La rutina: un hábito insano de vida

La vida del ser humano es un caminar constante, una evolución ininterrumpida, un suma y sigue diario. Un trayecto prolongado sin pausa en el tiempo y con un equipaje cargado a nuestras espaldas como compañero de viaje fiel, que lleva consigo todo un bagaje de recuerdos, ilusiones logradas o perdidas, anhelos y retos en el aire. Una historia particular, única y personal donde nuestras esperanzas y deseos son el eje vertebrador, el estímulo ilusionante que nos hace sentir vivos y con ganas de conseguir todo aquello que ansiamos y todo aquello por lo que nos deleitamos. Aquel intervalo que expresa el resultado de nuestras acciones y cometidos, positivos o negativos, conseguidos o inalcanzados. Sin embargo, es en ese tránsito entre lo que “pudo ser y no fue” donde aparecen guardadas las experiencias más íntimas; recuerdos en estado puro, con sus virtudes y miserias; parte íntima al descubierto, sin corsés. Nuestra alma. Cuando uno hace recopilación de las expectativas y resultados obtenidos en el transcurso de su existencia, comparativa de “lo deseado y lo obtenido”, es cuando aparece la figura del “ya me vale”, el detonante, la pieza clave que da lugar al origen y preludio de la rutina. Es en ese momento cuando nuestras emociones sufren una alteración que nos conducen a la indiferencia; un estado de desidia y desinterés que adormece el atractivo sobre todo lo que nos rodea y afecta. Una inacción que perturba el dinamismo físico. Aquella energía que mantuvimos en nuestros empeños de antaño y que se van convirtiendo en una desgana y hastío. Un cambio de vida que nos reduce el vigor y transforma el ánimo en desaliento, quedando disminuido el estímulo en abatimiento y desesperanza. Ante esta rutina, aparece la nostalgia del recuerdo, “de lo que pasó y de lo que fui”, de “lo que logré y no pude lograr”. Es un estado de melancolía manifiesta que nos provoca aflicción; una pausa en el espacio que nos inmoviliza. Una parálisis general de abatimiento en la actuación y el pensamiento que nos ralentiza en cuerpo y alma en nuestro quehacer diario. Un auténtico bloqueo mental de reflexión y juicio que nos agarrota y anquilosa sin ideas ni pretensiones por alcanzar.  Es la rutina en estado puro; causa natural que precede de un acomodo de pasividad que es la causa y desencadenante de la inapetencia, el fastidio y la desmotivación. En consecuencia, tenemos la oportunidad de recuperar la pérdida de estímulos necesarios que sirvan de acicate y atractivo, que nos conlleven finalidades de reclamo para seguir ilusionándonos y nos hagan abandonar la abulia y la impotencia en nuestras ocupaciones. Un deterioro de la voluntad que nos lleva al abandono personal provocándonos