modo de clarividencia que nos despierten el talento en forma de agudeza, capacidad y razón a seguir.
La totalidad de acciones en el ejercicio de nuestros actos deben acarrear estados de entrega personal que conlleven: el trabajo, la inteligencia y la tenacidad en los proyectos que emprendamos con la finalidad de una culminación positiva y exitosa.
Seamos nuestro propio guía personal que nos anime a persistir en los propósitos con intención y empeño. En ese esfuerzo de sacrificio, la constancia en las intenciones que profesemos nos han de servir como estímulo y acicate ante la materialización de los fines; sin perder la paciencia y la serenidad como capacidad y actitud frente a los malos momentos.
Ante las trabas sufridas en relación a cualquier estrategia o propósito emprendido; el aguante personal y el temple siempre han de ir acompañadas de objetivos reales y realizables que no nos lleven a la decepción y la frustración.
Vayamos en busca del éxito, desde la inteligencia y la razón, aquella que requiere trabajo, sacrificio e inteligencia.
Ánimo y firmeza para la consecución efectiva de un fin o propósito siempre han de ser un binomio indispensable de nuestras emociones. Aquellas que van unidas a la paciencia, la perseverancia y la moderación en nuestras acciones.
Las metas siempre obligan a tener actitudes constantes de ingenio natural como solución ante las dudas, vacilaciones e incertidumbres.
Veamos en el esfuerzo y el sacrificio las herramientas necesarias para materializar los propósitos en resultados positivos que nos conduzcan hacia el éxito. Es nuestra fuerza personal al natural como mejor acicate y aliado. No la desperdiciemos.

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Los días pasan

Al igual que las hojas caen del almanaque, las olas del mar mueren en la orilla, y las hojas de los árboles van cayendo cuando van venciendo los días. Simplemente van deslizándose junto a nosotros en el paso del tiempo.
Vemos que la vida sigue su curso sin pausa ni detenimiento. Es el tiempo humano de la vida en estado natural que nos hace caminar, sentir y vivir con sus secuencias, recuerdos, momentos y vivencias que forman parte de nuestro presente existencial. Aquellos que marcan el camino de un futuro misterioso y enigmático de la andadura terrenal del ser humano.
Los días pasan en un tránsito de momentos vividos (positivos o negativos) que inciden en el recuerdo mental con permanencia inalterable de las secuencias en la memoria que han formado parte de nuestro entorno personal e individual.
Una memoria de añoranza y huella de la mente que perdura en el tiempo en forma de inventario. Es el sentir propio personal de aquella experimentación de hechos transcurridos a lo largo del tiempo. Con momentos vividos que determinan una etapa ya transcurrida. Un presente ya pasado como oportunidad perdida en el tiempo que ha de servir también de oportunidad de futuro.
La añoranza del pasado siempre es una huella que está ahí con sus contradicciones sin respuesta e interrogantes. Una experiencia que nos debe alejar de la tristeza y de los lamentos ante los infortunios ya sufridos.
El paso del tiempo ha de servir para sentir lo vivido y apreciar lo bueno que hayamos pasado. Es aquel testimonio propio de vida como documento que relata ya lo acontecido, y que es personal e intransferible como historia única.
Las secuencias de lo acontecido son parte de la suma del tiempo. Con sus paradas de nostalgia que no se detienen en el transcurso de los años. Es la vida en sí misma, parte de nuestra existencia y estado emocional que conllevan situaciones individuales ya compartidas.
Las circunstancias experimentadas siempre son oportunidades del pasado, pero también del ahora, del presente. Son segundos de tiempo y minutos de vida como autentica pausa en el trayecto del camino que determinan el desarrollo, las acciones y los acontecimientos del futuro. Una sucesión de instantes en forma de fotogramas a modo de verdadero observador impertérrito del tiempo ya consumido.
El tiempo vivido siempre es un cambio, un proceso evolutivo de progreso personal y desarrollo humano que nos ayuda a crecer, madurar y buscar el rumbo en el caminar complejo de la vida y su destino.
Todo acontecimiento tiene un inicio en la vida, un origen y un porqué. Es como el preludio del amanecer humano que conlleva las dudas, las incertidumbres y las inseguridades ante lo desconocido del día a día. Es la vida en estado puro con sus lógicas y contradicciones.
De la misma forma que los días son parte de la memoria y regalo personal que nos brinda la misma vida. Nuestra huella personal nos ha de aportar el escudo protector ante la nostalgia del pasado para no convertirse en el olvido del presente.
No convirtamos la oscuridad en abandono; hagamos de la luz un guía de vida para no arrinconarnos interiormente en nuestras propias miserias y contradicciones personales.
El tránsito de la vida es un caminar misterioso y enigmático sin pausa ni parada fija en el tiempo. Ahí radica su magia de fortunas o infortunios.
Es en el transcurso del camino de la vida donde vemos que al final el tiempo nos recuerda que los días pasan.
Es el momento. Tú momento.
Aprovéchalo y vívelo.

