Creer en uno mismo

¿Nos aceptamos cómo somos? ¿Creemos en nuestras posibilidades como personas? ¿Los miedos personales nos impiden tomar decisiones? Todos estos interrogantes tienen un denominador común: creer en uno mismo. Creer en uno mismo es mantener la seguridad y el aplomo ante cualquier situación o decisión. Una confianza en nuestras convicciones y una firmeza en nuestro carácter.
El ser humano tiene una naturaleza propia; con su personalidad y temperamento que es parte de su identidad única y singular.
Creer en uno mismo es crecer y avanzar. Un desarrollo personal que nos hace progresar a nivel humano; y nos hace avanzar en la búsqueda de la mejora y la perfección plena.
No hay avance humano de progreso que no conlleve la aceptación personal y el crecimiento humano que va desde la seguridad en nosotros mismos y mantiene la confianza en nuestros principios y valores.
La confianza propia requiere fe y creencia en uno mismo. Aquella que nos dota de certidumbre ante cualquier actuación o conflicto de la vida.
No hay mayor creencia propia que aquella que habita en nuestro interior más intimo. Que desde el convencimiento de lo que pensamos y hacemos no renuncia de sus principios y creencias.
Hagamos de la determinación de nuestras actuaciones una voluntad de cambio. Que nazca del espíritu y que nos dote de la energía y la fuerza en todo lo que emprendamos.
Busquemos en la autosuficiencia la mejor expectativa de seguridad y fortaleza personal que nos aporte aplomo y confianza plena.
Veamos en la aceptación de como somos el acicate de desarrollo y progreso ante nosotros mismos y la vida.
Desde la superación personal podemos progresar y evolucionar para alcanzar los retos que nos propongamos. Es la mejor forma de vencer los miedos y tabús. Una evolución desde la esperanza del espíritu que nos genera la mejor perspectiva de las situaciones que nos acontecen transmitiéndonos ilusión y optimismo.
No perdamos la ilusión en los anhelos que deseamos con la confianza en nosotros mismos. Y hagamos que la esperanza nos llene de empuje y decisión ante toda determinación o resolución a tomar.
Creer en uno mismo es un compromiso personal e intimo de valor y superación. Una obligación que nos haga mejorar ante las dificultades, obstáculos e impedimentos.
Afrontemos los problemas y los inconvenientes desde la fortaleza del espíritu que nos proporciona vigor, energía y fuerza. Una fuerza del ánimo que nos haga las cosas mas fáciles frente a cualquier problema o escollo que se nos presente.
Si creer en uno mismo es una apuesta personal de superación; hagamos de la transformación un cambio de lo viejo a lo nuevo. Desterrando los miedos, traumas y recelos que nos alejen del pesimismo y la desesperanza.
La inseguridad personal nos crea incertidumbre, vacilación y dudas alejándonos de la firmeza en las decisiones que tomamos. Al contrario, de la tenacidad que nos aporta fuerza e impulso ante los anhelos que deseamos sin desfallecer en el intento.
Avancemos a nivel humano en la búsqueda de la evolución personal. La que nos haga perder los miedos y las desconfianzas.
No hay confianza y seguridad en uno mismo sin convicción y compromiso en los que se cree y se hace.
Creer en uno mismo es admitirnos y reconocernos con valentía, sinceridad y franqueza (tal cual somos).
No desterremos nuestras virtudes que son inherentes a nuestra persona y creamos en ellas. Siempre nos aportaran eficacia y utilidad como mejor valor de capacidad, competencia y talento natural.
Luchemos desde la humildad en ser mejores para también poder conocernos mejor (sin caretas ni corsés).
Hagamos del espíritu una esperanza viva de tesón e impulso hasta conseguir romper cualquier miedo o atadura que tengamos.
Que la determinación sea un compromiso vivo de perseverancia y mejora de progreso y superación.
Veamos en la voluntad de los principios una fortaleza de confianza y aplomo. De desarrollo y avance en toda faceta o actuación de la vida.
Seamos nuestra mejor energía de cambio y fuerza que nos dote de vitalidad y empeño.
Somos nuestra carta de presentación ante nosotros y el mundo. Nuestra mejor cara e imagen. Hagamos esta demostración de nosotros mismos con confianza y sin miedos, con convicciones y sin vacilaciones, con firmeza y sin fragilidad, con fe y sin inseguridades.
Somos como queremos ser. Es nuestra mejor forma de ser uno mismo.
Cree en ti.

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La influencia de las convicciones en la toma de decisiones