una dejadez e impasibilidad hacia las cosas que realizamos. Una inercia que nos lleva al aburrimiento y al cansancio físico. Un auténtico tedio de hartura hacia aquello que nos rodea y nos despiertan una pereza injustificada. Es una soledad no buscada con nuestro presente que vivimos día a día. Un parón en el reloj del tiempo; verdadero hábito dañino como modelo insano de vida. Aquel aislamiento que nos hace perder nuestras viejas pasiones, aspiraciones y pretensiones por comenzar nuevos propósitos; ahínco vital basado en la búsqueda de retos que ya no tienen el empeño en sustituirlos por otros nuevos. Un esfuerzo perdido que ya no existe, un ánimo insalubre sin utilidad ni beneficio. Una merma valiosa como forma de vida adecuada y reconfortante. Es por ello que no podemos convertir la rutina ni en hábito ni en monotonía. No permitamos transfigurarla en una práctica de frecuencia diaria machacona e invariable. Ha de renacer el dinamismo personal que vuelva a crear nuevos estados emocionales que conlleven y nos aporten esparcimientos diferentes de realización individual ante el desuso de lo perdido. Una nueva orientación en nosotros mismos. Debemos ganar la propia batalla personal buscando en la distracción una nueva diversión y placer de ejercer cosas diferentes. Necesitamos de un cambio de paradigma, un esparcimiento que se convierta en pasatiempo nuevo que nos haga olvidar tiempos pasados de estancamiento, donde nos volvamos a gustar como personas; una metamorfosis que nos devuelva al camino que perdimos, a la magia de los sueños y que nos recobre hacia la satisfacción personal. Tenemos que recrear nuevas historias que nos deleiten y aporten el gozo y la complacencia con nuevas satisfacciones. Empecemos una expansión de acontecimientos que no tengan descanso ni detención ante cualquier coyuntura, que nos despierten el interés y versen en la solución de combatir la abulia y el tedio. Un cambio de experiencia con prácticas diferentes que eviten la reiteración de equívocos pasados para que no se reproduzcan y dejen su invariabilidad en el quehacer a realizar. Hagamos la transformación de la rutina por la vuelta a la distracción y la diversión bien entendida. Mantengamos un regocijo de energía a transmitir que nos recree en tiempos pasados satisfactorios y cree de nuestras aficiones individuales nuevos retos, metas y ambiciones. No hagamos de la vida una rutina insana, al contrario hagamos una nueva vida. Una variación de esquemas mentales de transformación única e intransferible. Comencemos a crear de nuevo, a soñar de nuevo. A sentir volar la imaginación convirtiendo la rutina del pasado en originalidad. Y apostemos por la novedad y la motivación como fuente saludable de vida.