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El talento nos acerca a alcanzar los objetivos marcados

La facultad personal que tienen todos los seres humanos determina que ante cualquier fin, propósito o meta a llevar a cabo son necesarias tener unas habilidades y competencias que nos garanticen alcanzar los logros que deseamos. Es a través de la facultad del talento personal y su aprovechamiento donde podemos conseguir mejorar nuestra aptitud a nivel de nuestros conocimientos y suficiencias.
El talento no sólo es tener habilidades y capacidades, sino por medio del potencial humano que tengamos crear marcos y actitudes que conformen un binomio de “disposición e inteligencia”.
Si todo objetivo a conseguir busca una finalidad e intención. Hagamos de esa aspiración personal nuestro objeto y reto de meta a lograr. Y es en esa culminación o fin que buscamos donde la aptitud ha de ser la aliada prioritaria de habilidad, capacidad y juicio.
Tengamos una estrategia y marquémonos un objetivo a seguir para que el empeño y la determinación sean la mejor actitud de éxito frente a cualquier idea o propósito a lograr.
El talento ha de ser el mayor garante y compañero para poder alcanzar los anhelos y las ansias de deseo en la consecución de nuevos objetivos y metas. Acompañado de la voluntad personal como auténtica fuerza de propósito y pensamiento. Un verdadero ánimo de lucha y motivo a seguir como convicción de elección e iniciativa propia.
Aprovechemos el potencial del talento, nuestra imaginación y sensatez en lo que hagamos y pensemos. Es a partir de esa disposición personal cuando podremos tener las mejores opciones de culminación y triunfo en cualquier actuación o situación surgida. Y también la mejor forma de poder disponer de la iniciativa y energía en positivo para emprender mejor.
Para alcanzar cualquier meta o faceta en la vida nuestro ímpetu personal ha de ser un baluarte de fortaleza y consistencia. Aquel que nos dote del esfuerzo necesario y la ambición para poder seguir luchando con ahínco en lo que creemos.
Sirvámonos de la inteligencia y las habilidades propias a modo de soporte y compañera de nuestra tenacidad, lucha y esfuerzo.
Luchemos por las metas que ansiamos con realismo y con un verdadero objetivo de finalidad a conseguir. Que partan desde la decisión, la determinación y el empeño personal emprendido.
Sepamos que el talento frente a toda decisión o fin siempre aporta reflexión, criterio y razón. En esa inteligencia de pensamiento debemos actuar con el mejor juicio, perspectiva y lógica.
En todas las determinaciones que tomemos en cualquier ámbito o parcela de la vida, busquemos el empeño de actuación con decisión y voluntad. Que nos dote de motivación, ánimo y criterio ante las cosas. Un criterio en que el talento adquiera su máxima expresión ante un propósito determinado o meta. Transmitiéndonos razón a modo de reflexión, y entendimiento e inteligencia frente a cualquier toma de decisiones.
Veamos en nuestro criterio personal la forma ideal que nos haga ver en nuestras disposiciones y comportamientos la mejor perspectiva de las cosas.
El talento ante cualquier logro o meta a conseguir necesita perseverancia, sensatez y aplomo como aval de éxito frente a cualquier revés o contratiempo.
Es en la aspiración en el objetivo de una meta donde el talento alcanza su máxima importancia a través de nuestra disposición personal. La que aprovecha nuestras habilidades y aptitudes como virtud de capacidad y competencia. Es la inteligencia del saber en toda su extensión puesta en beneficio de un fin o meta a alcanzar.
Desarrollemos al máximo nuestro potencial de suficiencias a modo de capacitación y energía viva.
Luchemos por un objetivo o propósito con perseverancia deseo e ilusión. Una ilusión de confianza y seguridad en nosotros mismos. Una seguridad de creencia en nuestras convicciones y fe propias.
Veamos en la tenacidad ante la toma de decisiones una disposición de aptitud y creencia personal y humana.
Hagamos del talento la mejor razón y argumento de aptitud y saber. Es la mejor forma de poner nuestro conocimiento e inteligencia al servicio de cualquier causa, razón o logro.
Que nuestra ambición no se quede en un límite o margen. Al revés, hagamos que el talento sea el mejor instrumento para romper cualquier amarre o perturbación.
Pongamos la inteligencia personal al frente del conocimiento a modo de pasarela para que el talento nos acerque un poco más a los objetivos marcados como garantía de triunfo.
Es el mejor respaldo para que vayamos en su encuentro.

