Dejando atrás el pesimismo

La vida no es una camino de vino y rosas. Un jardín idílico y maravilloso de luces, colores y aromas.
En este viaje personal e intransferible que emprendemos: ¿podemos definirlo sólo como un trayecto de infortunios y desdichas en forma de corona de espinas llenas de dolor y sufrimiento?
Cuando desde nuestra visión personal individual consideramos todo lo que nos envuelve con un juicio solamente desde su perspectiva adversa, contraria y negativa, convirtiéndola en una actitud de comportamiento permanente y rutinaria, es cuando hace su aparición el pesimismo.
Una figura que nos distorsiona la realidad de la vida, influyendo en nuestras decisiones, sensaciones y emociones. Un corsé que nos merma y paraliza ante las cosas haciéndonos conformistas e infelices. Es una forma de hacernos prisioneros de nosotros mismos. Cegándonos con el “tul” de la oscuridad que no deja ver lo hermoso de la vida y la condición humana.
El pesimismo es un estado anímico de derrotismo perdido delante del mundo que nos rodea. Un entreguismo hacia el inmovilismo que nos paraliza ante los cambios y alteraciones que se transforman en nuestros hábitos cotidianos. Un talante diezmado de valor, empuje e ímpetu que nos conduce a la desesperanza. Verdadero desaliento de abatimiento interno, donde la desdicha, el derrotismo y el entreguismo tienen su mejor caldo de cultivo. Es el envejecimiento del ánimo y la pérdida natural de jovialidad. Un estado de postración y hundimiento físico y emocional. Auténtica impresión consustancial de nuestras desgracias (suerte, desconsuelo, padecimiento) que nos produce aflicción ante los acontecimientos no deseados; la tristeza y el decaimiento progresivo de las cualidades anímicas y afectivas.
La naturaleza del pesimismo siempre conlleva la melancolía. Una pesadumbre de nuestra existencia vital. Innegable sentimiento permanente y profundo de sensaciones contradictorias entre: “el querer y el no querer”. Aquella postración que nos empobrece de padecimiento como una fosa de hundimiento, desasosiego y estado de desfallecimiento natural de nuestro vigor y fuerza física.
Una visión imperfecta de nuestro entorno y su percepción desde la apariencia de los problemas y no desde las soluciones, que nos limita en nuestras ocupaciones provocándonos una realidad distorsionada con un solo punto de vista y objetivo. Donde las calamidades nos acobardan produciendo atonía y apatía. Ocasionándonos un estado general hipocondríaco ante los reveses cotidianos del día a día. Un estado de abatimiento que nos suscita problemas y dificultades cuando aparecen los trances y compromisos cotidianos. Siendo un escollo y deterioro de destrucción y derrumbamiento moral que nos hace caer en una debacle y quiebra personal como socavón y desmoronamiento de vacío y animo. Pérdida de alegría, humor y talante de entusiasmo, animosidad, valor y empuje. Manifiesta potencia y fuerza necesaria para afrontar con tesón cualquier decisión, intención y voluntad de espíritu. Un quebranto en nuestro crecimiento personal, impulso y potenciación de las ambiciones, aspiraciones y empeños. Dando lugar a una sensación de tristeza de naturaleza propia como disposición no propicia que da forma a la frustración. Una condición de indiferencia y carácter natural que conlleva al desengaño personal como costumbre y rutina que nos impregna del aburrimiento, la desilusión y la desgana. Sensación de fastidio originado por una carencia de estímulo de actuación para emprender o realizar cualquier tarea o acción.
El pesimismo conlleva a la desmotivación que es el reflejo de un cuadro circunstancial de insatisfacción, falta de incentivo y encanto ante las posibilidades a lograr dentro del entorno que rodea a nuestra persona. Una burbuja de aislamiento relacional, penumbra y oscuridad. Ante ello, nos podemos preguntar. ¿por qué no buscamos otros enfoques ante nuestros miedos, frustraciones y desengaños? ¿Valoramos las cosas desde sus diferentes perspectivas? ¿Podemos pasar del “no” como respuesta ante todo, y pasar al “por qué no”?
Son preguntas que necesitan de ajustes en nuestra forma de visionar, actuar y entender las cosas desde su concepto real, que nos sirvan como acicate para renacer y reanimar nuestro espíritu. Un estimulante y tonificador vital que nos reconforte desde la paz interior del alma.
Que nos haga abandonar de la mente los pensamientos de desesperación, abatimiento e ideas de desaliento y fracaso.
Debemos buscar impulsos de valores y emociones que despierten la pasión y la fantasía. Poniendo energía, voluntad y alma en lo que creemos, soñamos y ansiamos. Ambiciones aparcadas que debemos ir en su búsqueda para alcanzarlas como ganancia de esfuerzo y lucha.
Seamos tenaces, tengamos ahínco en nuestras ambiciones y aspiraciones. Aprovechemos nuestra voluntad con decisión y valor sin que nos perturbe de cualquier sentimiento desagradable. Hagamos de nuestras fantasías, designios de sueños a cumplir. Dejemos de ver en el desconsuelo una amargura de melancolía y pesadumbre; al contrario, transformémoslo en una alegría de gozo y dicha. No permitamos que el pesimismo se convierta en amargura, dolor y pena. Abandonemos la penumbra sin luz del pesimismo, y optemos por el cambio con ilusión entusiasmo y ánimo. Despertemos hacia la luz del mundo con su color, su encanto y sus sensaciones.
Es una nueva forma de ver la vida desde su belleza y misterios mágicos que nos ofrece por descubrir.