 

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En el momento que la negatividad aparece como compañera de viaje

En el tránsito de la vida de las personas, todos sabemos que esta no es siempre un camino fácil y de color de rosa, pero tampoco hemos de pensar en un color negro total, sino encontrar los matices en función de las circunstancias, momentos y complejidades que vivimos (mejores y peores) en el transcurso de la misma. Esta percepción de la realidad varia en función del estado anímico en que nos encontramos, creándonos a veces unos esquemas distorsionados. Una apreciación irreal como consecuencia de nuestras propias contradicciones, que hacen de escudo y excusa ante lo que percibimos y nos rodea. Es el momento clave en que empezamos a sembrar la semilla que germinará en el tiempo y dará lugar al génesis y principio de la negatividad en toda su extensión y compañía. Una actitud perjudicial que afectará a nuestra disposición y comportamiento diario. Un efecto dañino que paralizará nuestra creatividad y estimulación de crecimiento personal. Es nuestro peor enemigo, aquel que nos provoca efectos adversos en nuestro estado anímico y relaciones humanas particulares. Una situación de estado desfavorable y dañino que nos vuelve pesimistas, forjando y dando lugar a ambientes insanos de relación que provocan contradicciones en nuestra forma de ser y pensar. Una negatividad incompatible con la armonía de una vida sana y beneficiosa, que se convierte en un enemigo interior exclusivo que mengua nuestros deseos y ambiciones de desarrollo. Un contendiente que nos hace infelices mermando nuestra higiene mental y despertando las inseguridades que son un obstáculo en la reafirmación de nuestras convicciones afirmativas ante la vida que se traducen en procederes provechosos. La negatividad nunca es favorable ni productiva, nos encierra y acota ante todo lo propicio y conveniente en nuestros avatares ordinarios. No es una pieza útil ni eficaz que podamos sacarle provecho. Al contrario, nos aísla de lo auténtico y verdadero. Siendo un seguro que nos distancia de la realidad y de cualquier objetivo que nos podamos marcar. Debemos ser rehaceos ante todo lo contradictorio que percibamos para no verlo incompatible y rival, sino al revés. La vida es una carrera competitiva en la que debemos asumir nuestras imperfecciones e infortunios con naturalidad favorable y conveniente; donde podemos sacar provecho y rendimiento ante los errores sin que nos invada ni aparezca el resentimiento. Hay que convertir la negatividad en virtud de conformidad adecuada, con un cambio de paradigma que sea propicio para un restablecimiento correcto que nos sirva como herramienta e instrumento ante nuestros miedos y frustraciones. Un efecto válido y eficiente que nos transmita una energía fructífera que colme nuestras aspiraciones y haga olvidar nuestros miedos, los cuales se podrían convertir al final en compañeros nocivos y pesimistas ante las contrariedades. No hagamos de los desastres e infortunios infelicidades improductivas, trabas o impedimentos en la búsqueda de soluciones, ya que solo nos comportaran fragilidad, debilidad y agotamiento. Convirtamos la negatividad en pasión por el cambio, la mejora y la transformación en personas nuevas, en proyectos nuevos y en talantes nuevos. No podemos deambular por la vida condicionados por corsés preestablecidos, insatisfacciones y logros no alcanzados. Hemos de juzgar las cosas y las situaciones que nos envuelven tanto a nivel de perspectivas adversas como también desde su vertiente más favorable. Los estados de negatividad conllevan sentimientos faltos de afecto que difunden emociones intimas carentes de una sensibilidad manifiesta ante las cosas. Son estados de aflicción, condenados a experimentar el desencanto y que provocan en nuestras creencias pensamientos de juicio relativos ante cualquier opinión. Unos dictámenes faltos de expectativas en un panorama donde sólo se ve una apariencia plana, vista engañosa y anticipada, que provoca impresiones de un efecto e impacto artificioso, en el que nuestra conciencia percibe estímulos que son recogidos por nuestros sentidos. Unas respuestas de emociones propias que influyen en nuestros pensamientos y posiciones ante cualquier forma de razonar, opinión o actuación. No busquemos compañeros de viaje de la desesperanza y el abatimiento (renunciemos a ellos) como manera de ser y estar diferentes. Motivémonos y tengamos hábitos de ilusión y optimismo saludables frente al pesimismo para nosotros y los demás, ya que ésta será la mejor eficacia de valor propio en nuestra evolución y conversión interna de renovación y nos dotará de un enfoque diferente ante las realidades, tal cual, sin prejuicios ni recelos establecidos. No viajemos con equipajes pesados que solamente nos conducen a la frustración y al desengaño; viajemos con maletas ligeras que lleven satisfacción y complacencia, que nos aporten armonía y plenitud personal, alejándonos de la negatividad como compañera de viaje.