En la andadura por la vida de cualquier ser humano vemos que sus ideas, propósitos e intenciones vienen influenciadas por sus convicciones personales, el empeño en perseguirlas y en la toma de decisiones para ejecutarlas.
Las creencias como convicciones propias tienen un efecto y repercusión en todas las acciones que desarrollamos en nuestra vida cotidiana y en todas las facetas y aspectos de que somos participes (ámbito humano, de trabajo, o esfera familiar).
Nuestras creencias y valores tienen un influjo decisivo en las determinaciones que tomemos a modo de convencimiento propio, seguridad personal y voluntad de firmeza.
El empuje en los propósitos es la mejor disposición de empeño y compromiso hacia las iniciativas que emprendamos.
Todos los propósitos necesitan de la confianza en nuestras ideas y creencias en forma de convencimiento e iniciativa de los compromisos que nos marquemos.
La fuerza en nuestras convicciones son valores y principios que nos dotan de capacidad y valía ante cualquier elección o disposición a tomar.
Que nuestro ímpetu sea el mejor empuje ante las decisiones como influencia de poder y fuerza ante los deseos a alcanzar.
Las convicciones personales son parte de la certeza en lo que creemos a nivel de compromiso y principios.
La voluntad en la acción de cualquier actividad es la mejor potencia de fortaleza y entereza como actitud y talento.
No hay intención a realizar que no requiera de un compromiso personal, una constancia y un carácter de persuasión en todo lo que iniciemos y que no busque un objetivo final satisfactorio.
Veamos en las creencias personales, valores de fuerza y acción, donde el convencimiento y la voluntad sean el mejor carácter de impulso y empuje.
Los propósitos como voluntad de determinación siempre necesitan de la confianza y la claridad de ideas. Unas ideas de creencias y convicciones que demandan de la constancia y la certeza como manera de influencia en las resoluciones a tomar.
La fuerza en las acciones emprendidas son decisiones de voluntad y perseverancia que marcan y determinan el resultado de los anhelos que se desean.
Las creencias son parte del éxito en la toma de decisiones. Son convicciones personales que nos dotan de seguridad y reafirman las convicciones que tenemos a modo de capacidad y virtud de talento.
El empuje de los propósitos es un impulso de confianza propia para conseguir metas; creer en nuestras ideas y principios aprovechando la aptitud para alcanzar los objetivos que nos propongamos.
Nuestro crédito personal es la mejor seguridad de crecimiento humano ante las determinaciones a tomar y las elecciones y disyuntivas que tengamos.
En las actividades a realizar veamos en la virtud personal una capacidad de poder, fuerza y energía, pero también de honestidad con nosotros mismos ante cualquier hecho que se produzca.
La influencia de las convicciones en la toma de decisiones es el mejor crédito de seguridad y determinación, poder y certeza ante cualquier elección puesta en marcha.
La fuerza y la constancia en las iniciativas que se emprenden tienen una carácter de imprenta personal propia. Aquella actitud natural de ímpetu e impulso que nos dota de confianza y seguridad para afrontar cualquier reto.
Nuestra filosofía de vida es un compromiso personal de las convicciones y los principios que tenemos. Un compromiso ante las actividades como valor añadido de fortaleza y potencia del espíritu.
Hagamos de los deseos, certezas y ganas para ir en su búsqueda; con voluntad y ganas, creencia en ellos y valores de convencimiento y confianza en nosotros mismos.
El convencimiento no ha de quedar en una simple acción personal de creencias y valores, sino en la voluntad y la influencia para que en la toma de decisiones los propósitos se materialicen y pasen de las intenciones a la certeza y la práctica.
No hay voluntad que no necesite de una creencia en los valores, pero no hay fuerza y valor en las acciones que no necesiten del convencimiento y la influencia de las convicciones para que las decisiones se tomen con determinación, fuerza y valor.
Las ideas no han de ser simples creencias; han de ser principios, valores y convicciones de influencia, seguridad y creencia que nos doten del empuje en las iniciativas y la determinación en las decisiones.
Creamos en nuestras convicciones y que nos acompañen en nuestra toma de decisiones como señas de identidad y personalidad propias.

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Reflexiones humanas

Si nos parasemos a pensar los seres humanos lo que verdaderamente valemos (aspectos y sentidos personales) y lo importante que nos creemos ser; muchos de nuestros comportamientos y actitudes en nuestra vida diaria cambiarían radicalmente.
El ser humano como ser imperfecto que es por naturaleza está lleno de defectos e imperfecciones válgase la redundancia que se manifiestan en la sociedad a la que pertenece y forma parte. En la que parecen tener solo cabida: la ambición desmedida, el materialismo como único principio y la envidia insana (no como superación personal positiva sino como pesar del bien ajeno).
Esa lucha entre nosotros mismos (victima de nuestras contradicciones y prejuicios) demuestra el egoísmo y falta de compromiso que tenemos los seres humanos hacia los que nos rodean. Pero no nos equivoquemos, por muchas conquistas materiales y de ambición que logremos a nivel personal, estas perecerán cuando abandonemos esta vida terrenal (con sus maletas, equipajes y lastres).
Sólo cuando sufrimos una desgracia, adversidad o contratiempo grave, nuestra o de personas cercanas a nosotros se nos enciende la luz de la sensatez que nos ilumina y nos hace ver la realidad de lo que realmente somos (simples mortales); aunque intentemos envolvernos con todos nuestros bienes y riquezas que puedan tapar nuestras debilidades, miedos y recelos de lo que verdaderamente somos y no queremos reconocer (la soberbia en toda su esencia).
La pregunta es: ¿qué es lo que somos y lo que verdaderamente pensamos que somos? Ahí radica nuestro error y equivocación. Al fin y a la postre, el ser humano es una simple gota de agua en la inmensidad del océano de la vida. Participe de una sociedad egoísta deshumanizada e individualista que contrasta con la era de la comunicación y la tecnología en que vivimos (realidad virtual y engañosa). Un verdadero contrasentido cuando vemos que por desgracia la incomunicación social se encuentra presente en nuestra sociedad en su máxima expresión.
Cuando en una sociedad los individuos actúan desde el aislamiento personal ante todo lo que les rodea, dan lugar a formar sociedades de individuos con falta de compromisos colectivos y éticos. Es el exponente de actuar y vivir en una burbuja hermética y cerrada alejada de los problemas y de los valores que cualquier sociedad moderna necesita y debe tener a modo de aportación, crecimiento y mejora en la búsqueda del bien común.
Estar bien con uno mismo y tener aspiraciones en la vida son aspiraciones legitimas a nivel de avance personal, pero también es importante aportar valores (principios de actuación éticos y morales) ante nuestros semejantes. Aquellas virtudes y cualidades humanas como son: la tolerancia, la justicia y la honestidad que nos hace más humanos, engrandecen a una sociedad y la dotan de calidad humana.
En una sociedad moderna, los individuos que la componen tiene que tener una actitud de apertura personal, pero también hacia el exterior con amplitud de miras. Una aportación donde se abandone el egocentrismo personal como centro de atención, el desinterés al prójimo y el altruismo no quede en simples palabras huecas de buenas intenciones, sino como un verdadero comportamiento de solidaridad y complicidad personal.
No veamos nuestras debilidades y fragilidades personales como una vergüenza a esconder, al contrario sintámoslas de manera natural y humana (tal cual) sin vergüenzas ni miedos.
Es en la sencillez de la persona donde radica su auténtica valía personal ajena a todo materialismo y conveniencia. Es el ser humano en estado puro, con sus imperfecciones, miserias y grandezas que nos hacen únicos y diferentes.
No hagamos sociedades con individuos miopes; hagamos sociedades con individuos que busquen el avance, desarrollo y transformación de la sociedad en favor del bien común desde la aportación individual de cada uno de sus miembros en beneficio de todos.
Esa debe ser nuestra esperanza humana.