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El miedo ante la toma de decisiones

El ser humano, como ser social, es participe del entorno que lo rodea en todas sus parcelas y espacios. Miembro de una sociedad, coopera y actúa en una interacción de relación en sus diferentes ámbitos de convivencia (personal, laboral, social) y quehacer diario con eventualidades de diferente índole que le envuelven y ha de afrontar con determinaciones y posicionamientos personales.
Unas actitudes ante determinadas posturas de comportamiento dan origen y lugar a la toma de decisiones. Bien es sabido, que toda decisión comporta un conflicto interno de incertidumbre ante un perjuicio o ganancia, acierto o equivocación que pueda ocasionar. Ante ello, nos podemos preguntar: ¿por qué aparece tan frecuentemente el miedo ante la toma de decisiones de cualquier naturaleza? Es obvio saber que el miedo provoca emociones personales intrínsecas que promueven una alteración del ánimo ante un hecho o circunstancia desconocida. Es a través de esta ignorancia cuando aparece la angustia como estado emocional de miedo y desconfianza.
Ya que las decisiones siempre conllevan incerteza, debemos apelar a la fuerza de nuestras acciones, independientemente de sus resultados alcanzados.
Atraídos por aquella esperanza de beneficio, ganas y deseos personales que son consecuencia de una decisión natural de la conducta. Una libertad de elección propia sin corsés ni el mandato ni consentimiento de nadie.
En la toma de decisiones, la voluntad nos capacita para decidir nuestro comportamiento (tal cual). Es un antídoto ante la inacción, la inmovilidad y la pasividad (un rasgo del carácter y la personalidad). No debiéndose convertir en un freno de la actitud ante los hechos, los problemas y las realidades de la vida que aparecen y necesitan de respuestas y soluciones.
Lo opuesto nos aleja del compromiso, la acción y la voluntad para involucrarse y no dejar que los acontecimientos nos absorban y aturdan, provocándonos la confusión y la parálisis mental del ánimo.
Estados de rechazo, en los cuales veamos la apatía, la inercia y la desconfianza como estados emocionales enemigos de la determinación y la firmeza. Unas disposiciones del alma que nos deben inmunizar en forma de vacuna y profilaxis ante el miedo y la desconfianza para poder afrontar cualquier asunto, conflicto o resolución.
Hay que combatir el miedo con actitudes que nos provean de capacidades en el emprendimiento de cualquier acción, sin importar las dificultades que puedan conllevar. Y estas, no se puedan transformar en una preocupación manifiesta de agobio e inquietud permanente y ansia que nos conduzca a la desazón.
Aquella autentica agonía que produce una amargura interior personal que propicia la tristeza ante la sospecha del derrotismo o el fracaso manifiesto.
Tenemos que abandonar los recelos que crean alarmas y producen sobresaltos inesperados. Para ello, debemos utilizar el aplomo de la serenidad, el entendimiento y la razón.
La serenidad y la calma que transmite la seguridad nos dotará en los actos que ejecutemos de la firmeza y decisiones convenientes y, también, de una confianza generadora de entereza natural ante los interrogantes, dubitaciones y conflictos. De igual manera, la armonía de la diversidad que nos propicia la mesura, la sensatez y la ecuanimidad es una aportación indispensable de responsabilidad ante la incertidumbre como acción protectora de estabilidad y garantía.
Aquel aval de respaldo del ánimo, empuje y aliento ante las decisiones a tomar; de ayuda moral ante los desafíos, estímulo de esfuerzo y energía vital ante las decisiones que nos alejan de los miedos; y, un autentico vigor y valor frente a las determinaciones como suministro de solidez y consistencia personal.
Ya que los miedos son obstáculos añadidos a las situaciones en la forma de realizar, actuar y poner en práctica acciones o procederes, no provoquemos incertidumbres gratuitas y estériles con dudas e indecisiones que solo conducen al desasosiego y a la inquietud permanente. Al contrario, traslademos en las convicciones un seguro y respaldo del convencimiento en todo lo que se realice. Tengamos la capacidad para decidir con el valor y la voluntad necesaria en el desarrollo de nuestros actos naturales.
Dejemos de lado los miedos ante lo desconocido y veamos en la facultad para elegir desde nuestra certeza y juicio personal las decisiones que nos competen y creemos.
Es el camino hacia la determinación plena y segura para poder mostrarnos tal como somos en estado puro, sin esencias ni tapujos. Al natural, sin complejos ni miedos.

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Las personas con discapacidad y su inclusión en el mercado laboral