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Mantener la ilusión

El ser humano tiene una personalidad propia, definida y única acorde a sus vivencias personales, aprendizaje diario y experiencias particulares que marcan su esencia singular y determinan su carácter, idiosincrasia y talante. Es decir, su modo de ser. Una naturaleza inherente que lo diferencia ante los demás individuos. Por todo ello podemos hacernos las siguientes preguntas: ¿por qué nos diferenciamos los individuos en nuestra forma de pensar? ¿Tenemos deseos e inquietudes compartidas? ¿Nos marcamos los mismos objetivos en la vida? En el transcurso de nuestra existencia vital los individuos tenemos unos anhelos e intereses por conquistar. Son sentimientos y percepciones que despiertan la ilusión. Una sensación de alegría y satisfacción ante nuestra confianza, deseo y ánimo. Son parte de nuestros ideales, utopías y sueños para materializarlos y poder alcanzarlos. Es una realización plena diferenciadora e individual que nos identifica, reconoce y distingue. Poniendo a la luz las creencias y principios que determinan las convicciones. Las ilusiones son esperanzas de alegría que despiertan nuestra complacencia personal, nos aportan entusiasmo, generan optimismo y priman nuestras ganas de culminación, que transmiten decisión y energía. Canalizan percepciones de conquistas y aspiraciones que colman nuestro espíritu y nos dan fuerza para poder seguir creyendo en lo que soñamos y pretendemos conseguir. Los propósitos y objetivos son un destino de las ilusiones, una determinación en nuestros procederes que buscan el resultado que aspiramos manteniendo nuestra coherencia en nuestros valores, que buscan impactos personales que dejen la huella necesaria para despertar nuestras emociones. A través de los pensamientos marcamos objetivos que comportan decisiones y resoluciones que necesitan del empeño y la voluntad como motivo de fin, en la determinación, y finalidad, en la meta, como pretensión e ideal de ilusión. Reavivemos nuestras fantasías, llenémoslas de vida que nos reconforte y nos dote del estímulo imprescindible para seguir luchando en lo que creemos. Busquemos en el empeño el mejor ahínco de esfuerzo y aliado ante la angustia y la ansiedad de las dificultades. Que nuestros objetivos no se vean fatigados ni afligidos ante las metas e ideales de nuestras determinaciones e intenciones para no renunciar en nuestro camino a seguir. Conservemos con firmeza nuestros afanes y esperanzas con la ambición y pretensión en poder conseguirlos. Nutramos las ilusiones con la seguridad y el aplomo que impulse nuestro ánimo para sentirnos vivos. Hagamos del empuje un verdadero aliento natural en donde las convicciones personales sean nuestro auténtico credo íntimo y particular. Una genuina ideología personal que nos aporte la ilusión necesaria que marque nuestras expectativas y vea en las acciones y actuaciones que realicemos la perspectiva real que nos dé la certeza, el amparo y la firmeza que conlleve la estabilidad en la creencia y defensa como garantía de confianza en nosotros mismos. No hay mayor tranquilidad que el convencimiento como verdad propia para mantener viva la ilusión. Una auténtica fortaleza y solidez que genera valor, entereza y serenidad necesaria para mantener la perseverancia y el equilibrio personal, que nos garantice la seguridad en conseguir las finalidades que ambicionamos. Auténticas ilusiones que distinguen las metas que deseamos y que son motivo de empeño propio en nuestras intenciones y objetivos de ilusión y deseo. Examinemos en nuestros fundamentos íntimos el destino de la consumación de las emociones, principios que nos dan la seguridad y la tranquilidad indispensable para mantener nuestras creencias intactas. Unámoslos a la constancia ante las metas que nos propongamos como ilusión para sentirnos vivos. Para ello, los sentimientos personales nos despiertan emociones, que aumentan la sensibilidad ante nuestro semejantes y la ternura humana, haciéndonos más receptivos ante los demás. Creamos en lo que hacemos, sintamos la esperanza sin perder el convencimiento de las decisiones que adoptemos; son la garantía, el aliento de vitalidad y el tesón particular de seguridad. No hay deseo que no ansíe como meta la ilusión. No hay aspiración sin ambición. No hay pasión que no necesite un empeño. No hay empeño sin esfuerzo. No hay ideal que no tenga una finalidad. Sigamos vivos y activos con ilusión y empuje. No la perdamos en un anhelo efímero ni en una impresión errónea de nuestros sentidos. Ha de ser una esperanza real a conseguir. Es el camino hacia la felicidad y el deseo. Es la emoción en estado sublime. Un verdadero sentimiento que sacia nuestro “yo” personal. Busquemos la satisfacción y mantengamos la ilusión como mejor acto de ambición y buen propósito.

 

 

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Cuando la vanidad de los líderes se convierte en un virus letal