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Creer en uno mismo

¿Nos aceptamos cómo somos? ¿Creemos en nuestras posibilidades como personas? ¿Los miedos personales nos impiden tomar decisiones? Todos estos interrogantes tienen un denominador común: creer en uno mismo. Creer en uno mismo es mantener la seguridad y el aplomo ante cualquier situación o decisión. Una confianza en nuestras convicciones y una firmeza en nuestro carácter.
El ser humano tiene una naturaleza propia; con su personalidad y temperamento que es parte de su identidad única y singular.
Creer en uno mismo es crecer y avanzar. Un desarrollo personal que nos hace progresar a nivel humano; y nos hace avanzar en la búsqueda de la mejora y la perfección plena.
No hay avance humano de progreso que no conlleve la aceptación personal y el crecimiento humano que va desde la seguridad en nosotros mismos y mantiene la confianza en nuestros principios y valores.
La confianza propia requiere fe y creencia en uno mismo. Aquella que nos dota de certidumbre ante cualquier actuación o conflicto de la vida.
No hay mayor creencia propia que aquella que habita en nuestro interior más intimo. Que desde el convencimiento de lo que pensamos y hacemos no renuncia de sus principios y creencias.
Hagamos de la determinación de nuestras actuaciones una voluntad de cambio. Que nazca del espíritu y que nos dote de la energía y la fuerza en todo lo que emprendamos.
Busquemos en la autosuficiencia la mejor expectativa de seguridad y fortaleza personal que nos aporte aplomo y confianza plena.
Veamos en la aceptación de como somos el acicate de desarrollo y progreso ante nosotros mismos y la vida.
Desde la superación personal podemos progresar y evolucionar para alcanzar los retos que nos propongamos. Es la mejor forma de vencer los miedos y tabús. Una evolución desde la esperanza del espíritu que nos genera la mejor perspectiva de las situaciones que nos acontecen transmitiéndonos ilusión y optimismo.
No perdamos la ilusión en los anhelos que deseamos con la confianza en nosotros mismos. Y hagamos que la esperanza nos llene de empuje y decisión ante toda determinación o resolución a tomar.
Creer en uno mismo es un compromiso personal e intimo de valor y superación. Una obligación que nos haga mejorar ante las dificultades, obstáculos e impedimentos.
Afrontemos los problemas y los inconvenientes desde la fortaleza del espíritu que nos proporciona vigor, energía y fuerza. Una fuerza del ánimo que nos haga las cosas mas fáciles frente a cualquier problema o escollo que se nos presente.
Si creer en uno mismo es una apuesta personal de superación; hagamos de la transformación un cambio de lo viejo a lo nuevo. Desterrando los miedos, traumas y recelos que nos alejen del pesimismo y la desesperanza.
La inseguridad personal nos crea incertidumbre, vacilación y dudas alejándonos de la firmeza en las decisiones que tomamos. Al contrario, de la tenacidad que nos aporta fuerza e impulso ante los anhelos que deseamos sin desfallecer en el intento.
Avancemos a nivel humano en la búsqueda de la evolución personal. La que nos haga perder los miedos y las desconfianzas.
No hay confianza y seguridad en uno mismo sin convicción y compromiso en los que se cree y se hace.
Creer en uno mismo es admitirnos y reconocernos con valentía, sinceridad y franqueza (tal cual somos).
No desterremos nuestras virtudes que son inherentes a nuestra persona y creamos en ellas. Siempre nos aportaran eficacia y utilidad como mejor valor de capacidad, competencia y talento natural.
Luchemos desde la humildad en ser mejores para también poder conocernos mejor (sin caretas ni corsés).
Hagamos del espíritu una esperanza viva de tesón e impulso hasta conseguir romper cualquier miedo o atadura que tengamos.
Que la determinación sea un compromiso vivo de perseverancia y mejora de progreso y superación.
Veamos en la voluntad de los principios una fortaleza de confianza y aplomo. De desarrollo y avance en toda faceta o actuación de la vida.
Seamos nuestra mejor energía de cambio y fuerza que nos dote de vitalidad y empeño.
Somos nuestra carta de presentación ante nosotros y el mundo. Nuestra mejor cara e imagen. Hagamos esta demostración de nosotros mismos con confianza y sin miedos, con convicciones y sin vacilaciones, con firmeza y sin fragilidad, con fe y sin inseguridades.
Somos como queremos ser. Es nuestra mejor forma de ser uno mismo.
Cree en ti.