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Vitalidad y fuerza interior como mejor antídoto frente a los fracasos

¿Quién no ha tenido un fracaso en su vida? ¿Cuántas veces no hemos conseguido los retos o metas que pretendíamos? ¿ Todos los anhelos o deseos en la vida que nos hemos propuesto los hemos llegado a alcanzar?
El fracaso en sí mismo no ha de ser algo negativo. Ni tampoco una secuela personal insalvable de frustración en la vida. Al revés, el fracaso es una demostración de fortaleza y carácter como lucha por lo que creemos (proyecto, reto, ambición), independientemente que se consiga o no.
El valor por luchar en lo que se cree, el aliento para seguir su desenlace y el ánimo han de ser acicates de entereza y talante de superación ante cualquier desenlace de actuación y resultado que pretendamos conseguir en nuestros deseos, ilusiones y metas.
No hay mejor aliado y antídoto ante los fracasos que la fuerza como energía interior y la vitalidad que nos hacen no caer en el desaliento y el desánimo.
La determinación en seguir creciendo ante cualquier fracaso sufrido es la mejor disposición de impulso y voluntad de mejora y cambio.
Los fracasos nunca deben ser la excusa de la apatía, el desencanto y la frustración que nos hagan perder nuestras ilusiones y creencias que tenemos.
Seguir luchando ante los fracasos sufridos es tener la valentía para poder afrontarlos y no caer en los errores ya sufridos como experiencia del saber.
La actitud ante cualquier fracaso es el mejor bálsamo de superación anímica y crecimiento personal. Un antídoto de vigor y voluntad de los que no se sienten perdedores y creen en ellos mismos para seguir luchando y creyendo.
No sentirse perdedor ante las dificultades y contrariedades de la vida con sus efectos es mantener la fortaleza, la valentía y la determinación como actitud y disposición de actuación.
No solo son ganadores los que no fracasan, sino también los que creen en todo lo que inician, eligen y desean.
Cuando nuestra actitud es un valor personal de aliento y ánimo, los fracasos son siempre más fáciles de superar y vencer.
Todo proceso de actuación en la vida necesitan de firmeza frente a las adversidades y contrariedades que se nos presenten. Pero también es necesaria la resistencia personal para no caer en el desaliento del ánimo. Aquel carácter intrínseco y personal que nos hace fuertes ante los momentos negativos y difíciles que tengamos que afrontar.
Si la persona perdedora ante los fracasos cae en la complacencia, la persona ganadora mantiene la garra y el nervio de la lucha en seguir luchando por conseguir nuevos retos y ambiciones.
Es la valentía de creer en uno mismo y la lucha como decisión de esfuerzo y elección personal la que nos haga superar cualquier barrera o contratiempo. Una impregna consustancial de todo luchador ante la vida con capacidad de iniciativa y ambición natural.
Tenemos que creer, ambicionar y saber que los fracasos han de ser un revulsivo de impulso a seguir. Verdadero acicate de empeño y lucha.
No hagamos de los fracasos una rémora y carga insalvable para no seguir ambicionando, luchando y creyendo en todo lo que hagamos.
La fuerza y vitalidad del espíritu han de ser el mejor antídoto del triunfo personal ante el fracaso. Aquel que nos haga vencer nuestros miedos, frustraciones y desengaños ante lo no alcanzado y creído.
Veamos en los fracasos una oportunidad de mejora y cambio. Un nuevo paradigma que nos aporte el crecimiento personal de satisfacción y creencia propia. Es una prueba y demostración de que las convicciones por las que luchamos siguen intactas y nos puedan hacer ganadores ante la vida y nosotros mismos.
Seamos con nuestra vitalidad y fuerza interior el mejor antídoto para vencer frene a los fracasos.
Empecemos el camino del cambio.

