Análisis sobre la felicidad y sus contradicciones

Muchas veces son, en esta vida, en las que el ser humano ha intentado definir el “para qué” de su existencia. ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es mi finalidad? ¿Puedo llegar a ser feliz? En un plano más filosófico Aristóteles, filósofo de la Antigua Grecia definía la felicidad como una finalidad perseguida por el ser humano. En ella, si una persona conocía el bien, lo que es bueno para las personas, podía actuar de forma virtuosa y racional para hacer el bien a todo el mundo. Para otros pensadores como los hedonistas planteaban que eran los placeres terrenales y básicos los que hacían de la persona, una feliz. Por consiguiente, se han estudiado las diferentes posiciones atendiendo desde pensadores de la Grecia Clásica, fundadores de la psicología humanista como Abraham Maslow y pensadores del novecentismo como Ortega y Gasset. El ser humano, indudablemente busca la felicidad, nadie, aun voluntariamente puede actuar y dirigir su vida hacia la infelicidad. La felicidad es atractiva, plena y bella. Esta belleza es la que capta la atención y la focalización de muchas personas hacia la felicidad. Puede haber personas que cuestionen este planteamiento atendiendo a casos muy cotidianos como jóvenes y adultos con problemas con el alcohol y las drogas. Éstas, aportan una sensación de placer momentáneo en el momento que se consumen, la persona que las ingiere, cree que ese camino es la felicidad, la del momento, la de la circunstancia concreta. Involuntariamente, el sujeto actúa activamente en desarrollar un plan de vida que lo va a dirigir hacia la infelicidad. La persona en cuestión busca la felicidad de manera incorrecta, por ello sufre las consecuencias devastadoras de las sustancias que toma. De acuerdo con esto, ejemplos más mundanos que podrían ser tomar un refresco, una pizza o incluso una comida familiar, aportan una felicidad inmediata, en la mayoría de los casos, pero ¿qué ocurre cuando dejamos de tener esos placeres momentáneos? ¿dejamos de ser felices? – No, lo que ocurre es que existen dos tipos de felicidad. La primera felicidad es la que hemos denominado genérica. En esta se haya un proyecto vital de la persona en el largo plazo. Donde quiero estar en 15 años, la salud de los familiares, etc. Cuando nos damos cuenta de que estamos en el camino correcto, que estamos en la dirección de los planes de vida que nos hemos creado, eso da sensación de seguridad y tranquilidad. ¿Pero qué ocurre cuando nuestros proyectos vitales se ven afectados por no tener cumplidas necesidades tan primarias como comida, agua, un hogar o seguridad física y económica? Atendiendo a estos factores podemos ver como los planes de vida de las personas no van a poder desarrollarse porque no tienen ni los derechos humanos básicos abastecidos. Como consecuencia de ello el comportamiento de estas personas y sus relaciones interpersonales, al no estar cubiertas, no podrán ir escalando hacia metas más altas, es decir, no tendrán tanta facilidad de llegar a fines tan altos como la autorrealización porque las necesidades más simples no estarán garantizadas. En el caso de que sí se tengan cubiertas, y los planes de vida proyectados vayan en la misma dirección en la que vamos nosotros, allí nos encontraremos la felicidad que nos hace dormir tranquilos. El problema surge cuando se confunden problemas en medio de la consecución de esos planes de vida que hace que se confundan momentos puntuales y concretos con toda la vida del individuo. Por ejemplo, una persona que ha finalizado su carrera como abogado, ha aprobado el máster de acceso a la abogacía y quiere hacer su tesis doctoral. Si esa persona está convencida de lo que quiere hacer, que tiene los recursos necesarios y la capacidad para emprenderlo, esa persona debe tener una felicidad genérica plena. En medio de la consecución de la tesis dejará de ver a sus amigos, estará largas horas trabajando, se frustrará, su mentor le dirá que no lo está haciendo bien y creerá que es infeliz. La infelicidad son momentos muy concretos dentro de un espacio de tiempo mucho mayor. Si se tiene una felicidad genérica clara es mucho más fácil lidiar con las dificultades y no caer en la constante repetición de: – yo no soy feliz o no sé si lo soy.
El problema surge cuando el individuo no tiene planes de vida determinados y racionalizados por sí mismo. Si la persona no elige los planes de su vida y lo eligen por ella, si la persona no decide ella misma a través de su pensamiento que es lo que quiere hacer o aun más caótico, si la persona ni siquiera se lo plantea, entonces es muy fácil ser infeliz. Cuando una persona no esta convencida de que quiere para su futuro, o se autoconvence de que eso es lo que quiere cuando en realidad no lo quiere, esa persona cae en tristeza, depresión, apatía y frustración. El porqué es muy sencillo, como no tiene un motivo en su vida fuerte, como no le ha dado un sentido real a su vida de manera firme, todos los obstáculos e incluso felicidades momentáneas las toma de manera fría, sin ilusión y sin amor a la vida.
En conclusión, la felicidad no es un placer o una alegría constante, existe una felicidad general que nos hace estar tranquilos a nivel de seguridad, salud, necesidades y aspiraciones personales y profesionales. Dentro de esta se encuentra la felicidad o infelicidad específica, momentos de dolor como la pérdida de un ser querido o momentos de alegría como una cena con los amigos. Sin una felicidad genérica firme, los sinsabores e infortunios de la vida nos arrastraran con ellos y no viviremos una vida plena porque no veremos en la vida la belleza que tiene.