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La influencia de las convicciones en la toma de decisiones

En la andadura por la vida de cualquier ser humano vemos que sus ideas, propósitos e intenciones vienen influenciadas por sus convicciones personales, el empeño en perseguirlas y en la toma de decisiones para ejecutarlas.
Las creencias como convicciones propias tienen un efecto y repercusión en todas las acciones que desarrollamos en nuestra vida cotidiana y en todas las facetas y aspectos de que somos participes (ámbito humano, de trabajo, o esfera familiar).
Nuestras creencias y valores tienen un influjo decisivo en las determinaciones que tomemos a modo de convencimiento propio, seguridad personal y voluntad de firmeza.
El empuje en los propósitos es la mejor disposición de empeño y compromiso hacia las iniciativas que emprendamos.
Todos los propósitos necesitan de la confianza en nuestras ideas y creencias en forma de convencimiento e iniciativa de los compromisos que nos marquemos.
La fuerza en nuestras convicciones son valores y principios que nos dotan de capacidad y valía ante cualquier elección o disposición a tomar.
Que nuestro ímpetu sea el mejor empuje ante las decisiones como influencia de poder y fuerza ante los deseos a alcanzar.
Las convicciones personales son parte de la certeza en lo que creemos a nivel de compromiso y principios.
La voluntad en la acción de cualquier actividad es la mejor potencia de fortaleza y entereza como actitud y talento.
No hay intención a realizar que no requiera de un compromiso personal, una constancia y un carácter de persuasión en todo lo que iniciemos y que no busque un objetivo final satisfactorio.
Veamos en las creencias personales, valores de fuerza y acción, donde el convencimiento y la voluntad sean el mejor carácter de impulso y empuje.
Los propósitos como voluntad de determinación siempre necesitan de la confianza y la claridad de ideas. Unas ideas de creencias y convicciones que demandan de la constancia y la certeza como manera de influencia en las resoluciones a tomar.
La fuerza en las acciones emprendidas son decisiones de voluntad y perseverancia que marcan y determinan el resultado de los anhelos que se desean.
Las creencias son parte del éxito en la toma de decisiones. Son convicciones personales que nos dotan de seguridad y reafirman las convicciones que tenemos a modo de capacidad y virtud de talento.
El empuje de los propósitos es un impulso de confianza propia para conseguir metas; creer en nuestras ideas y principios aprovechando la aptitud para alcanzar los objetivos que nos propongamos.
Nuestro crédito personal es la mejor seguridad de crecimiento humano ante las determinaciones a tomar y las elecciones y disyuntivas que tengamos.
En las actividades a realizar veamos en la virtud personal una capacidad de poder, fuerza y energía, pero también de honestidad con nosotros mismos ante cualquier hecho que se produzca.
La influencia de las convicciones en la toma de decisiones es el mejor crédito de seguridad y determinación, poder y certeza ante cualquier elección puesta en marcha.
La fuerza y la constancia en las iniciativas que se emprenden tienen una carácter de imprenta personal propia. Aquella actitud natural de ímpetu e impulso que nos dota de confianza y seguridad para afrontar cualquier reto.
Nuestra filosofía de vida es un compromiso personal de las convicciones y los principios que tenemos. Un compromiso ante las actividades como valor añadido de fortaleza y potencia del espíritu.
Hagamos de los deseos, certezas y ganas para ir en su búsqueda; con voluntad y ganas, creencia en ellos y valores de convencimiento y confianza en nosotros mismos.
El convencimiento no ha de quedar en una simple acción personal de creencias y valores, sino en la voluntad y la influencia para que en la toma de decisiones los propósitos se materialicen y pasen de las intenciones a la certeza y la práctica.
No hay voluntad que no necesite de una creencia en los valores, pero no hay fuerza y valor en las acciones que no necesiten del convencimiento y la influencia de las convicciones para que las decisiones se tomen con determinación, fuerza y valor.
Las ideas no han de ser simples creencias; han de ser principios, valores y convicciones de influencia, seguridad y creencia que nos doten del empuje en las iniciativas y la determinación en las decisiones.
Creamos en nuestras convicciones y que nos acompañen en nuestra toma de decisiones como señas de identidad y personalidad propias.

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