Todos somos iguales, pero todos somos diferentes. Bonitas palabras que definen qué es la sociedad y cómo son los individuos que la componen. Si es así, ¿por qué no la aplicamos en toda su literalidad, en cualquier situación o ámbito?
Los seres humanos somos diferentes los unos de los otros, tomando como base variables parametrizadas y conocidas como el físico, la genética, las emociones, el sentimiento, el pensamiento y las capacidades físicas, mentales y aptitudinales. En cuanto a las dos primeras, capacidades físicas y mentales, normalmente se las dota de una connotación limitante, en cuanto al ejercicio de una actividad. Las limitaciones afectan a todos los seres humanos de una manera perceptiva o real; es decir, las limitaciones pueden ser fomentadas por los propios miedos o actitudes personales o bien basadas en una genética o derivadas, pero que, independientemente, marcarán distinción en cuanto a la elección para el ejercicio laboral.
Esta situación, enfocada y trasladada al mundo de la empresa y, en específico, al tema latente de la inclusión laboral, nos induce a una reflexión: ¿por qué no aceptar y aprovechar las capacidades ya dadas de una persona, sumando, en ellas, el aprendizaje mutuo y aporte de valor derivado del desarrollo de otras actividades? Actividades que, dando el espacio necesario, pueda toda persona desempeñar en beneficio de la empresa, personal y de la sociedad.
Ya que todos somos iguales en origen, se nos presenta cómo básico el saber conjugar el binomio inclusión-persona. Un concepto positivo para cualquier empresa.
La calidad laboral en una empresa viene determinado por el valor añadido que genera la mejora de la eficiencia, de la competitividad y de la rentabilidad, derivado del capital humano que presenta, en toda su extensión.
Las empresas han de saber gestionar este caudal positivo con políticas corporativas que dirijan, gestionen y fomenten el avance y el desarrollo. Su capital humano y sus integrantes no son una traba, al revés; la diversidad inclusiva aporta lo mejor de cada uno de nosotros para un mismo fin colectivo.
¿Por qué la inclusión de las personas con discapacidad es beneficiosa para las empresas? Por tres variables primordiales como la eficiencia y rendimiento, el ambiente laboral y el crecimiento personal. No es el interés de este artículo el centrarnos en otras temáticas relacionadas con beneficios fiscales, económicos e imagen corporativa, los que valoro, son factores externos que si bien pueden favorecer a la eficiencia de una empresa a corto plazo no tienen un impacto y sustento interno y visión a largo plazo, básicos para una empresa sana y sostenible.
Dentro del ambiente de trabajo, me gustaría hablar de la empatía del grupo que se genera, es decir, del aumento de la afinidad entre las personas que lo integran. En un grupo de trabajo, lo importante no es ver las limitaciones individuales, sino el valor que se aporta conjunto y la empatía de valorar la diferenciación (inteligencia interpersonal). La productividad en las empresas con personas con discapacidad aumenta cuando el grupo colectivo se siente identificado con lo que hace y con lo que le rodea.
Las empresas no sólo han de creer en sus clientes, que son su patrimonio, sino también en sus empleados, que son su mejor activo. La productividad laboral mejora con algo tan sencillo como: “cuanto más rindo, más y mejor produzco”. Por tanto, si se dan las condiciones objetivas necesarias de aprovechamiento de ese empleado (herramientas, medios y funciones acorde a las capacidades), el rendimiento en la productividad se manifiesta y aumenta.
¿Cuándo mejora el crecimiento personal? En el momento en que las empresas implementan políticas corporativas centradas en los equipos humanos que integran su conjunto, con valores orientados en tener empleados felices y comprometidos. Por ello, es necesario construir una cultura corporativa inclusiva de políticas sociales de implicación de la empresa y el trabajador. Los trabajadores (todos) son la energía de la cual se nutre una organización. De esta manera, la orientación hacia un desarrollo eficaz de todos los empleados conllevaría el crecimiento pleno de todas sus capacidades, incluyendo finalmente el desarrollo de su potencial en el trabajo; ya que crecimiento personal y éxito van de la mano.
Para mejorar el rendimiento laboral, las empresas han de redefinir sus estrategias dentro de sus equipos de RRHH, donde se implementen políticas centradas en potenciar las habilidades y puntos fuertes de cada uno de sus trabajadores, en lugar de focalizarse en sus debilidades o ámbitos de deficiencia. De esta manera, la orientación a resultados se haría cada vez más fuerte en la actitud del empleado, el cual elevará su rendimiento, buscando la autoexcelencia, reafirmando sus capacidades y evolucionando hacia la autosuficiencia.
Además, la inclusión de personas con discapacidad en la empresa aporta una mejora de la calidad laboral de sus equipos humanos. Si un grupo de personas con su diversidad trabaja para una meta dentro de una organización, la afinidad que tengan sus integrantes, su cercanía humana y la comprensión mutua, serán base de sintonía, clave vital en cualquier empresa que busque la calidad ante los clientes y la calidad ante sus trabajadores.
La diversidad en una sociedad, en cualquier ámbito, es un patrimonio común de la humanidad. Entre todos debemos protegernos, buscar el bienestar mutuo y contribuir a mejorar cualquier actuación de progreso individual que emprendamos.
La sociedad y las empresas están faltas de personas con capacidades y conocimientos sin canalizar ni aprovechar.
Apostemos por todos. Por todos sin excepción. La sociedad no está sobrada de talento para perderlo, venga de donde venga.
Busquemos la calidad de las personas, su inclusión en la sociedad; aprovechemos sus capacidades y seamos valientes para hacer una sociedad más justa, igualitaria y humana.
Esa es la apuesta y ese es el reto.

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No hay esfuerzo perdido

Para conseguir cualquier fin en la vida, aparte del empeño y la fuerza personal, es necesario un esfuerzo mental de energía, ilusión y ganas. A pesar de ello, no siempre se consiguen todos los propósitos que se pretenden.
¿No obtener todos nuestros deseos justifica el esfuerzo realizado como un tiempo perdido? Claramente, la respuesta es no. Todo trabajo es un sacrificio donde se anteponen los anhelos a las dificultades. Un desvelo de afanes y pasiones donde deben imperar las ambiciones y las pretensiones en los logros para poder alcanzarlos.
En este ejercicio individual, el entusiasmo y la constancia son determinantes ante el ahínco impuesto para dotarnos de la capacidad indispensable en la resolución de conflictos con tesón y tenacidad. Una tarea en la cual las contrariedades e imprevistos no nos pueden hacer rendir y desistir de nuestras intenciones marcadas.
No hay que perder el ansia en lo que creemos, manifestando siempre un ímpetu ante la inquietud al fracaso, y el valor de las ganas para no desaprovechar el interés ni la importancia del sentir como virtud positiva de superación y desarrollo individual.
La actitud enérgica empleada en cualquier actividad denota la fuerza del vigor de las emociones frente a los obstáculos. Un efecto que conlleva el mérito de la capacidad y la utilidad provechosa particular de coraje noble de actuación y comportamiento. Una cualidad de disposición y talante que debemos practicar a modo de reafirmación de nuestra conducta y posicionamiento en las funciones que equipemos con capacidad de decisión innata.
Una reflexión que nos reafirme y nos haga ver que creer en nuestras posibilidades es un reto de fortaleza ante los designios e inquietudes. Su culminación positiva o negativa no debe implicar explícitamente un fracaso o un éxito. Al contrario, ha de ser el triunfo del criterio y la sensatez. Un estado de madurez y rectitud de pensamiento; verdadera reflexión de principios y evaluación propia.
Son nuestras normas personales y reglas íntimas que fortalecen las ideas y valoraciones que realizamos. Para ello, la voluntad es la virtud que ha de hacer de palanca en los objetivos que ejecutamos. Un estímulo de perseverancia que nos transmita el tesón y el empeño de la ambición como auténtico aliciente de las esperanzas, decisiones y pensamientos que tengamos. El guía que marca las metas dotándonos del empuje obligatorio en los proyectos y motivos de brega a seguir con decisión y firmeza en nuestros procederes.
Los comportamientos de actuación deben conllevar la valentía innata de respuesta en las soluciones y medidas a adoptar. Una disposición de empuje en las determinaciones y elecciones ante las iniciativas emprendidas de conformidad plena individual, que nos proporcione la armonía y el acicate imprescindible de la fuerza ante las dudas y las indecisiones.
Debemos alejarnos y hacer un esfuerzo para distanciarnos de las debilidades e indefiniciones que nos transmitan inseguridad y titubeos frente a cualquier problema, adversidad, recelo o desconfianza de los obstáculos que nos acucien, sin que puedan tener cabida las indeterminaciones ni las vaguedades en forma de entorpecimiento y turbación de nuestros esquemas mentales marcados.
El esfuerzo nunca puede ser un tiempo perdido, ya que es un compromiso inherente al ser humano de genuina obligación de principios en la contribución al crecimiento personal, maduración y aprendizaje interno, que nos enriquece a modo de progreso y evolución propia. Una innegable exposición de cómo somos en la ejecución de nuestros actos y su aprendizaje de perfeccionamiento y mejora.
Debemos buscar la creencia que nos dote de la certidumbre necesaria y la seguridad en el convencimiento de lo que hacemos con la evidencia de mantener las prioridades que forman parte de nuestras ideas y convicciones.
Son parte de nuestra verdad auténtica. Aquella firmeza intrínseca de estabilidad y fiabilidad existencial permanente de protección y amparo en el resguardo de defensa natural que genera la confianza, el aplomo y la seguridad. Un respaldo en las creencias e ideologías que dan realidad a nuestro ideario como prueba de demostración y empeño que necesitan de la tenacidad y la insistencia para dar valor y veracidad a nuestros actos comunes diarios.
Aquellas acciones que configuran nuestra aptitud y capacidad del talento y las competencias necesarias como método de eficacia, valentía y utilidad conveniente que nos hagan alcanzar la significación y el interés de nuestros valores que nos inmunicen de las dudas, dubitaciones y vacilaciones.
No podemos caer en nuestro propio engaño de insinceridad ni simulación. Debiendo dotarnos de la propia libertad recóndita que nos libere de los miedos y nos abastezca de la naturalidad y las ganas en las decisiones a practicar con planes e intenciones que transmitan el coraje de la autosuficiencia, empuje y aplomo.
El esfuerzo siempre busca un premio, una ganancia o una meta. Veamos en esta compensación, se logre o no, un reconocimiento propio, una complacencia y el agrado natural que nos aporte el equilibrio, la armonía y la dignidad por el trabajo bien hecho, a modo de gozo y bienestar que colme nuestras exigencias, premiándonos de alegría nuestras ambiciones y su lucha por ellas.
No hay esfuerzo perdido cuando cumplimos y nos sentimos satisfechos. Es el momento en que nos invade un sentimiento de pundonor y estima. Valoración positiva de lucha, creencia y fe humana.