Artículo cedido para el ágoradelpensamiento
Autor: Antoni Lorente González

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Los miedos personales frente a los propósitos a alcanzar

Cualquier plan trazado en nuestro quehacer diario siempre necesita de voluntad y determinación para llevarlo a cabo, pero: ¿Qué pasa cuando los miedos aparecen y nos atenazan creando desconfianza en nosotros mismos?
Los propósitos siempre vienen dados por objetivos a alcanzar y compromisos a seguir. Compromisos de deseo y voluntad en nuestras acciones cotidianas que lleven la determinación y el valor para ejecutarlas.
En cualquier propósito a emprender siempre es necesario ir hacia delante con claridad de ideas para avanzar y no caer en la desconfianza propia ni la inseguridad personal. Si es así, es cuando en nosotros mismos es necesario que aumente nuestro autoestima, y esta sea un baluarte ante cualquier contrariedad que tengamos.
Hagamos de los propósitos, el mejor objetivo alcanzar. Aquel que nos dote de seguridad y firmeza personal. Seguridad a modo de certeza en todo lo que emprendamos y llevemos a cabo frente a cualquier plan, proyecto o meta a realizar. Y seguridad como certidumbre que nos genere tranquilidad y convencimiento por todo aquello que luchemos y busquemos conseguir.
Hagamos de nuestro convencimiento propio, un escudo que nos proteja ante cualquier situación en que aparezcan las dubitaciones personales que nos paralicen e imposibiliten seguir avanzando ante cualquier aspiración o deseo que tengamos.
La voluntad frente a los propósitos marcados es un acicate de determinación y firmeza en lo que creemos. Un valor personal que nos previene de los miedos y nos hace superarnos ante las contrariedades que se nos presenten.
En nuestro quehacer diario, los miedos siempre son desconfianzas a superar y temores que nos hacen no creer en nuestras posibilidades. Por tal motivo, debemos tener fe en lo que hacemos y en el potencial que tenemos para no dejar de avanzar y crecer a nivel humano ante cualquier propósito marcado.
Nuestra autoconfianza es el mejor aliado para generar seguridad que podamos llevar a la práctica como mejor antídoto de creencia en nuestras convicciones. Un estímulo de empuje personal y determinación ante las decisiones y objetivos a seguir.
La confianza personal es el pilar que nos protege ante los miedos y las indecisiones. Es la garantía de creencia propia en lo que hacemos, y una protección de tranquilidad y defensa en lo que creemos.
No hagamos de nuestra inseguridad el mejor aliado de las dudas y el desasosiego. Hagamos del convencimiento en nuestras posibilidades el mejor escudo de firmeza y tenacidad por seguir luchando pues los propósitos que nos tracemos.
Si todo propósito necesita de ánimo y actitud como deseo y logro a alcanzar. Veámoslo como el alma que nos dote actitud y empuje frente a la desconfianza y las vacilaciones que se nos presenten.
El ánimo personal y la energía de nuestras acciones son el mejor bálsamo ante las dubitaciones en los propósitos personales que tengamos. Una verdadera fuerza de dinamismo y valentía que hace de nuestro esfuerzo un revulsivo de creencia propia en lo que hacemos.
El equilibrio personal ha de ser el mejor contrapeso de la inseguridad y la desconfianza que tengamos ante cualquier propósito de la vida. Un equilibrio que despierte lo mejor de nosotros, aprovechando las capacidades y habilidades personales que tengamos.
La actitud y el talento han de ser una barrera y dique de contención de nuestra negatividad ante los miedos y preocupaciones por nuestras debilidades y limitaciones.
Hagamos de la actitud una disposición positiva y el talento como una capacidad y potencial de energía para enfrentarnos a cualquier situación o contrariedad.
Que nuestras acciones y decisiones en la vida nos aporten el equilibrio personal necesario para que ante cualquier propósito lo afrontemos con las mejores garantías, sin dejar que los miedos personales nos paralicen para seguir creyendo en lo que somos y hacemos en todo objetivo, ilusión o anhelo que deseemos.
Que la superación personal ante cualquier traba u obstáculo puedan ser nuestro mejor servicio personal como personas para que nuestros propósitos puedan ser alcanzados.
En nuestra mano está romper la barrera de los miedos. Consigamos el reto.