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Enfrentarse a las adversidades con esperanza y confianza

Hacer frente a las adversidades de la vida siempre es una tarea difícil; y más aun cuando son desgracias, infortunios y escollos imprevisibles de diferente índole que nos encontramos en el transcurso de nuestra andadura terrenal (enfermedad, desengaños sentimentales, trabajo, fracasos en general).
Estamos ante situaciones desfavorables que afectan al estado de nuestro ánimo en forma de desaliento, tristeza y abatimiento. Ante ello, frente a estas tesituras y trances debemos confiar en valores personales que planten cara, sean un acicate y nos reconforten ante circunstancias contrarias que nos aparezcan.
Uno de estos valores es la virtud de la esperanza que nos aporta la confianza para acometer cualquier infortunio, desgracia o desdicha. Hablamos de esperanza como valor personal en medio de las dificultades que nos acechan.
La esperanza siempre nace desde un sentimiento positivo a modo de bálsamo y consuelo, pero también desde un estado del ánimo que da sentido a nuestra vida en forma de alivio, calmante y tranquilidad de paz ante las desdichas y los tropiezos.
Abordar las adversidades desde la esperanza es enfrentarse a los impedimentos e inconvenientes a partir de la motivación personal. Un rasgo natural del ser humano que nos mantiene firmes y nos dota de la energía y el esfuerzo para mejorar y superar cualquier tipo de revés o tropiezo.
Enfrentarse a los obstáculos es dar rumbo nuevo a la desorientación y a la confusión en situaciones de inseguridad y pesimismo.
Mantengamos la ilusión y el optimismo personal ante tropiezos y rumbos equivocados que tomemos.
Encaremos los infortunios de la vida por medio de la esperanza y la ilusión con determinación y decisión sin titubeos ni vacilaciones que nos aporten seguridad y valor.
Enfrentémonos a las desgracias que nos surjan sin titubeos ni miedos; aprovechando nuestras suficiencias y expectativas a seguir.
No veamos los tropiezos personales como reveses y contratiempos, sino decisiones de afán, empeño y esperanza de cambio.
Las adversidades necesitan una perspectiva y visión clara de la realidad para no perder la confianza, enfrentarnos a ellas y poder salir airosos.
Seamos nuestro mejor guía para enfrentarnos a las fatalidades con aliento y empuje, pero también con decisión de esperanza y ánimo de superación personal.
Plantar cara a los tropiezos es no perder la esperanza en la confianza dando sentido y rumbo a nuestra vida a pesar de las fatalidades que se nos presenten y las tristezas que nos causen. Vayamos en busca de un ánimo optimista y un sentimiento positivo de valor y fuerza como virtud personal.
La ilusión es base determinante de la esperanza para sumar esfuerzos que contrarresten las desdichas y las adversidades que se nos presenten.
Veamos la confianza en nosotros como el convencimiento de nuestras creencias y convicciones que forman parte de la esperanza para mejor acometer cualquier desgracia o adversidad.
El rumbo, la orientación y el sentido que demos a nuestra vida nos hace mas fuertes ante los contratiempos que nos surjan y las dificultades que nos enfrentemos.
Tomemos decisiones y determinaciones con sentido positivo que nos doten de la perspectiva real de las situaciones con optimismo e ilusión frente a los problemas y desgracias contrarias.
Esperanza, confianza e ilusión no han de quedar en simples palabras. Han de ser estados de convencimiento y empuje que nos reafirme en lo que creemos a pesar de cualquier fatalidad que tengamos que hacer frente.
La confianza en nosotros mismos nos aporta seguridad y certidumbre como manera de enfrentarnos a las fatalidades y los infortunios desde la satisfacción en nuestras creencias y convicciones personales.
La seguridad propia siempre es una esperanza en las decisiones que se tomen dándonos aliento y empuje para encarar los problemas, dificultades y obstáculos.
Ante los frenos y los inconvenientes de cualquier índole, la motivación es el mejor acicate de impulso y ánimo para luchar y enfrentarnos a los problemas que nos acechen.
Que la ilusión y el optimismo venzan a la desesperanza y la desconfianza de todo infortunio, infelicidad o contratiempo de la vida.
La esperanza y la confianza son el mejor alivio y calmante de las adversidades y las desgracias. Aquella luz de ilusión, ánimo y optimismo en la oscuridad de los problemas, las preocupaciones y las dificultades.
Vayamos en su búsqueda.