Bien es sabido que la misión de un líder es motivar, con voluntad e interés manifiesta, a un grupo de personas dentro de una empresa u organización a través de su carisma, influencia y crédito, para la consecución de un objetivo común. Son cualidades y características innatas que lo definen, con valores de actuación dentro de sus diferentes ámbitos de responsabilidad, personalidad y comportamiento, determinando así sus capacidades, competencias e idoneidad adecuada. Una compatibilidad y conveniencia de utilidad apropiada en el desarrollo de la gestión y dirección de esfuerzos colectivos. Pero, ¿qué pasa cuando un líder es arrogante, insustancial y soberbio? Ante esta situación, estamos bajo la demostración palpable de líderes débiles y acomplejados que quieren encubrir su inferioridad, suficiencias, autoestima y falta de talento con el menosprecio por su rango jerárquico. Todo ello da lugar a un contagio general de decepción ambiental que provoca un sentimiento de insatisfacción en los equipos de trabajo, alejándolos de las expectativas de seguridad, esperanza, posibilidades y perspectivas. A partir de este momento, nos encontramos enfrente del líder con la figura del desaliento personificado. La viva estampa del adalid estándar que se convierte en portador del virus del pesimismo que infecta al grupo humano, lo enferma, provocando el desánimo, la frustración y el desengaño. Aquella respuesta emocional negativa de decepción personal y grupal que hace alejarnos de las metas y los objetivos marcados. Un líder vanidoso transmite una actitud de enorgullecimiento y arrogancia incompatible con la modestia y la naturalidad necesaria de llaneza en el trato, indispensables para poder trabajar en equipo cuando se quieren conseguir unos mismos fines y logros comunes. La calidad de un líder no solo se mide por sus competencias, sino también por su lado humano (vital en un compromiso de trabajo) y sus cualidades personales intrínsecas de humildad y modestia. De su sencillez natural de honestidad en el trabajo del día a día sin arrogancia ni altanería que no ahonde en la soberbia de la superioridad del cargo que ostenta. Donde no se endiose ni alardee de orgullo innecesario que lo aleje de cualquier sospecha de petulancia. Es necesario un líder que transmita un señorío sin descaro ni aires de grandeza infundada. Aquellos humos de distinción por su categoría o función que lo hacen inaccesible y arrogante. La personalidad de un líder adquiere valor y grandeza en su modo de ser y comportamiento con aquella sinceridad espontanea que aporta al grupo (valor añadido consustancial) y lo provee de familiaridad y calidad humana en todos sus procederes cotidianos. Aportando la confianza básica en el desempeño de las funciones a ejecutar, tanto a nivel grupal como de crecimiento personal. Un rasgo de líder donde impere la discreción y la humildad (sin importarle la jerarquía que ostenta) como norma y pauta de personalidad y relación laboral. Transmitiendo la afabilidad necesaria en el ejercicio rutinario hacia sus subordinados, siendo su ánimo el impulso de solidez imprescindible de positividad ante las decisiones que se adopten. Un aliento vital que es la esencia en cualquier estructura de trabajo que proporciona el carácter propio y genuino, generador del talante diferenciador que compromete y compacta en la unión a cualquier equipo humano dentro de una organización; dotando de las condiciones necesarias que creen y den lugar a ambientes de creatividad grupal. Convirtiéndose en moderador del acuerdo, avalador de la diferenciación en las ideas e impulsor del acuerdo y el consenso ante cualquier decisión profesada. Creando compromisos de distensión frente las dificultades, y propiciador de espacios de armonía en las determinaciones y resoluciones. Verdaderos presagios que hacen rebelarnos ante las complejidades y los inconvenientes como un antídoto a la indiferencia de los obstáculos. No hay líder que se precie de serlo que no disponga de una inteligencia interpersonal en las relaciones humanas para poder: entender, comprender y razonar sus decisiones desde la equidad y la justicia. Unos comportamientos que deben ir acompañados como razonamiento esencial de la franqueza en los actos, la veracidad en los sentimientos y la claridad en las emociones. Teniendo presente que las personas son el capital humano más importante dentro de cualquier entidad y sabiendo que hay que salvaguardar, cuidar y luchar por él, como valor y patrimonio vital necesario en la garantía del éxito. Si el peor enemigo en cualquier organización es la incompetencia de sus responsables, no hagamos que la vanidad de sus líderes se convierta en un virus letal a combatir y erradicar. La grandeza de un líder no se mide ni por su fatuidad ni por la pertenencia de vanidad que se pueda tener. Es en su sencillez personal donde debe residir su carta de presentación, razón de ser y merito personal.