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Cuando la tenacidad nos ayuda a vencer las dudas en los retos a conseguir

Toda idea que busque un propósito necesita de la determinación para poder llevarla a cabo. Sea un plan, proyecto profesional, o aspiración personal que se desee. Pero, ¿qué pasa cuando las dudas nos invaden y se convierten en un freno ante los retos a conseguir?
Las indecisiones ante los desafíos siempre requieren de confianza y perseverancia para que no se conviertan en una rémora y un obstáculo a superar.
No hay pretensión, anhelo o meta que no conlleve complejidades e incógnitas. Ante ello, los inconvenientes que nos puedan surgir requieren del tesón y la firmeza de nuestras actitudes y convicciones.
Cualquier plan o proyecto en la vida es un desafío e incógnita. Es en este propósito a lograr donde se han de evitar las decepciones y los inconvenientes. Sabiendo que los contratiempos conllevan complejidad y obstáculos a superar. Es ahí, en la adversidad y la incógnita de toda determinación, decisión u objetivo donde se requiere del esfuerzo, ambición y ánimo. Un vigor de actuación y fortaleza con criterio ante los titubeos y las incertidumbres. Son en los dilemas y los problemas donde se ha de luchar y hacer frente a los recelos y desconfianzas de los propósitos, programas o aspiraciones que se deseen.
Hagamos de la voluntad personal en el desarrollo de cualquier idea o deseo una lucha de ahínco y afán propio. Un esfuerzo de ambición y aspiración que haga de la tenacidad el mejor instrumento de lucha ante las dudas en los retos a conseguir. Aquel que nos hace mantener el vigor y la fortaleza con voluntad y ahínco.
Enfrentémonos con persistencia a las inquietudes en el ejercicio de cualquier plan, programa u objetivo.
Dotémonos de seguridad ante la desconfianza y paciencia ante los recelos, miedo o temor a la incertidumbre y los enigmas que se nos presenten.
Venzamos con tenacidad las dificultades con empeño y lucha en los proyectos, objetivos, retos a conseguir y aspiraciones que nos tracemos.
La constancia ha de ser un aliado de determinación en las decisiones y actuaciones que realicemos.
Afrontemos las indecisiones con constancia de firmeza y las vacilaciones que tengamos con perseverancia.
Luchemos contra los titubeos y dudas de los retos a conseguir revertiéndolos en propósitos a emprender con tenacidad y fuerza..
Seamos firmes ante la incertidumbre de cualquier intención o propósito que tengamos y queramos que tenga un buen fin.
Ante los problemas que nos surjan, tengamos empeño e insistencia de lucha personal sin caer en la apatía y la desgana de la derrota o el desengaño.
Que todas nuestras actuaciones y comportamientos se impregnen de dosis de paciencia en las aspiraciones y deseos que tengamos. Con el ahínco de la fortaleza anímica y mental frente a las incógnitas y los obstáculos.
Ya que las dudas ante los retos a conseguir nos llevan al fracaso. Hagamos que la tenacidad sea una aspiración, una ambición y un esfuerzo de meta.
La voluntad personal ha de ser el mejor freno de titubeo y acicate ante las dificultades que nos invadan. Luchando con ánimo, empeño y ambición como resorte que venza a las dificultades e inseguridades que tengamos.
Apartemos de nuestra mente la decepción con ánimo y vigor del espíritu. Aquel coraje y energía que destierre el desaliento de las dudas y los recelos. Que ahuyenta la desconfianza de las dificultades y los problemas con determinación. Dotándonos de seguridad y determinación en todos nuestros propósitos e intenciones.
Convirtamos las dudas de los retos a conseguir en confianza personal y firmeza propia Una evidencia de convicción y fortaleza que nos aporte certidumbre en lo que hagamos y creamos.
Tengamos como aliado a la tenacidad como mejor enemiga de las dudas ante los retos a conseguir y desafíos que tengamos. Esa perseverancia ha de ser el hilo conductor, freno y tesón de firmeza que venza la desconfianza y los titubeos para que se convierta en el mejor aliado de decisión, seguridad y triunfo.
Convirtamos las dudas ante los retos a conseguir en determinación y valor personal. Es nuestro desafío y meta.