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En busca de la armonía personal

En el transcurso de nuestra existencia vital, los seres humanos buscamos un estado personal en nuestro fuero interno que nos dote de la paz, el equilibrio íntimo y la armonía entre el cuerpo y la mente. Una medida de placidez individual que nos transmita la calma y la estabilidad emocional de sentimiento y bienestar propio.
El equilibrio personal siempre requiere de la proporción y la concordancia de la acciones que realicemos en el transcurso de nuestra existencia vital.
Un sentido de placidez interior nos genera un estado de confort del alma que nos dota de felicidad y alegría.
La culminación de nuestros anhelos y la confianza con que los emprendamos para conseguirlos han de tener el tesón y la solidez de nuestros valores, principios y creencias intrínsecas.
El sosiego interior es una pausa de paz íntima. Una culminación propia de plenitud personal que debemos buscar con ahínco en el día a día.
La serenidad en las acciones han de contar con la mesura de nuestro aplomo natural, madurez y tesón para la consecución de nuestros deseos.
Un sentimiento de felicidad, alegría y estabilidad emocional son claves a conseguir desde nuestro equilibrio armónico de estabilidad y desarrollo personal.
La armonía siempre ha de ir ligada al equilibrio interno de nuestro cuerpo y mente. Una situación que desde la calma y la estabilidad debe buscar la plenitud y el bienestar.
No hay estabilidad personal sin la sensatez y la reflexión en las decisiones que tomemos y acciones que realicemos. Aquellas que nos aporten la madurez y la seguridad en nosotros mismos.
La paz interior siempre es un avance de sosiego como reposo de quietud, temple y estado de relajación personal.
La alegría a través del equilibrio emocional es una capacidad de solidez en nuestras convicciones, deseos e ilusiones por conseguir que nos aportan: felicidad, satisfacción y avance humano.
La placidez del confort humano es la armonía en su máxima expresión desde el equilibrio mental que nos produce satisfacción y gozo.
No hay satisfacción plena que no requiera un trabajo de lucha y perseverancia para conseguir sus fines y metas.
El equilibrio personal siempre va ligado a la sensatez de nuestras acciones, la mesura en nuestras decisiones y la ponderación en el ejercicio de nuestras actividades. Es una forma de avance personal, inteligencia y madurez necesarias en la mejora de nuestro crecimiento personal.
La estabilidad emocional es un desarrollo natural y humano que nos dota de placidez interior y equilibrio. Un estado de bienestar general, culminación y gozo.
Hagamos de la armonía, una disposición de concordia, reposo y quietud. Un orden de equilibrio, comprensión y paciencia ante cualquier situación o circunstancia que se nos presente.
Nuestros valores han de ser capacidades de aptitud y provecho. Dándoles la importancia necesaria y la trascendencia de estabilidad y plenitud que nos acerquen a la felicidad.
Veamos en nuestras convicciones, un estado de tesón, vigor y ánimo que nos doten de seguridad, bienestar y satisfacción.
No hay mejor estrella a conseguir que aquella que viene del confort del alma, nos agrada y nos impregna de la satisfacción individual que nace de nuestras emociones y sentimientos.
Busquemos la felicidad desde le la estabilidad interior como valor de consistencia, alegría, madurez y estabilidad personal.
El equilibrio natural siempre es una medida de placidez individual que transporta concordia y bienestar. Es nuestra integridad a salvaguardar como capacidad de convicción natural exclusiva, propia e intransferible.
Vayamos en la búsqueda de la estrella de la alegría y el bienestar personal desde el equilibrio y la armonía natural de nuestro cuerpo.
Es un viaje de satisfacción por descubrir y emprender.

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La constancia como mejor aliada ante los propósitos y las metas marcadas

¿Tenemos firmeza y perseverancia en nuestras metas o propósitos que nos marcamos? ¿Qué actitud mantenemos en las intenciones y acciones que realizamos a diario? ¿Vemos en la firmeza un valor de determinación en los anhelos que deseamos? Son interrogantes que tienen un denominador común: la constancia como actitud o predisposición del ánimo respecto a todo lo que anhelamos y aspiramos conseguir.
No hay constancia que no necesite del empeño en los objetivos y la energía ante las pretensiones a conseguir. Es el talante como virtud, actitud y entusiasmo de valor y empuje.
Los esfuerzos frente a los propósitos y metas requieren del esfuerzo en las determinaciones y la constancia en los objetivos. Hablamos de constancia en forma de perseverancia y tesón que nos mantiene firmes en las decisiones a tomar y el empeño ante los anhelos y deseos a alcanzar.
Todo objetivo en la búsqueda de una meta precisa de actitud y talento como condiciones de habilidad y aptitud a emprender.
Veamos la actitud de la constancia como un empeño para afrontar los propósitos y metas con voluntad e intención en los objetivos y deseos que acometamos.
Impulsemos en nuestras decisiones a tomar, la determinación y la energía frente a los frenos y dificultades que se nos puedan presentar.
Los obstáculos e inconvenientes debemos afrontarlos desde la fuerza y el vigor del espíritu a modo de mejor esencia y ánimo personal.
Hagamos de la constancia el empeño positivo ante los anhelos, y veamos en el tesón una tenacidad y firmeza ante las ambiciones.
La insistencia y la perseverancia demandan del esfuerzo y la constancia para alcanzar toda meta o finalidad deseada. Son nuestros propósitos e intenciones que buscan la voluntad del espíritu y la esencia interior del ánimo. Aquel que nos transmite coraje y energía en las resoluciones y decisiones que tomamos.
La constancia siempre ha de ir unida a una actitud de disposición y firmeza que nos genere tenacidad y persistencia en las decisiones e intenciones que tengamos.
Veamos en el esfuerzo personal una voluntad de ambición y aspiración de los sueños y esperanzas que nos marquemos. Esperanza en las pretensiones y seguridad en las metas y objetivos trazados.
Impulsemos el ánimo y la fuerza personal para mantener el empeño en lo que creemos y las metas por las que luchamos.
El esfuerzo personal es el mejor afán de lucha ante las ambiciones que nos marquemos y anhelemos. Aquellos que nos producen sueños y empeños a modo de aspiraciones y pretensiones a lograr.
Observemos en la constancia un esfuerzo de ambición y aspiración humana natural. Una pretensión de empuje y valor que nos transmite resistencia ante los obstáculos y los inconvenientes que nos surjan.
La constancia requiere actitud y tenacidad en las decisiones, determinaciones y resoluciones que se adopten.
Talante y actitud son parte del ánimo que precisan de entusiasmo, valor y empuje en los propósitos y metas que se busquen. Un aliento de voluntad e interés que han de ser parte del tesón y la voluntad del espíritu en las ambiciones, alicientes y propósitos a lograr, y en los objetivos y metas a alcanzar.
Afrontemos los deseos y retos marcados con perseverancia y firmeza como mejor forma de hacer frente a las indecisiones, incertidumbres e inseguridades que tengamos.
Constancia y empeño han de ser herramientas de perseverancia y tenacidad frente a los objetivos y metas a lograr como verdadero ánimo del comportamiento, la conducta del alma y el tesón del espíritu.
Voluntad, aliento y empuje en las aspiraciones que tengamos, deben ser guías y referentes a seguir para afrontar los desafíos y ambiciones como razón e intención a seguir.
Que la constancia sea el mejor empeño de ánimo, perseverancia y tenacidad ante los objetivos y logros a lograr.
Busquemos en la constancia el aliado afín que nos acerque y conduzca en la consecución de los fines y ambiciones que nos propongamos materializar siguiendo el camino con firmeza y decisión.
Nuestra voluntad y virtud a seguir deben ser la hoja de ruta en el camino hacia el triunfo.
Emprendamos la marcha.