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Un compromiso con nosotros mismos

El caminar por la vida del ser humano es un trayecto largo y complejo lleno de desafíos e incertidumbres incontroladas. Un vaivén de historias impredecibles que marcaran nuestra existencia vital. Ante ellas nos podemos preguntar: ¿sabemos a dónde vamos? ¿Creemos en lo que hacemos? ¿Somos fieles a nuestros ideales y principios? ¿Qué papel juegan nuestros valores en la vida? Muchos interrogantes que tienen un denominador común: no fallarnos a nosotros mismos. Un auténtico compromiso de competencia y quehacer personal que nos debe hacer crecer ante los obstáculos diarios que nos permitan la consecución de un objetivo concreto.
Aquel valor humano de responsabilidad ante las creencias personales y actitudes frente a los demás.
Las obras a realizar en el devenir de la vida no pueden quedar en simples intenciones o palabras incumplidas, sino en obligaciones implícitas contraídas que se han de consumar como indicativo de deber; valor intrínseco humano que nos ha de dignificar en cualquier faceta que realicemos en la vida ordinaria.
En el día a día, debemos afrontar metas, anhelos y proyectos con ilusión y esfuerzo, que hagan de palanca para dotar del impulso necesario el trato de actuación firme e inquebrantable de nuestra voluntad.
Un pacto de lucha y sacrificio lleno de fuerza para ejecutar nuestros acuerdos, sin excusas ni pretextos ante las dificultades, como acicate ante el desaliento y con la finalidad de poder seguir luchando por lo que profesamos.
Ya que somos nuestro mejor aliado y compañero de viaje, debemos portar el ánimo como estandarte y garantía en las circunstancias complejas que nos aparezcan, creando vínculos personales, compromisos de disposición y actitudes que definan nuestra personalidad y pauta.
Un contrato de motivación personal que determine nuestro carácter y unos rasgos que conformen nuestra forma de ser; verdaderas cualidades que deciden en nuestros procederes.
Puesto que “somos como somos”, nuestra personalidad detalla nuestras disposiciones prácticas y formas de entender lo que nos rodea. Es nuestro talante que forma parte de la identidad personal consustancial y natural que constituye el temperamento y la naturaleza propia individual (idiosincrasia y modo de ser).
Debemos creer en nosotros mismos, sin dudas ni incertidumbres, para poder decidir y confiar en nuestras suficiencias naturales en las relaciones humanas.
Una superación interna que conlleve una disciplina, una meta, una ilusión en lo que hacemos, y nos dé sentido a la vida. La alianza entre lo que “queremos hacer” y lo que “podemos hacer”.
Es la avenencia interna que nos dota de conformidad y unanimidad sin divagaciones ni rodeos. Aquella que está en concordancia con nuestros ideales y sentimientos ante cualquier situación que nos competa.
Una armonía que dictamine la paz interior y el equilibrio emocional. Auténtico entendimiento de avenencia a seguir y determinación ante los problemas y conflictos como escudo protector de los contratiempos, obligaciones contraídas y responsabilidades impuestas a cumplir.
El afán particular que conlleve un empeño de voluntad y sacrificio ante nuestras inquietudes y aspiraciones, donde la ambición no se pueda quedar en un solo deseo ni en una pretensión; al contrario, en una verdadera pasión por lo que hacemos y deseamos.
Un ahincó básico que impulse al máximo todo nuestro interés y decisión de constancia y voluntad inquebrantable.
Aquella perseverancia innata de tenacidad, motor e impulso del ánimo que nos genere el entusiasmo esencial ante cualquier empresa o tentativa que realicemos y nos libre de toda influencia negativa que se nos pueda presentar.
Una labor de ocupación que contribuya con esmero y diligencia en las intenciones y propósitos emprendidos. Todo ello sin renunciar ni rendirnos ante nuestros valores y principios. Por este motivo, la mejor persistencia de logro es mejorar y crecer, haciendo de la constancia una virtud de voluntad y entereza humana. Un estímulo de pasión y alegría que se convierta en un incentivo de recompensa moral y atractiva. El verdadero motivo y razón de lucha, compensación personal y renovación de fuerzas del alma y vigor físico. La fortaleza de dinamismo que nos haga fuertes ante cualquier resistencia, frustración o desencanto.
Un compromiso de comportamiento que venga acompañado de la firmeza en nuestros fundamentos, que nos dote del carácter y del ímpetu de la eficacia en nuestras capacidades y posibilidades de decisión.
El coraje que venza la fragilidad y la endeblez ante las indecisiones para no caer en dubitaciones ni vacilaciones.
No podemos abatirnos en dilemas estériles ni en pretextos ante los problemas y desconfianzas. Hagamos del compromiso con nosotros mismos una virtud inherente e intransferible, una creencia, una superación, un reto y sentido de vida.
Nuestro crecimiento personal es la mejor voluntad de cambio natural, transformación, deber propio y evolución humana.
Seamos como queremos ser.
Es nuestro mejor compromiso.