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Sabia inocencia

Atardecer plomizo, triste, desdibujado, de una calle y localización indistinta. En ella, se encuentra en la parada de un autobús una chica; pasiva, ida, con la mirada perdida, pensando en el devenir constante de obligaciones y responsabilidades. Esta joven no está sola, está acompañada. A su lado un señor mayor, pelo pobre, canas, abierto y experimentado. Sus facciones son marcadas, castigadas, de trabajo arduo durante años, contrasta con la piel fina, tersa y blanca de la mujer. El hombre está pensativo, absorto, reflexivo, en un momento de rebeldía se dispone a entablar conversación. Le pregunta hacia que dirección se dirige; la chica, tímidamente, le responde que va a cuidar a su padre que está enfermo, tiene Alzheimer. El hombre, hace un gesto de nobleza y muestra tristeza por la chica. Posteriormente, el señor mayor se percata de que la chica está embarazada y que el tamaño del feto es considerable. – ¿De cuántos meses estás bonita?, pregunta este en un tono afable y cordial. Cuatro meses responde ésta, estoy enormemente ilusionada. – ¡Qué suerte tendrá el padre!, tendréis una familia maravillosa. La chica, un poco vergonzosa y con pocas ganas de hablar respondió rehuyendo. – La verdad es que ser padre es lo mejor que hay. Yo tengo una hija, se llama Maite, hace mucho tiempo que no hablo con ella, de vez en cuando la veo en casa, pero se va muy rápido. – Seguro que está muy liada con la carga de trabajo y las obligaciones, responde la chica efusivamente. Estoy segura de que le quiere mucho y que le adora. Sí, eso por supuesto, el problema es el tiempo. De tanto mirar al futuro he perdido el presente, este se ha convertido en pasado y no he tenido momento de mirar adelante y ver una vida por vivir. De golpe, silencio, se crea una tensión palpable sin motivo aparente. El hombre empieza a preguntarse la tardanza del autobús, esta le responde que aun tardará en llegar, ella también coge ese.
– ¿Cómo ha dicho usted que se llama?, – Ramón, como mi padre que en paz descanse. Sabes rapaciña, yo era como tú. Yo fui joven, quería comerme el mundo, tenía grandes expectativas, de crecer, de vivir un futuro mejor al que me toco vivir al venir de mi tierra, Galicia. Hice muchas cosas mal, encontré al amor de mi vida y lo dejé perder. Nos queríamos infinitamente y aun puedo notar su presencia. Por causas del destino, vagancia y procastinación continua no pude alcanzar mis sueños, volver a mi tierra con dinero que ofrecer a mi familia. Les enviaba dinero, comida típica de Cataluña y cartas. Hace años que no se nada de ellos, no me escriben, mi mujer murió hace años y estoy solo. El ser humano no es un ser solitario rapaciña, necesita personas más que a la vida misma. Tu tienes dos, tu marido y tu hijo; si quieres un consejo de un viejo como yo, te diré que la vida se resume, en una palabra, Saudade. Saudade es algo agridulce; es aquella añoranza por algo vivido que te produce una sonrisa, pero inevitablemente, un pequeño trago amargo porque es eso: un recuerdo. Pero quizás en ello se encuentra lo bonito en recordar los macarrones de mi madre y sus abrazos de oso o un amanecer especial con amigos, tomar un café de buena mañana con una persona especial o darte un chapuzón de madrugada y una incontable lista de cosas que me pueden producir nostalgia. Es una tristeza feliz. Digamos que es un precio a pagar. Pero vale la pena pagar ese pequeño precio a cambio de vivir todo ello, pero sobretodo agradecerlo.
La chica empieza a llorar ligeramente, visualiza de lejos lo que será el vehículo que transportará a los dos pasajeros a su destino. La chica dice: – vamos papá que está aquí el bus. -Ya voy cariño. Y de allí, padre e hija subieron, dejando a su rastro pues, la esencia de los recuerdos de Ramón en la parada del bus, para que otra persona que pasara pudiera captar por el aire, el mensaje del señor mayor, Saudade.

Artículo cedido para el ágoradelpensamiento
Autor: Antoni Lorente González

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La probidad como valor de comportamiento humano

Las personas como seres humanos tienen una forma de pensar, razonar y actuar en las diferentes circunstancias y facetas de su vida. Una forma de entender la vida a través de un enfoque determinado que marca su línea de actuación y voluntad de comportamiento en la forma de obrar de una manera concreta y especifica.
Es en ese modo de actuación y comportamiento donde la honestidad y la rectitud son el máximo exponente de la «probidad». ¿Qué es la probidad? La probidad es tener una actitud honesta ante uno mismo y la sociedad que nos envuelve.
La energía en los comportamientos humanos nos dotan de la capacidad para realizar cualquier tipo de actividad o acción.
No hay valor de comportamiento humano positivo que no requiera de unos valores de integridad y honradez como baluarte y sello personal de identidad.
La probidad reúne unos valores diferenciados que a día de hoy parece que están en vía de extinción pero que diferencian a unas personas de otras.
Las cualidades de las personas son rasgos diferenciados y peculiares que caracterizan particularidades positivas. Entre ellas, la probidad en las personas como rasgo de nobleza humana y dignidad donde se antepone la verdad a cualquier otro hecho. Es parte de la credibilidad de la persona y su valor personal de integridad y honorabilidad.
En nuestra sociedad a día de hoy los valores parece que están en desuso y no forman parte de nosotros.
Los principios en las personas son convicciones personales diferenciadas que enriquecen a una sociedad como aportación de compromiso y conducta para hacer sociedades mejores, más justas y humanas.
La voluntad para hacer las cosas, intentar mejorar a nivel personal en todas nuestras intenciones o deseos de avance son principios de virtud, firmeza y rigor.
Todo ser humano posee conciencia e identidad personal con capacidad de criterio y respuesta de sus actos. Es por ello que sus valores de comportamiento lo hacen diferente y honorable cuando se actúa desde la rectitud como norma de conducta; con dignidad como respeto a uno mismo y con ética como valor de moral.
Nuestro comportamiento de acción es básico en la toma de decisiones y diferentes situaciones de la vida que se nos presenten y nos desenvolvamos.
La rectitud del ánimo no ha de quedar en un simple estado de intenciones y deseos, sino que requieren de energía, esfuerzo, voluntad y valor para cualquier acto o proceder que emprendamos.
Todo proceder en cualquier faceta a desarrollar ha de ir unida de la honestidad con que ejerzamos cualquier función. Y una rectitud que no nos doblegue ante tentaciones malintencionadas que no sean éticas.
La probidad como valor de comportamiento humano es la demostración de la persona en toda su esencia positiva. Aquella que parte de la nobleza como valor humano y rectitud moral.
Veamos en la dignidad y en la honradez humana valores para sentirnos valiosos y estimables desde la rectitud del ánimo y la integridad personal.
La forma de obrar ante los demás, la conciencia tranquila y nuestro estado anímico en armonía nos hace valorarnos mejor, a sentir una satisfacción interior y un estado de gratificación moral que nos invade.
La honradez como compromiso de principio y moral es una forma de honor y dignidad. Es un estado de plenitud propia, firmeza de actuación, justicia y rectitud.
Todos los valores personales requieren de comportamientos equilibrados en las actuaciones que se profesen y se lleven a término con honestidad y justicia.
No perdamos la estima en nosotros mismos. Al revés, trabajémosla a diario con generosidad y pundonor.
Sintámonos valiosos como seres humanos y trabajemos con sentido ético, honradez y honestidad.
Hagamos que desde nuestra libertad individual como seres humanos tengamos unos comportamientos éticos que guíen y definan nuestra conducta.
No perdamos la energía en mejorar día a día para ser mejores desde el esfuerzo personal y la mejora interior. Aquella que requiere voluntad y valor para seguir avanzando desde el rigor en nuestra conducta, la justicia en nuestras decisiones y los principios que nos guíen en nuestra forma de actuar.
Los valores personales siempre van unidos a procederes humanos que necesitan una actitud de integridad y honradez ante cualquier situación social que nos encontremos y marcaran nuestras cualidades personales y humanas.
Antepongamos la verdad sobre el engaño, la rectitud en lo que hagamos y mantengamos una actitud honesta e integra. Todo ello, desde el cumplimiento del deber, la moral y la transparencia en nuestras acciones respetando los valores de la justicia y la verdad.
Actuemos en la vida desde el equilibrio emocional en ver las cosas y procedamos con honestidad e integridad personal en todas las parcelas y circunstancias de la vida.
Tengamos principios como virtud de justicia y rigor en nuestra actuación sin perder la firmeza en nuestras creencias.
En la vida los valores personales determinan a las personas, las dignifican y hacen sociedades mejores.
Mantengamos nuestros procederes ante nuestro entorno como individuos desde una conducta de las acciones integra, honrada y recta. Es la probidad al natural como valor de comportamiento humano personal. Y no renunciemos a los valores humanos que son el mejor patrimonio a modo de plenitud y riqueza para nosotros y nuestra sociedad.