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La humildad nos hace más humanos

La calidad de una sociedad va en concordancia a las cualidades humanas que ejercitan sus individuos: en su forma de actuar, proceder y comportarse.
Una sociedad que vive unos tiempos de cambios, dudas y transformaciones en sus hábitos de vida. Ante ello, vemos que hay valores que están quedando aparcados en detrimento de comportamientos individualistas, en que se valoran más los éxitos, el poder, la apariencia y el materialismo, que no, los valores humanos que conciernen a la persona con sus limitaciones y debilidades. Aquellos que buscan una sociedad más justa e igualitaria; con individuos que transmitan humildad en sus acciones cotidianas, sin egocentrismos y viendo la diferencia de las personas (pensamiento, origen, condición) en todos sus aspectos, no como un problema, sino como una virtud de riqueza humana.
La dignidad de una sociedad comienza con el comportamiento de sus individuos ante sus semejantes. Por tal motivo, es vital practicar, como modelo de vida, la humildad desde el respeto al prójimo, sabiendo escucharle y entenderle sin perjuicios a través de una perspectiva más amplia, real y justa. Viendo que la humildad nos muestra la esencia del ser humano, desde la sencillez y la llaneza plena de las personas con su naturalidad, tal cual es, sin tapujos ni corsés. Mostrando la parte más humana de la bondad y la discreción.
La humildad está reñida con la soberbia y el orgullo donde impera la arrogancia, la vanidad y la suntuosidad ante las cosas. Por mediación de la humildad, fortalecemos el espíritu contra el egoísmo de una sociedad donde sus individuos anteponen las cosas materiales a cualquier tipo de altruismo de aportación colectiva.
Una forma de contribución a la sociedad mediante la honestidad personal que nos dota de la bondad en los procederes que profesamos. Ejemplo de principios e integridad consustancial del ser humano que determina su moral como aval de naturaleza y condición natural propia.
Es a partir de la humildad, cuando vemos la perspectiva de la vida de una forma diferente y más fácil de sobrellevar. Un tránsito y quehacer de simpleza y sobriedad, donde la discreción no necesita de alardes que conlleven la ostentación, la jactancia desmesurada y una vanagloria desacerbada.
Es en la naturalidad más intima donde renace el verdadero ser humano, aquel que lucha por la justicia, sin importarle solamente su interés particular.
En una sociedad cambiante, con modelos de vida que buscan más las satisfacciones de los bienes materiales que los espirituales. Es cuando la humildad adquiere su máxima expresión para contrarrestar los comportamientos de soberbia, arrogancia y vanidad que busca la sociedad en ídolos donde reflejarse como garantía de una felicidad efímera a conseguir.
La felicidad personal no ha de basarse sólo en las apariencias de poder (sea cual sea), sino en el equilibrio interior que nos haga sentir aceptados por nosotros mismos. Es la forma de crecimiento personal que haga desarrollarnos y madurar a nivel humano; con un progreso de autoafirmación que sirva de ayuda y vacuna ante las dudas, incertidumbres y vacilaciones. La mejor forma de conocernos es actuar con la coherencia de los hechos y la actuaciones de nuestras ideas puestas en práctica. Ser uno mismo es una terapia de higiene mental saludable y necesaria.
El tránsito de la vida es un caminar complicado, con sus tonos claros y oscuros. Un viaje en que la naturalidad no debe ser una cortapisa que cambie nuestra forma de ser y comportarnos. Al revés, la virtud humana se mide por sus cualidades humanas; aquellas que nos hacen diferentes de la naturaleza.
Creemos sociedades con individuos que busquen su interior más dormido y por descubrir, sin tener miedo a mostrarse con sus miserias, grandezas y elementos maravillosos que poder ofrecer a los demás, y que se encuentran aletargados sin poder expresarse.
Aprovechando los sentimientos como formas de expresión de afectividad sin vergüenzas ni miramientos. Es en aquel instante cuando la emotividad resplandece y la sensibilidad adquiere su momento de máxima expresión.
Un tiempo en que la humildad ya está en el corazón humano, en sus entrañas más recónditas; en el fondo de su alma que llega al interior y nos fortalece como personas y seres humanos.
El alma como esencia que nos dota de la capacidad de sentir, pensar y razonar. Un ánimo del espíritu que nos llega al corazón en todo su esplendor.
Somos sustancia viva y esencia natural de vida. Un eje de acción y centro de actuación natural como individuos y personas que no necesitamos de exhibir con vanidad nuestras pertenencias, quehaceres o tareas emprendidas.
Alejémonos del ensalzamiento gratuito y del orgullo desmesurado ni justificado. No necesitamos exaltar cualidades personales que no nos corresponden por logros que podamos alcanzar, dotándonos de un orgullo desmedido que nos haga creer superiores ante los demás; con arrogancia, altanería y altivez.
Vivamos en una sociedad en que apostemos por nuestros valores y acciones propias, intentado aplicarlas en nuestras pequeñas parcelas diarias.
La suma de muchas acciones crearán parcelas que nos inmunicen contra los alardes, ostentaciones y endiosamientos que conllevan la soberbia y la lucha del hombre y su destino.
Forjemos una sociedad de personas donde impere el humanitarismo en el género humano y la inclinación hacia el bien común como virtud frente a la envidia, la competencia insana y el egocentrismo.
Hagamos de la humildad el mejor exponente para aceptarnos a nosotros y a los demás, con sencillez y sin dobleces como aportación de valor y capital humano.