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Más allá del concepto de las cosas

Cualquier individuo, al nacer, tiene una forma de ser y de sentir propia ante lo que le envuelve y rodea; una manera de ver y entender la vida.
Un concepto donde el entendimiento, a través del pensamiento y la inteligencia, crea figuras mentales de significados diferentes en el devenir de nuestra existencia y que conforma una realidad personal en nuestra mente, dando lugar al conocimiento en su esencia innata.
La gestación de las ideas, preludio de una noción determinada de nuestra actividad y capacidad intelectual, transmite la opinión sobre las cosas que nos pasan, preocupan o interesan. Es la elaboración del juicio particular y parecer innato influido por medio de la absorción de la información que nos impregna. A través del cerebro, valoramos los elementos que nos suceden y nos dan valor propio en nuestras conductas de actuación.
El concepto de nuestra calidad como sujetos es la que nos debe dotar del significado de las evaluaciones sobre cualquier entidad, que son el titulo y el significado real de lo que somos y transmitimos por medio de la realidad que percibimos, proporcionándonos la pauta real e intransferible de nuestra condición humana personal.
La creación de un arquetipo definido es la clave que nos da la visión del mundo que observamos como imagen representativa de comprensión y entendimiento; aquella que nos debe ayudar en el criterio básico de todos los planes de progreso y avance mediante la abstracción de los conceptos que planean en nuestras sensaciones. Emociones que deberían servir como propósitos e intenciones, no únicamente reducidas a simples asuntos sino a la culminación de cualquier materia que nos mantenga en disposición, con las habilidades necesarias ante cualquier decisión a solventar.
Los conceptos sobre las cosas han de ser imágenes nítidas de imaginación y modelos que nos hagan adquirir el conocimiento de los estímulos que mejoren nuestras decisiones y opiniones, enriqueciendo nuestra aptitud ante lo que vayamos a emprender.
Unas actitudes de agudeza que den salida a nuestros pensamientos con ideas exclusivas, que conlleven una ideología connatural al ser humano; verdaderas creencias de nuestros idearios más íntimos.
Los razonamientos ante los conceptos de las cosas son reflexiones para el entendimiento. Son la parte de nuestro intelecto (aprendizaje de la mente), imaginación y cerebro. son el conocimiento de nuestras propias revelaciones que nos dan noción e idea de cómo somos realmente.
Aquellos mimbres que forman parte de principios auténticos, fundamentos individuales (nuestro abc particular) y estimación fortalecedora necesaria donde se nos crea la consideración que buscamos (innegable calificación de la persona).
Un dictamen que creamos de nuestra propia valoración especifica y en la que no podemos caer en conjeturas ni en vacilaciones de inseguridad.
Debemos buscar el prestigio interno para sentirnos mejor íntimamente por medio de nuestro crédito interior. Aquel que no necesitamos predicar ante nadie ni ante nada.
Es la capacidad de nuestros sentidos y sentimientos más profundos de sensatez y razón de ser. Una sincera y efectiva prudencia en nuestros procederes, auténtico baluarte de discreción y madurez plena.
Las ideas y el concepto de ellas son la mejor sentencia de nuestros procesos evolutivos exclusivos ante la vida y el mejor aspecto a demostrar ante los demás. Una auténtica presencia y apariencia de efecto que ha de ser el impacto de nuestra intuición; aquel golpe genuino que nos transporta a nuestros sentidos e impresiones. La estampación de cómo somos es el innegable rastro y camino de reconocimiento natural sin pretensiones, que nos debe proveer de una clase y categoría ante los demás como ejemplo y modelo.
Unas cualidades de bondad y méritos verdaderos que nos calificarán como aquellas personas nobles y naturales que debemos profesar.
Es nuestra cotización total y real una efectiva capacidad que podemos aportar con la utilidad del talento y la competencia. Un valor de provecho que beneficia a la sociedad en su conjunto. Un interés único de coraje positivo y virtud de reputación sana que da sentido, naturaleza y carácter a todo lo que hacemos. Una idiosincrasia propia, un modo de ser, rango y estado de exigencia que nos imponemos, con sus cualidades, condiciones y destrezas; genuino concepto sobre la vida del ser humano y el entorno que lo rodea.
No nos quedemos en la superficialidad de las cosas y vayamos más allá de su concepto y significado.