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Cuando la precipitación lleva al fracaso

Dicen que en las palabras y en los actos humanos residen los éxitos o fracasos ante las decisiones o actividades que realizamos en la vida. Aún siendo así nos podríamos preguntar: ¿sabemos abordar las situaciones que se nos presentan en su justa medida o tiempo? ¿Tomamos decisiones precipitadas en los ámbitos que nos movemos? ¿Valoramos todos los contextos y circunstancias antes de emprender algo?
Las actuaciones personales con apremio en el tiempo y sin razonar son pensamientos irreflexivos que siempre conducen a una consecución errónea.
Siempre ante cualquier tipo de proceder se requiere de una valoración de las circunstancias y una meditación para decidir con garantías sin precipitación ni torpeza.
Los desaciertos en la ejecución de todo proceder o trabajo son consecuencia de razonamientos en los que nos valora el entorno, la situación a tratar y la disposición para tomar las decisiones adecuadas.
Los comportamientos humanos en la vida requieren confianza en uno mismo, pero también comportamientos alejados de la torpeza, la falta de razonamiento y consideraciones sin madurar.
La consecución de un fracaso no solo viene determinado por la forma en que emprendemos algo (proyecto, reto, meta, objetivo), sino en la forma que lo desarrollamos, lo pensamos, lo ejecutamos, lo meditamos y lo ponemos en práctica.
Tomar en consideración las coyunturas, considerar los “pros y contras” son parte del éxito ante cualquier interpretación, actuación o ejecución a realizar.
El mejor compañero ante situaciones de precipitación e impetuosidad es la calma y la prudencia, auténticos abanderados para poder hacer frente a las equivocaciones y los desaciertos.
Si el fracaso en la no consecución de algo o como consecuencia del atropello irreflexivo de los procederes y la falta de mesura. Cambiemos de pensar y hagamos de la mesura y el razonamiento baluartes que venzan decisiones equivocadas y frustraciones inútiles.
Todo fracaso es una frustración y una derrota propia cuando viene precedido en no pensar ni considerar las condiciones para tomar determinaciones y la valoración de los espacios de actuación requeridos y pensados.
Reflexionemos en nuestros actos diarios a partir del entendimiento y la reflexión, sin abandonar la prudencia y la mesura ante toda consideración que tomemos.
Si la precipitación lleva al fracaso, la imprudencia en la forma de actuar y proceder es el mejor aliado para la equivocación y el desacierto que tengamos en lo que hagamos.
Consideremos las coyunturas y las circunstancias que nos envuelven ante toda decisión que tomemos. Es la mejor forma de pensar y decidir frente a la consecución de una meta o reto.
El pensamiento y la reflexión en los actos que practiquemos requieren estudiar las circunstancias y tomar decisiones desde la racionalidad.
Busquemos la consecución de nuestros objetivos con decisiones y determinaciones que consideremos y pensemos con sensatez, coherencia y lógica.
Las posiciones a tomar deben valorar los entornos, ambientes y condiciones que necesitan de un contexto adecuado para no equivocarnos ni caer el apresuramiento y la prisa innecesaria.
La prisa en las decisiones solo conduce a la frustración y a la derrota personal como auténtica imprudencia de falta de mesura para valorar las circunstancias y las condiciones necesarias ante todo tipo de resolución a adoptar.
El entendimiento de forma irreflexiva para tomar determinaciones da lugar a decisiones equivocadas y comportamientos de frustración que nos llevan al fracaso y al desánimo personal.
La precipitación siempre conlleva decisiones de inconveniencia, objetivos inalcanzados y desengaños innecesarios.
Que el pensamiento y la reflexión sean herramientas valiosas de aportación y ejecución ante los comportamientos que tengamos a modo de actuación, desempeño y trabajo.
Confiemos en el desempeño de nuestro comportamiento con juicio e inteligencia en las opiniones o decisiones que tomemos. Con la confianza y el razonamiento de nuestro criterio y reflexión en todo lo que hagamos y creamos.
Venzamos las decepciones desde la razón del pensar, la situación y el contexto de los hechos para que confiemos en nosotros mismos y nos alejemos de la precipitación como fracaso ineficaz y estéril.
Si la precipitación es el camino más corto hacia el fracaso; démosle la vuelta para convertirlo en calma y sosiego como medio y herramienta que nos conduzca hacia el éxito personal.