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La rutina: un hábito insano de vida

La vida del ser humano es un caminar constante, una evolución ininterrumpida, un suma y sigue diario. Un trayecto prolongado sin pausa en el tiempo y con un equipaje cargado a nuestras espaldas como compañero de viaje fiel, que lleva consigo todo un bagaje de recuerdos, ilusiones logradas o perdidas, anhelos y retos en el aire. Una historia particular, única y personal donde nuestras esperanzas y deseos son el eje vertebrador, el estímulo ilusionante que nos hace sentir vivos y con ganas de conseguir todo aquello que ansiamos y todo aquello por lo que nos deleitamos. Aquel intervalo que expresa el resultado de nuestras acciones y cometidos, positivos o negativos, conseguidos o inalcanzados. Sin embargo, es en ese tránsito entre lo que “pudo ser y no fue” donde aparecen guardadas las experiencias más íntimas; recuerdos en estado puro, con sus virtudes y miserias; parte íntima al descubierto, sin corsés. Nuestra alma. Cuando uno hace recopilación de las expectativas y resultados obtenidos en el transcurso de su existencia, comparativa de “lo deseado y lo obtenido”, es cuando aparece la figura del “ya me vale”, el detonante, la pieza clave que da lugar al origen y preludio de la rutina. Es en ese momento cuando nuestras emociones sufren una alteración que nos conducen a la indiferencia; un estado de desidia y desinterés que adormece el atractivo sobre todo lo que nos rodea y afecta. Una inacción que perturba el dinamismo físico. Aquella energía que mantuvimos en nuestros empeños de antaño y que se van convirtiendo en una desgana y hastío. Un cambio de vida que nos reduce el vigor y transforma el ánimo en desaliento, quedando disminuido el estímulo en abatimiento y desesperanza. Ante esta rutina, aparece la nostalgia del recuerdo, “de lo que pasó y de lo que fui”, de “lo que logré y no pude lograr”. Es un estado de melancolía manifiesta que nos provoca aflicción; una pausa en el espacio que nos inmoviliza. Una parálisis general de abatimiento en la actuación y el pensamiento que nos ralentiza en cuerpo y alma en nuestro quehacer diario. Un auténtico bloqueo mental de reflexión y juicio que nos agarrota y anquilosa sin ideas ni pretensiones por alcanzar.  Es la rutina en estado puro; causa natural que precede de un acomodo de pasividad que es la causa y desencadenante de la inapetencia, el fastidio y la desmotivación. En consecuencia, tenemos la oportunidad de recuperar la pérdida de estímulos necesarios que sirvan de acicate y atractivo, que nos conlleven finalidades de reclamo para seguir ilusionándonos y nos hagan abandonar la abulia y la impotencia en nuestras ocupaciones. Un deterioro de la voluntad que nos lleva al abandono personal provocándonos una dejadez e impasibilidad hacia las cosas que realizamos. Una inercia que nos lleva al aburrimiento y al cansancio físico. Un auténtico tedio de hartura hacia aquello que nos rodea y nos despiertan una pereza injustificada. Es una soledad no buscada con nuestro presente que vivimos día a día. Un parón en el reloj del tiempo; verdadero hábito dañino como modelo insano de vida. Aquel aislamiento que nos hace perder nuestras viejas pasiones, aspiraciones y pretensiones por comenzar nuevos propósitos; ahínco vital basado en la búsqueda de retos que ya no tienen el empeño en sustituirlos por otros nuevos. Un esfuerzo perdido que ya no existe, un ánimo insalubre sin utilidad ni beneficio. Una merma valiosa como forma de vida adecuada y reconfortante. Es por ello que no podemos convertir la rutina ni en hábito ni en monotonía. No permitamos transfigurarla en una práctica de frecuencia diaria machacona e invariable. Ha de renacer el dinamismo personal que vuelva a crear nuevos estados emocionales que conlleven y nos aporten esparcimientos diferentes de realización individual ante el desuso de lo perdido. Una nueva orientación en nosotros mismos. Debemos ganar la propia batalla personal buscando en la distracción una nueva diversión y placer de ejercer cosas diferentes. Necesitamos de un cambio de paradigma, un esparcimiento que se convierta en pasatiempo nuevo que nos haga olvidar tiempos pasados de estancamiento, donde nos volvamos a gustar como personas; una metamorfosis que nos devuelva al camino que perdimos, a la magia de los sueños y que nos recobre hacia la satisfacción personal. Tenemos que recrear nuevas historias que nos deleiten y aporten el gozo y la complacencia con nuevas satisfacciones. Empecemos una expansión de acontecimientos que no tengan descanso ni detención ante cualquier coyuntura, que nos despierten el interés y versen en la solución de combatir la abulia y el tedio. Un cambio de experiencia con prácticas diferentes que eviten la reiteración de equívocos pasados para que no se reproduzcan y dejen su invariabilidad en el quehacer a realizar. Hagamos la transformación de la rutina por la vuelta a la distracción y la diversión bien entendida. Mantengamos un regocijo de energía a transmitir que nos recree en tiempos pasados satisfactorios y cree de nuestras aficiones individuales nuevos retos, metas y ambiciones. No hagamos de la vida una rutina insana, al contrario hagamos una nueva vida. Una variación de esquemas mentales de transformación única e intransferible. Comencemos a crear de nuevo, a soñar de nuevo. A sentir volar la imaginación convirtiendo la rutina del pasado en originalidad. Y apostemos por la novedad y la motivación como fuente saludable de vida.