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El valor de la palabra dada

En nuestra sociedad actual hay valores personales que parecen estar en desuso y virtudes que se asemejan a verdaderas antiguallas. Términos como: compromiso, transparencia e integridad son difíciles de darles el valor que se merecen.
En cualquier ser humano, las virtudes personales y los principios son fundamentales a modo de integridad propia y credibilidad ante los demás.
En las relaciones humanas, el juicio que tengamos de las personas que nos rodean marcan la opinión, el trato y el criterio que nos hemos formado. Mientras que la relación directa que mantengamos serán su propia credibilidad que puede quedar en entredicho.
Ante la vida cualquier estado de confianza personal que mantenemos tiene una prueba de fuego en la confianza mutua. En ella radica: «el valor de la palabra dada».
La seriedad en la palabra dada que trasmite una persona con compromiso y rectitud en cualquier faceta o relación es una muestra de equidad e integridad. La integridad a nivel personal es un valor de transparencia necesaria en toda relación humana a modo de garantía y confianza frente a todo vinculo, actividad o cometido.
La responsabilidad ejercida por cualquier individuo en toda ocupación, tarea o trabajo es una garantía en las determinaciones y decisiones que se lleven a cabo. Es la palabra dada en forma de aval, rigor y crédito.
La confianza que depositamos en alguien siempre viene precedida por la transparencia que nos transmita y las rectitud que realice en sus actuaciones cotidianas.
La integridad siempre es un fin a transmitir que conllevan unos valores y principios como virtud de franqueza, claridad y crédito personal.
El valor de la palabra dada es algo más que un compromiso, es la honestidad de la misma persona en sí misma con su autenticidad consustancial y su integridad ética.
La dignidad siempre es un aspecto de capacidad y aptitud en las obligaciones y responsabilidades que se ejerzan.
Creer en alguien es creer en algo más que en la persona, es creer en las convicciones que transmita, la transparencia que practique y la valía que tenga.
Cualquier fin necesita unos valores de integridad para luchar por ellos y una ética para poder alcanzarlos. Es la suma de los meritos y las capacidades como valor personal e imparcialidad en las acciones que desarrollemos.
La ética siempre es una virtud de fuerza en los principios, merito en los valores y motivo para todo fin que busque la honestidad y la integridad de la persona. Es la palabra dada en forma de acción y su valor como garantía de compromiso.
No hay deber que no requiera una obligación. Una firmeza de actuación y una determinación de compromiso y palabra dada.
En la toma de decisiones, la franqueza que se transmita es la confianza que depositan en nosotros y la transparencia como señal de credibilidad y creencia.
Toda finalidad que se busque en una actividad o quehacer, tiene una perspectiva a tener en cuenta, pero también necesita de unos valores de honradez y ética como aliados para que lleguen a buen fin.
El valor de la palabra dada es transparencia cuando tiene crédito y credibilidad, cuando creen y confían en nosotros, cuando las decisiones se toman con franqueza y la honradez es una virtud de ética, rectitud e integridad personal.
Hagamos que crean en nosotros desde la palabra dada. Aquella que nace de la honestidad como entereza moral insobornable, y que viene dada desde el deber del compromiso.
Seamos capaces de reflexionar para ver que la integridad y la autenticidad en las actuaciones y toma de decisiones que tomemos sean la mejor prueba de nuestra palabra dada como concepto individual de probidad.
Si la integridad, rectitud y generosidad son cualidades humanas que reflejan el valor en la conducta y el comportamiento de cualquier ser humano. Hagamos de este exponente el mejor aliado frente a cualquier situación o circunstancia.
Si es así, estaremos ante el valor de la palabra dada en estado puro. Es nuestra carta de presentación de confianza ante nosotros y los demás. No la malgastemos.