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La razón como capacidad de reflexión y pensamiento

La persona humana como ser único y singular tiene unas facultades de pensamiento ante la vida que le condicionan en sus procederes diarios. Es por medio de la razón que busca el fundamento de las cosas a través de su mente humana: ideas y conceptos que le ayudan a formar juicios de entendimiento e inteligencia personal.
La razón humana no queda sólo en el pensar, sino también en la reflexión como capacidad de entendimiento y principio de las cosas. Verdadero pensamiento de estudio y comprensión ante todo lo que nos rodea en la vida para poder valorar, estudiar y entender. Es decir, la capacidad a modo de facultad del pensar que nos conforma opiniones, criterio y parecer. Son imágenes y conceptos mediante la conexión de ideas que nos crean los elementos mentales, las percepciones de pensamiento, juicio y criterio de las cosas.
La razón es la disposición y competencia de introspección personal en forma de reflexión y conciencia humana. Aquella que nace de la conciencia, nos crea juicios de entendimiento y comprensión frente a la vida con principios de opinión, valoración y pensamiento.
Opinión como juicio personal de criterio y argumento. Valoración a modo de estimación y consideración de lo que nos rodea. Y pensamiento en forma de dictamen que conforman nuestras ideas y nos generan entendimiento, inteligencia y criterio.
Toda razón tiene un fundamento de disposición y consideración que busca en la reflexión el entendimiento y juicio de opinión mediante el cual se conformen las opiniones, criterios y principios.
La razón tiene como capacidad la reflexión y el pensamiento. Al igual que todo fundamento requiere de una actitud de juicio y razón de ser.
La razón siempre es una motivación de capacidad e inteligencia a través del pensamiento que emite consideraciones, razones y reflexiones en nuestros criterios e ideas que compartimos y practicamos.
No hay razón que no conlleve una reflexión en el pensar de las cosas para comprender y entender lo que nos rodea por medio de las percepciones e impresiones en nuestro quehacer diario. Y no hay impresión de la vida que no cause sensaciones e imágenes que construyan nuestras ideas y pensamientos personales e intransferibles.
Cuando la razón va unida al entendimiento, la inteligencia y la racionalidad son el mejor juicio de capacidad y reflexión personal. Hablamos de reflexión en forma de consideración e introspección intima e intrínseca que permanece en nuestro alma y nos sirve como ponderación y consideración ante los análisis y consideraciones que hagamos.
Si la razón humana va unida a la capacidad de entendimiento y la reflexión ante las cosas, esta nos ayuda a comprender mejor los hechos o circunstancias que confluyen en nuestra vida.
El pensamiento es el raciocinio del intelecto que nos crea juicios y opiniones de criterio como valoración y evaluación de cualquier decisión, disposición o determinación que tenemos en la vida.
Hagamos de nuestra capacidad personal una disposición de competencia e inteligencia personal.
Veamos en la ponderación de nuestros actos la mejor consideración propia y personal de reflexión, análisis y equilibrio. Equilibrio a modo de juicio de mesura y razón. Y razón como discernimiento de clarividencia y lucidez en forma de sensatez en los juicios de opinión y juicio que tengamos.
Los juicios personales siempre son facultades del entendimiento en forma de opinión razonada, inteligencia y capacidad de comprensión. Que buscan a través de la racionalidad la coherencia y la sensatez de la lógica. Un sentido común que conlleva razón, capacidad y reflexión de pensamiento.
Observemos el pensamiento humano no sólo en forma de imágenes y conceptos de análisis y opinión, sino en capacidades de juicio y reflexión, desde la racionalidad y el entendimiento a modo de inteligencia y criterio de opinión.
No hagamos de la mente humana una simple capacidad de ideas y conceptos en forma de pensamiento. Creemos estados de opinión personal que creen criterios de valoración, principios y pautas a seguir.
La aptitud, el talento y la disposición son habilidades de capacitación que necesitan de la inteligencia y el razonamiento como reflexión de pensamiento y conocimiento.
Si la razón es una capacidad de reflexión y pensamiento. Hagamos de la razón un principio de suficiencia y capacidad de consideración como reflexión, entendimiento y razón de ser.