 

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En el momento que la negatividad aparece como compañera de viaje

En el tránsito de la vida de las personas, todos sabemos que esta no es siempre un camino fácil y de color de rosa, pero tampoco hemos de pensar en un color negro total, sino encontrar los matices en función de las circunstancias, momentos y complejidades que vivimos (mejores y peores) en el transcurso de la misma. Esta percepción de la realidad varia en función del estado anímico en que nos encontramos, creándonos a veces unos esquemas distorsionados. Una apreciación irreal como consecuencia de nuestras propias contradicciones, que hacen de escudo y excusa ante lo que percibimos y nos rodea. Es el momento clave en que empezamos a sembrar la semilla que germinará en el tiempo y dará lugar al génesis y principio de la negatividad en toda su extensión y compañía. Una actitud perjudicial que afectará a nuestra disposición y comportamiento diario. Un efecto dañino que paralizará nuestra creatividad y estimulación de crecimiento personal. Es nuestro peor enemigo, aquel que nos provoca efectos adversos en nuestro estado anímico y relaciones humanas particulares. Una situación de estado desfavorable y dañino que nos vuelve pesimistas, forjando y dando lugar a ambientes insanos de relación que provocan contradicciones en nuestra forma de ser y pensar. Una negatividad incompatible con la armonía de una vida sana y beneficiosa, que se convierte en un enemigo interior exclusivo que mengua nuestros deseos y ambiciones de desarrollo. Un contendiente que nos hace infelices mermando nuestra higiene mental y despertando las inseguridades que son un obstáculo en la reafirmación de nuestras convicciones afirmativas ante la vida que se traducen en procederes provechosos. La negatividad nunca es favorable ni productiva, nos encierra y acota ante todo lo propicio y conveniente en nuestros avatares ordinarios. No es una pieza útil ni eficaz que podamos sacarle provecho. Al contrario, nos aísla de lo auténtico y verdadero. Siendo un seguro que nos distancia de la realidad y de cualquier objetivo que nos podamos marcar. Debemos ser rehaceos ante todo lo contradictorio que percibamos para no verlo incompatible y rival, sino al revés. La vida es una carrera competitiva en la que debemos asumir nuestras imperfecciones e infortunios con naturalidad favorable y conveniente; donde podemos sacar provecho y rendimiento ante los errores sin que nos invada ni aparezca el resentimiento. Hay que convertir la negatividad en virtud de conformidad adecuada, con un cambio de paradigma que sea propicio para un restablecimiento correcto que nos sirva como herramienta e instrumento ante nuestros miedos y frustraciones. Un efecto válido y eficiente que nos transmita una energía fructífera que colme nuestras aspiraciones y haga olvidar nuestros miedos, los cuales se podrían convertir al final en compañeros nocivos y pesimistas ante las contrariedades. No hagamos de los desastres e infortunios infelicidades improductivas, trabas o impedimentos en la búsqueda de soluciones, ya que solo nos comportaran fragilidad, debilidad y agotamiento. Convirtamos la negatividad en pasión por el cambio, la mejora y la transformación en personas nuevas, en proyectos nuevos y en talantes nuevos. No podemos deambular por la vida condicionados por corsés preestablecidos, insatisfacciones y logros no alcanzados. Hemos de juzgar las cosas y las situaciones que nos envuelven tanto a nivel de perspectivas adversas como también desde su vertiente más favorable. Los estados de negatividad conllevan sentimientos faltos de afecto que difunden emociones intimas carentes de una sensibilidad manifiesta ante las cosas. Son estados de aflicción, condenados a experimentar el desencanto y que provocan en nuestras creencias pensamientos de juicio relativos ante cualquier opinión. Unos dictámenes faltos de expectativas en un panorama donde sólo se ve una apariencia plana, vista engañosa y anticipada, que provoca impresiones de un efecto e impacto artificioso, en el que nuestra conciencia percibe estímulos que son recogidos por nuestros sentidos. Unas respuestas de emociones propias que influyen en nuestros pensamientos y posiciones ante cualquier forma de razonar, opinión o actuación. No busquemos compañeros de viaje de la desesperanza y el abatimiento (renunciemos a ellos) como manera de ser y estar diferentes. Motivémonos y tengamos hábitos de ilusión y optimismo saludables frente al pesimismo para nosotros y los demás, ya que ésta será la mejor eficacia de valor propio en nuestra evolución y conversión interna de renovación y nos dotará de un enfoque diferente ante las realidades, tal cual, sin prejuicios ni recelos establecidos. No viajemos con equipajes pesados que solamente nos conducen a la frustración y al desengaño; viajemos con maletas ligeras que lleven satisfacción y complacencia, que nos aporten armonía y plenitud personal, alejándonos de la negatividad como compañera de viaje.