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No hay realidad sin perspectiva

La mirada de lo que nos acontece en la vida ante cualquier situación, estado o circunstancia, determina al ser humano su punto de vista tanto a nivel de pensamiento, opinión y forma de sentir.
Es aquella percepción de la realidad desde el conocimiento tangible y la certeza de lo ya existente. Una comprensión intrínseca por medio de la razón y su esencia innata con caracteres y vínculos establecidos.
Ya que todo lo que «es o está» va relacionado con cualquier acción, disposición o cuestión. Las personas hacemos unos razonamientos y análisis desde un prisma conceptual particular de criterio y juicio. Ante ello estamos poniendo de manifiesto que no hay «realidad sin perspectiva».
Una condición humana que a través de la tarea de sus actuaciones siempre buscan expectativas en la labor y consecución de sus logros y metas.
Es a partir de la veracidad de sus creencias y su visión de las cosas como van transmitiendo la certidumbre tal cual es, sin cortapisas ni obstáculos. Un verdadero camino de emprendimiento para conseguir una visualización de autenticidad.
Nuestra existencia natural conlleva la sinceridad en su plena expansión y mejor forma de aportación ante cualquier punto de vista diferente por medio de sus variados prismas de expresión, percepción y entendimiento.
Estamos viendo que en el paisaje de la vida, la verdad nos contribuye a adquirir una óptica que nos acerca más a la realidad mediante sus distintas perspectivas y aspectos de ver las cosas. Una vista más imparcial de justicia y objetividad que nos traslada a un ángulo de percepción como suceso tangible.
Es la evidencia manifiesta tal como es, plasmada en el horizonte más fiable y creíble como efectiva cualidad de mirada humana sobre la vida y su valor consustancial.
Una apariencia de representación que nos abre a un abanico de posibilidades y facetas a desarrollar que se encaminan en el encuentro del significado de las cosas a partir de su dimensión más cercana que dotan de sentido a lo que vemos y percibimos.
Hay que partir de la base de que «las cosas son como son», e inquirir en la focalización de la perspectiva nos aproxima mejor al conocimiento desde sus múltiples expresiones en su estado existencial y natural.
Toda certeza visible tiene la validez de la mirada con sus imágenes, sensaciones e impresiones que dan un aspecto movible en función de sus modificables aspectos. En un tratamiento de lo que nos concierne, y que adquiere un valor relativo fruto de la óptica que impregna el prisma de nuestro parecer. Una clave necesaria que requiere de todos los elementos que lo doten del juicio relativo en sus vertientes, facetas y formas de considerar las cosas a partir de sus diferencias heterogéneas. Aquellos rasgos, características y circunstancias que nos aproximan ante horizontes y panorámicas con nuevas escenas que se ajusten tal cual son. Unas acciones que requieren de una capacidad racional humana especifica, sin obviar la complejidad del entendimiento y la mirada propia.
Bien es sabido que la visión (comprensión del entorno) particular o modo de considerar un asunto o aspecto puede ser valorado de forma contrastada por los individuos, también es primordial que la imagen que tengamos para su enjuiciamiento no distorsione su significado real y su nitidez con toda su claridad, independientemente de un plano analítico que conforman las maneras y modos de interpretar las realidades desde cualquier perspectiva. Una expresión en estado puro de una concepción de la realidad por medio de un modo personal propio y subjetivo acorde a nuestra apreciación y óptica determinada.
Después de haber hecho un análisis detallado ante las cualidades y características de la realidad y su perspectiva, podemos extraer una conclusión inequívoca de valoración y conclusión siguiente:
Si una misma realidad se puede ver y contemplar desde perspectivas diferentes, sus diferentes enfoques nos acercan a la realidad desde su panorámica más real. Aquella que nos obliga a un ejercicio de acción que busque la verdad desde el «todo» y no solo desde la «parte». De esta manera nos acercaremos a la realidad desde una perspectiva más próxima y autentica.
La perspectiva en la vida nos acerca más a la realidad en su conjunto, mientras que la realidad sin perspectiva nos aleja más de ella.