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El valor de la confianza

En cualquier ámbito de la vida (político, social, económico, empresarial), en las relaciones humanas se crean vínculos comunicativos de entendimiento. Un estado de interacción de expresión personal donde se manifiestan ideas, sentimientos o sensaciones entre seres humanos. Si en esta correspondencia mutua de nexos y uniones que se forman conllevan franqueza en sus actitudes y comportamientos tal como deseamos con sinceridad sin mentiras ni engaños, independientemente de las ideas o pensamientos de nuestros interlocutores se establece un ambiente de confianza y reciprocidad real.
La confianza es una indudable cualidad innata que fortalece cualquier actuación de relación particular o profesional de diferente índole. Es una virtud de certeza inherente al ser humano que genera complicidades en la forma de relacionarnos. Una condición efectiva que nos produce aquella credulidad esencial en el ejercicio del trato de la comunicación. Imprescindible seguridad ante cualquier temática o toma de decisión que nos dote del aplomo y la tranquilidad en forma de ánimo positivo en las decisiones que llevamos a la práctica.
Veamos en la confianza como un aliento de empuje ante cualquier amistad que denota una llaneza de naturalidad y franqueza en los comentarios, reflexiones o ideas a tratar. Es una forma de compartir la intimidad de intercambio natural sin pensar en el que dirán con una visión aperturista y llana sin perjuicios ni miramientos.
El convencimiento de nuestras creencias y convicciones no han de ser ningún lastre para mostrarnos como somos sin temer por las palabras ni las expectativas desde sus diferentes perspectivas.
La confianza no puede convertirse en un proceder de candidez ni ingenuidad. Al revés, en una certeza que nos disipe las dudas, generándonos la certidumbre necesaria de equilibrio y fiabilidad que nos concierne.
El ser humano en las relaciones de estabilidad siempre ve en la protección personal un amparo, aquel verdadero resguardo connatural y humano que se convierte en genuino seguro de garantía.
La capacitación en las relaciones humanas adquieren aptitudes que nos preparan con la pericia de la autosuficiencia. Autentica prenda que nos aporta la tranquilidad y la calma ante las dubitaciones y los malos entendidos. Una entereza en nuestra compostura que nos hace desenvolver con soltura ante cualquier problema o gravedad.
No hay talante que no vaya aliado con una actitud de valor e ímpetu característico. Una energía que a su vez nos dota de la tranquilidad y la fuerza ante nuestros actos y procederes rutinarios.
A pesar de que en las relaciones humanas siempre aparecen dudas y contradicciones; debemos alejar las incertidumbres que nos creen vacilaciones e inquietudes. Toda vacilación siempre ocasiona intranquilidad y desasosiego que debemos cambiar con la convicción en lo que creemos. Son preocupaciones humanas que denotan dilemas ante el temor y el escepticismo.
Es necesario afrontar las relaciones humanas con autenticidad y la verdad de lo que somos con una creencia firme y fiable. No desde la defensa de la intranquilidad y el titubeo que cuestiona las cosas viendo solamente los problemas y dificultades. Ni de la sospecha que se encuentra en primera persona que todo lo cuestiona y tiene la mirada en la incógnita y el conflicto.
No hagamos del cuestionamiento de las cosas, un terreno de abono para que los obstáculos sean contrariedades manifiestas y adversas ante las trabas y preocupaciones.
Ya que los problemas siempre se transforman en interrogantes de demandas y disputas. Hagamos ligámenes en las relaciones (personales, profesionales, amistad) que enlacen con sencillez todo tipo de manifestación o acontecimiento.
Las relaciones personales francas siempre aportan aplomo en las decisiones y un vigor de lealtad y llanura que debe materializarse con una disposición de naturalidad. Una expresa sencillez que prodiga a ser mas afables hacia nuestros semejantes. Despertando la espontaneidad y adquiriendo una virtud de simpleza y sobriedad. Verdadero síntoma de discreción, modestia y humildad.
Es el momento en que las premisas del crédito adquieren su máximo valor grado de fiabilidad. Enfortecen las relaciones y crean un estado de confianza. Una garantía personal ante las obligaciones y compromisos mereciendo su reconocimiento.
La palabra dada es el mejor aval de la confianza y su depósito en ella. Aquella cobertura de crédito y protección que perdura en el tiempo y subsiste protegiéndonos de los inconvenientes y las dificultades.
Hagamos de la palabra dada un compromiso de expresión particular frente a los elementos y perturbaciones que nos atañan.
La confianza propia o ajena siempre aporta ilusión, y esperanzas por descubrir, con nuevas perspectivas y visiones diferentes que nos transmiten satisfacción y optimismo. Que despiertan empeños en las decisiones y un aliento de empuje y vigor en las amistades y conductas de relación.
Hagamos que la confianza nos aporte nuevos prismas, panoramas y puntos de vista diferentes, delante de las circunstancias y los paisajes que nos envuelven y rodean. Un abanico de posibilidades que nos abren la mente, el pensamiento y la forma de ver y entender las cosas.
Percibamos en el valor de la confianza como una tranquilidad personal; con sus creencias como signo de potencia, fuerza y capacidad de honestidad.
La amplitud en la determinación y las decisiones adecuadas sin limitación denotan seguridad. Es un síntoma de saber apostar por las relaciones sin complejos con aplomo y llanura humana; donde no tienen cabida los recelos, las suspicacias ni el escepticismo.
Veamos en la confianza una decisión de creer en la amistad con el convencimiento de la palabra y la persona. Es la mejor manera de creer en los demás para no dejar de creer en nosotros mismos.
Hagamos un voto en pro de la confianza como seña de valor y virtud humana.

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