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Mantener la ilusión

El ser humano tiene una personalidad propia, definida y única acorde a sus vivencias personales, aprendizaje diario y experiencias particulares que marcan su esencia singular y determinan su carácter, idiosincrasia y talante. Es decir, su modo de ser. Una naturaleza inherente que lo diferencia ante los demás individuos. Por todo ello podemos hacernos las siguientes preguntas: ¿por qué nos diferenciamos los individuos en nuestra forma de pensar? ¿Tenemos deseos e inquietudes compartidas? ¿Nos marcamos los mismos objetivos en la vida? En el transcurso de nuestra existencia vital los individuos tenemos unos anhelos e intereses por conquistar. Son sentimientos y percepciones que despiertan la ilusión. Una sensación de alegría y satisfacción ante nuestra confianza, deseo y ánimo. Son parte de nuestros ideales, utopías y sueños para materializarlos y poder alcanzarlos. Es una realización plena diferenciadora e individual que nos identifica, reconoce y distingue. Poniendo a la luz las creencias y principios que determinan las convicciones. Las ilusiones son esperanzas de alegría que despiertan nuestra complacencia personal, nos aportan entusiasmo, generan optimismo y priman nuestras ganas de culminación, que transmiten decisión y energía. Canalizan percepciones de conquistas y aspiraciones que colman nuestro espíritu y nos dan fuerza para poder seguir creyendo en lo que soñamos y pretendemos conseguir. Los propósitos y objetivos son un destino de las ilusiones, una determinación en nuestros procederes que buscan el resultado que aspiramos manteniendo nuestra coherencia en nuestros valores, que buscan impactos personales que dejen la huella necesaria para despertar nuestras emociones. A través de los pensamientos marcamos objetivos que comportan decisiones y resoluciones que necesitan del empeño y la voluntad como motivo de fin, en la determinación, y finalidad, en la meta, como pretensión e ideal de ilusión. Reavivemos nuestras fantasías, llenémoslas de vida que nos reconforte y nos dote del estímulo imprescindible para seguir luchando en lo que creemos. Busquemos en el empeño el mejor ahínco de esfuerzo y aliado ante la angustia y la ansiedad de las dificultades. Que nuestros objetivos no se vean fatigados ni afligidos ante las metas e ideales de nuestras determinaciones e intenciones para no renunciar en nuestro camino a seguir. Conservemos con firmeza nuestros afanes y esperanzas con la ambición y pretensión en poder conseguirlos. Nutramos las ilusiones con la seguridad y el aplomo que impulse nuestro ánimo para sentirnos vivos. Hagamos del empuje un verdadero aliento natural en donde las convicciones personales sean nuestro auténtico credo íntimo y particular. Una genuina ideología personal que nos aporte la ilusión necesaria que marque nuestras expectativas y vea en las acciones y actuaciones que realicemos la perspectiva real que nos dé la certeza, el amparo y la firmeza que conlleve la estabilidad en la creencia y defensa como garantía de confianza en nosotros mismos. No hay mayor tranquilidad que el convencimiento como verdad propia para mantener viva la ilusión. Una auténtica fortaleza y solidez que genera valor, entereza y serenidad necesaria para mantener la perseverancia y el equilibrio personal, que nos garantice la seguridad en conseguir las finalidades que ambicionamos. Auténticas ilusiones que distinguen las metas que deseamos y que son motivo de empeño propio en nuestras intenciones y objetivos de ilusión y deseo. Examinemos en nuestros fundamentos íntimos el destino de la consumación de las emociones, principios que nos dan la seguridad y la tranquilidad indispensable para mantener nuestras creencias intactas. Unámoslos a la constancia ante las metas que nos propongamos como ilusión para sentirnos vivos. Para ello, los sentimientos personales nos despiertan emociones, que aumentan la sensibilidad ante nuestro semejantes y la ternura humana, haciéndonos más receptivos ante los demás. Creamos en lo que hacemos, sintamos la esperanza sin perder el convencimiento de las decisiones que adoptemos; son la garantía, el aliento de vitalidad y el tesón particular de seguridad. No hay deseo que no ansíe como meta la ilusión. No hay aspiración sin ambición. No hay pasión que no necesite un empeño. No hay empeño sin esfuerzo. No hay ideal que no tenga una finalidad. Sigamos vivos y activos con ilusión y empuje. No la perdamos en un anhelo efímero ni en una impresión errónea de nuestros sentidos. Ha de ser una esperanza real a conseguir. Es el camino hacia la felicidad y el deseo. Es la emoción en estado sublime. Un verdadero sentimiento que sacia nuestro “yo” personal. Busquemos la satisfacción y mantengamos la ilusión como mejor acto de ambición y buen propósito.

 

 

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Cuando la vanidad de los líderes se convierte en un virus letal

Bien es sabido que la misión de un líder es motivar, con voluntad e interés manifiesta, a un grupo de personas dentro de una empresa u organización a través de su carisma, influencia y crédito, para la consecución de un objetivo común. Son cualidades y características innatas que lo definen, con valores de actuación dentro de sus diferentes ámbitos de responsabilidad, personalidad y comportamiento, determinando así sus capacidades, competencias e idoneidad adecuada. Una compatibilidad y conveniencia de utilidad apropiada en el desarrollo de la gestión y dirección de esfuerzos colectivos. Pero, ¿qué pasa cuando un líder es arrogante, insustancial y soberbio? Ante esta situación, estamos bajo la demostración palpable de líderes débiles y acomplejados que quieren encubrir su inferioridad, suficiencias, autoestima y falta de talento con el menosprecio por su rango jerárquico. Todo ello da lugar a un contagio general de decepción ambiental que provoca un sentimiento de insatisfacción en los equipos de trabajo, alejándolos de las expectativas de seguridad, esperanza, posibilidades y perspectivas. A partir de este momento, nos encontramos enfrente del líder con la figura del desaliento personificado. La viva estampa del adalid estándar que se convierte en portador del virus del pesimismo que infecta al grupo humano, lo enferma, provocando el desánimo, la frustración y el desengaño. Aquella respuesta emocional negativa de decepción personal y grupal que hace alejarnos de las metas y los objetivos marcados. Un líder vanidoso transmite una actitud de enorgullecimiento y arrogancia incompatible con la modestia y la naturalidad necesaria de llaneza en el trato, indispensables para poder trabajar en equipo cuando se quieren conseguir unos mismos fines y logros comunes. La calidad de un líder no solo se mide por sus competencias, sino también por su lado humano (vital en un compromiso de trabajo) y sus cualidades personales intrínsecas de humildad y modestia. De su sencillez natural de honestidad en el trabajo del día a día sin arrogancia ni altanería que no ahonde en la soberbia de la superioridad del cargo que ostenta. Donde no se endiose ni alardee de orgullo innecesario que lo aleje de cualquier sospecha de petulancia. Es necesario un líder que transmita un señorío sin descaro ni aires de grandeza infundada. Aquellos humos de distinción por su categoría o función que lo hacen inaccesible y arrogante. La personalidad de un líder adquiere valor y grandeza en su modo de ser y comportamiento con aquella sinceridad espontanea que aporta al grupo (valor añadido consustancial) y lo provee de familiaridad y calidad humana en todos sus procederes cotidianos. Aportando la confianza básica en el desempeño de las funciones a ejecutar, tanto a nivel grupal como de crecimiento personal. Un rasgo de líder donde impere la discreción y la humildad (sin importarle la jerarquía que ostenta) como norma y pauta de personalidad y relación laboral. Transmitiendo la afabilidad necesaria en el ejercicio rutinario hacia sus subordinados, siendo su ánimo el impulso de solidez imprescindible de positividad ante las decisiones que se adopten. Un aliento vital que es la esencia en cualquier estructura de trabajo que proporciona el carácter propio y genuino, generador del talante diferenciador que compromete y compacta en la unión a cualquier equipo humano dentro de una organización; dotando de las condiciones necesarias que creen y den lugar a ambientes de creatividad grupal. Convirtiéndose en moderador del acuerdo, avalador de la diferenciación en las ideas e impulsor del acuerdo y el consenso ante cualquier decisión profesada. Creando compromisos de distensión frente las dificultades, y propiciador de espacios de armonía en las determinaciones y resoluciones. Verdaderos presagios que hacen rebelarnos ante las complejidades y los inconvenientes como un antídoto a la indiferencia de los obstáculos. No hay líder que se precie de serlo que no disponga de una inteligencia interpersonal en las relaciones humanas para poder: entender, comprender y razonar sus decisiones desde la equidad y la justicia. Unos comportamientos que deben ir acompañados como razonamiento esencial de la franqueza en los actos, la veracidad en los sentimientos y la claridad en las emociones. Teniendo presente que las personas son el capital humano más importante dentro de cualquier entidad y sabiendo que hay que salvaguardar, cuidar y luchar por él, como valor y patrimonio vital necesario en la garantía del éxito. Si el peor enemigo en cualquier organización es la incompetencia de sus responsables, no hagamos que la vanidad de sus líderes se convierta en un virus letal a combatir y erradicar. La grandeza de un líder no se mide ni por su fatuidad ni por la pertenencia de vanidad que se pueda tener. Es en su sencillez personal donde debe residir su carta de presentación, razón de ser y merito personal.