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Yo también soy un perdedor

En muchas ocasiones en la vida, cualquier ser humano, en sus reflexiones más trascendentales ha reflexionado sobre su existencia en el mundo. En estas, se visualiza a través de los logros que ha conseguido, en su gran mayoría tangibles. En esa reflexión mental de pensamientos, esa persona visualiza que no ha conseguido adquirir grandes recursos materiales ni grandes riquezas o metas como símbolo de victoria en el transcurso de su vida. Por ello, el ser humano tiende a pensar para si que es un perdedor. Para hacer una afirmación tan categórica y significativa como decir “soy un perdedor”. Para poder hacer una realización de juicios tan taxativos como los que se están expresando cabe hacer un estudio y análisis sobre el concepto de perder. Para ello, surgen distintas cuestiones que ayudan a la elaboración de una definición clara. ¿Perder es no ganar?
¿Acaso una persona no puede ganar en una pérdida? ¿Una persona que pierde, acaso no ha aprendido a través de sus errores, que elecciones o caminos debería haber tomado? Para responder a todas estas cuestiones hay que ir al origen y etimología de la palabra en cuestión. El término perdedor está formado por raíces latinas, las cuales quieren decir “el que deja de tener”. Su prefijo es “per” (por completo), “dare” (dar) y “dor” (individuo que realiza la acción). Este concepto ha ido evolucionando en el tiempo, pero la esencia es la misma.
Se considera perdedor aquél que no tiene, que ha perdido algo o que abandona en una situación determinada. Las personas que arriesgan, que tienen sueños, que fracasan y que lo intentan son perdedores. La educación y la sociedad en su conjunto están enfocadas en castigar el error y premiar en el acierto. Esto, lo que provoca son seres sin ambición de prosperar, de ser mejores, de superarse, estableciéndose así en nuestro modus vivendi. En el mundo en el que vivimos hoy en día no hay término medio como manifestaba Aristóteles. Hay ganadores y vencidos, nada más. No hay aquél que lucha por un sueño o que persigue una meta y es admirado. Hay aquél que con su más o menos esfuerzo alcanza un objetivo. ¿Qué hay de aquél que lucha, que cae, que erra, que no consigue su objetivo? ¿Acaso el camino al éxito no está pavimentado de fracasos?
Aquellas personas que no lo intentan, que tienen miedo al qué dirán o que prefieren su zona de confort, son los perdedores. Aquellos que no tienen una mínima esperanza de autosuperación, disciplina y persistencia son los perdedores. Aquellos que juzgan y sentencian a personas que quieren ser mejores, que quieren dar su mejor versión, son los perdedores. ¿Acaso no es más valiente, gentil y noble haber luchado por unas inquietudes y unos objetivos, que jamás haberlo intentado? ¿Acaso no es más respetuoso hacia el propio individuo, haberse dicho a si mismo que sí podía? ¿Acaso no es una ofensa hacia la propia persona el mandarse mensajes limitantes, de no salir de su zona de control y de creer que nunca va a ser lo que quiere ser?
Las personas que trabajan, que luchan por una vida digna, que son constantes, que tienen una visión en el largo plazo, que son honestas y nobles y que superan las desventuras e infortunios que esta vida nos ofrece y no consiguen sus metas, retos e ilusiones: ¿se pueden considerar perdedores? Yo creo que no, pero si esos son los perdedores, yo también soy un perdedor.

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Los desafíos a emprender como avance y transformación personal

Todas las personas alguna vez en la vida nos hemos puesto a prueba ante cualquier reto o desafío personal.
¿Quién no se ha marcado objetivos o metas a conseguir? ¿Tenemos miedo a emprender nuevos desafíos? ¿Hemos apostado por nuestras capacidades o por el contrario hemos dudado de ellas?
Los desafíos siempre son retos y oportunidades para crecer y progresar ante nosotros mismos sorteando los conflictos y las incomodidades. No obstante, también son momentos oportunos para avivarnos y saber aprovecharlos.
Avanzar como apuesta personal siempre es una manera de desarrollarse a nivel humano, tanto a nivel de competencias como en nuestras suficiencias a mejorar.
Toda renovación personal necesita de promover nuevas iniciativas e inquietudes a modo de acicate y cambio ante los retos y objetivos marcados.
Emprender es empezar a crear desde el saber, la aptitud y la disposición en la búsqueda de nuevas oportunidades y enfoques de actuación.
Cualquier cambio es una conversión interna y propia. Una reforma ante lo viejo y desconocido en la búsqueda de un nuevo crecimiento personal. Es un proceso de adaptación natural íntimo ante nuevos avatares a perseguir y conseguir. Un adelanto ante la quietud y el inmovilismo que nos aleja de la creatividad como verdadera metamorfosis propia del espíritu. Aquella que nos desarrolla, evoluciona y progresa a nivel personal y humano.
No podemos progresar como seres humanos sin desarrollarnos internamente a nivel personal desde nuestro potencial del talento y desarrollo en nuestras habilidades y competencias.
Los desafíos son retos para ponernos a prueba a través de una conducta de actuación positiva; un talante proactivo y una disposición clara y manifiesta por unos objetivos claros y concretos sin dudas ni vacilaciones que nos perturben su consecución.
No hay meta que no necesite de un intento claro para alcanzarla ni expresarla con la facultad y la disposición para ejecutarla sabiendo afrontar los inconvenientes y las contrariedades que se puedan presentar. Son trabas a vencer, obstáculos a superar que requieren de la energía, el arrojo y la valentía para afrontarlos.
La decisión, el vigor y la fuerza ante los desafíos son parte del éxito para alcanzarlos. Un empuje del ánimo que nos dota de la fortaleza y de la eficacia en las decisiones a tomar. Sin vacilaciones ante las incertidumbres, dudas o titubeos que se nos puedan presentar.
Los retos y las metas que se desean alcanzar siempre son aliados de la perseverancia en las acciones a realizar, iniciar o llevar a cabo. Es el tesón de la tenacidad la que nos pone a prueba ante las dificultades. Es un compromiso consustancial de profilaxis y protección frente a las dificultades, inconvenientes o frenos.
En ese avance de mejora y maduración, el crecimiento personal es un pilar fundamental de impulso ante las pruebas que nos marquemos.
Cuando emprendemos es siempre una tarea complicada y difícil en que nos lanzamos a lo desconocido, sin embargo es una aventura apasionante de compromiso de gratificación que nos reconforta el espíritu. Un aliento que fortalece nuestras actuaciones y que nos hace avanzar.
Toda mejora de creencia propia y avance en nuestras convicciones y creencias siempre es un reto, una apuesta, un triunfo y una ilusión frente al inmovilismo, la resistencia y el cambio.
La inacción nos aleja de la creatividad, la inventiva y la imaginación desde cualquier parcela o ámbito emprendido.
Busquemos en los retos a afrontar, el desarrollo y la renovación del espíritu como aliento de vida.
Apostemos por nosotros mismos sin miedos ni titubeos y empecemos a crecer a nivel personal como mejor camino de avance y progreso ante los desafíos a emprender.

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Sé tu propio acicate personal

En el caminar de la vida, el ser humano tiene que vivir experiencias, tomar determinaciones y decisiones que influyen en su quehacer diario. Situaciones positivas o negativas que necesitan del aplomo personal para encararlas, vivirlas y darles la respuesta adecuada.
Unas veces nuestra influencia es fundamental, y otras no dependen de nosotros mismos, sino del destino, viniendo prefijadas y que no dependen de nuestra actuación o resolución (suerte, destino, salud, trabajo). Pero todas ellas tienen un denominador común: saber hacerles frente de la mejor manera para que no nos influyan en primera persona.
Todas las decisiones que emprendamos requieren de un estimulo vital a fin de poder abordarlas de la forma más conveniente y sobrellevarlas de la mejor manera posible. Una motivación con el propósito de lucha cuando sea necesario, y un impulso en función de la respuesta que les demos.
Debemos tener una voluntad firme con el objetivo de enfrentarnos a las vicisitudes de la vida, utilizando la razón como mejor arma de decisión y respuesta.
El ánimo ensalzado es básico cuando los obstáculos aparezcan para poder solventarlos y superarlos frente a las debilidades del espíritu.
El espíritu positivo siempre será el mejor aliado ante los altibajos que se nos presenten. Por tal motivo, necesitamos del empuje y la energía como fundamento de incentivo.
La energía siempre es un brío respecto a los contratiempos inesperados y avatares cotidianos a modo de fortaleza humana.
Cualquier motivo o reto que conlleve tropiezos deben ser portadores de nervio ante los frenos que nos impidan conseguirlos.
Los desafíos de la vida deben ir acompañados del tesón para enfrentarse a ellos en las mejores condiciones de solución y conquista.
Las dificultades siempre se han de combatir con el valor del coraje para poder vencerlas sin miedos ni vacilaciones y con la calma y el sosiego que requieran. Pero también con la determinación de plantarles cara y no caer en la resignación al no poder superarlas.
Los tropiezos que tengamos han de ser una fortaleza de coraje para resistir sus envites y poder hacerles frente.
No caigamos en la decepción de las metas inalcanzadas, al revés, veámoslas como un coraje e iniciativa de inconformismo y capacidad de emprender. Una actitud de compromiso y responsabilidad como autentico valor positivo de ímpetu personal.
Hemos de asumir las contradicciones propias ante los hechos nuevos que se nos presenten, que nos hagan cambiar de opinión o enfoque como muestra de evolución y cambio personal humano.
No convirtamos las preocupaciones en estados de desazón y perturbación por complejos que sean. Hagamos de los problemas, experiencias que nos curtan para no caer en baches de desanimo y tristeza.
Todos los escollos que surgen en la vida, siempre son frenos y bloqueos, pero enfrentémonos a ellos con espíritu positivo para vencerlos.
Desterremos la desilusión y el desencanto de los fracasos como terapia del ánimo. Y no hagamos de la frustración, una rémora de hastío y tedio.
Hagamos de nosotros, el mejor parapeto ante las dudas, dilemas y conflictos de la vida con sus complicaciones y adversidades (sean las que sean) que siempre requieren empuje y ánimo para contrarrestarlas de la manera más acertada.
No permitamos que los impedimentos sean trabas de preocupación y pesar ante las complejidades de la vida.
Nuestra determinación ha de ser el mejor valor de firmeza y arrojo. En consecuencia nos podemos hacer la siguiente reflexión ante los enigmas, retos de la vida y sus misterios por descubrir y vivir: si de ti depende a que esperas. «Sé tu propio acicate personal «.
Tú decides.

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