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Un compromiso con nosotros mismos

El caminar por la vida del ser humano es un trayecto largo y complejo lleno de desafíos e incertidumbres incontroladas. Un vaivén de historias impredecibles que marcaran nuestra existencia vital. Ante ellas nos podemos preguntar: ¿sabemos a dónde vamos? ¿Creemos en lo que hacemos? ¿Somos fieles a nuestros ideales y principios? ¿Qué papel juegan nuestros valores en la vida? Muchos interrogantes que tienen un denominador común: no fallarnos a nosotros mismos. Un auténtico compromiso de competencia y quehacer personal que nos debe hacer crecer ante los obstáculos diarios que nos permitan la consecución de un objetivo concreto.
Aquel valor humano de responsabilidad ante las creencias personales y actitudes frente a los demás.
Las obras a realizar en el devenir de la vida no pueden quedar en simples intenciones o palabras incumplidas, sino en obligaciones implícitas contraídas que se han de consumar como indicativo de deber; valor intrínseco humano que nos ha de dignificar en cualquier faceta que realicemos en la vida ordinaria.
En el día a día, debemos afrontar metas, anhelos y proyectos con ilusión y esfuerzo, que hagan de palanca para dotar del impulso necesario el trato de actuación firme e inquebrantable de nuestra voluntad.
Un pacto de lucha y sacrificio lleno de fuerza para ejecutar nuestros acuerdos, sin excusas ni pretextos ante las dificultades, como acicate ante el desaliento y con la finalidad de poder seguir luchando por lo que profesamos.
Ya que somos nuestro mejor aliado y compañero de viaje, debemos portar el ánimo como estandarte y garantía en las circunstancias complejas que nos aparezcan, creando vínculos personales, compromisos de disposición y actitudes que definan nuestra personalidad y pauta.
Un contrato de motivación personal que determine nuestro carácter y unos rasgos que conformen nuestra forma de ser; verdaderas cualidades que deciden en nuestros procederes.
Puesto que “somos como somos”, nuestra personalidad detalla nuestras disposiciones prácticas y formas de entender lo que nos rodea. Es nuestro talante que forma parte de la identidad personal consustancial y natural que constituye el temperamento y la naturaleza propia individual (idiosincrasia y modo de ser).
Debemos creer en nosotros mismos, sin dudas ni incertidumbres, para poder decidir y confiar en nuestras suficiencias naturales en las relaciones humanas.
Una superación interna que conlleve una disciplina, una meta, una ilusión en lo que hacemos, y nos dé sentido a la vida. La alianza entre lo que “queremos hacer” y lo que “podemos hacer”.
Es la avenencia interna que nos dota de conformidad y unanimidad sin divagaciones ni rodeos. Aquella que está en concordancia con nuestros ideales y sentimientos ante cualquier situación que nos competa.
Una armonía que dictamine la paz interior y el equilibrio emocional. Auténtico entendimiento de avenencia a seguir y determinación ante los problemas y conflictos como escudo protector de los contratiempos, obligaciones contraídas y responsabilidades impuestas a cumplir.
El afán particular que conlleve un empeño de voluntad y sacrificio ante nuestras inquietudes y aspiraciones, donde la ambición no se pueda quedar en un solo deseo ni en una pretensión; al contrario, en una verdadera pasión por lo que hacemos y deseamos.
Un ahincó básico que impulse al máximo todo nuestro interés y decisión de constancia y voluntad inquebrantable.
Aquella perseverancia innata de tenacidad, motor e impulso del ánimo que nos genere el entusiasmo esencial ante cualquier empresa o tentativa que realicemos y nos libre de toda influencia negativa que se nos pueda presentar.
Una labor de ocupación que contribuya con esmero y diligencia en las intenciones y propósitos emprendidos. Todo ello sin renunciar ni rendirnos ante nuestros valores y principios. Por este motivo, la mejor persistencia de logro es mejorar y crecer, haciendo de la constancia una virtud de voluntad y entereza humana. Un estímulo de pasión y alegría que se convierta en un incentivo de recompensa moral y atractiva. El verdadero motivo y razón de lucha, compensación personal y renovación de fuerzas del alma y vigor físico. La fortaleza de dinamismo que nos haga fuertes ante cualquier resistencia, frustración o desencanto.
Un compromiso de comportamiento que venga acompañado de la firmeza en nuestros fundamentos, que nos dote del carácter y del ímpetu de la eficacia en nuestras capacidades y posibilidades de decisión.
El coraje que venza la fragilidad y la endeblez ante las indecisiones para no caer en dubitaciones ni vacilaciones.
No podemos abatirnos en dilemas estériles ni en pretextos ante los problemas y desconfianzas. Hagamos del compromiso con nosotros mismos una virtud inherente e intransferible, una creencia, una superación, un reto y sentido de vida.
Nuestro crecimiento personal es la mejor voluntad de cambio natural, transformación, deber propio y evolución humana.
Seamos como queremos ser.
Es nuestro mejor compromiso.

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