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Inteligencia comercial

La inteligencia comercial aglutina un cúmulo de suficiencias y capacidades comunicativas y emocionales que facultan y dotan, de forma ponderada, habilidades para comprender, razonar y tomar decisiones determinantes dentro de los procesos comerciales, empleando el talento como valor eficiente para ejecutar con éxito las estrategias de actuación que se vayan a implementar.
Cuando hablamos de inteligencia comercial, estamos poniendo en práctica un método de aprendizaje que no sólo busca la excelencia, sino que también busca un nuevo enfoque de la venta desde su perspectiva más humana. Aquella que va más allá de la simple transacción mercantil. Se trata de una relación comercial que conlleva intrínsecamente un vínculo determinado con el cliente donde compartir algo en común.
Y es, a través del pensamiento y el lenguaje, donde creamos nexos de correspondencia que confluyen en una relación de entendimiento. Estos son el génesis de la concepción de los marcos idóneos y humanos de transmisión de las emociones. Son aquellos que constituyen los procesos de acción en las estrategias de ventas, mediante el comportamiento, la reflexión en la actividad comercial y el ejercicio de la interacción comunicativa de vínculo entre el vendedor y el cliente, con la finalidad de respuesta y contribución por medio del producto o servicio en su beneficio como culminación de sus anhelos y prioridades.
Estamos ante un escenario en el cual el proceso de venta se convierte en un ejercicio de persuasión que requiere de un trato de relación e intercambio que haga de la comunicación el eje central clarificador que suponga, conjuntamente, el requisito indispensable y esencial de una actitud ética en su labor de proceder profesional, generador de confianza, credibilidad y compromiso.
La inteligencia comercial es una herramienta e instrumento de diagnóstico desde el conocimiento y el análisis que nos dota de información en base a la observación, para proceder con garantías desde una perspectiva ordenada y metódica en la valoración de las acciones ante los objetivos que nos marquemos.
Es por mediación del talento comercial donde se deben utilizar las capacidades de la persuasión razonada positiva que, puesta en práctica, tras el estudio de identificación de las necesidades de nuestro cliente, se acaba convirtiendo en una venta óptima. Se trata de una función de estudio que nos hace conocer mejor las sensaciones, percepciones y comportamientos personales de la relación comunicativa que tengamos con nuestro interlocutor en el transcurso de la venta, dentro de una argumentación competencial del producto o servicio.
En la interacción de la relación comercial se produce un acto recíproco desde su perspectiva de relación humana. Un momento donde confluyen la difusión del mensaje de la venta, su enlace con el cliente, su conexión de empatía, la notificación de sus motivaciones de compra, el aviso de respuesta y nuestro comunicado de solución que le demos.
En este contexto giran condicionantes que pueden alterar la venta y que debemos tratar con el máximo rigor y profesionalidad. Estamos hablando de las emociones bajo el prisma del sentimiento, parecer y opinión. Unas emociones que nos hacen comprender mejor a nuestro interlocutor por su comportamiento humano desde el razonamiento del sentir.
Un proceso comercial puede estar bien encauzado si no hay una variación profunda del ánimo que se convierta en una emoción negativa en particular que pueda causar una impresión desfavorable en la alteración del proceso de venta y modificación de opinión al respecto, redefiniendo sus planteamientos, intereses y conveniencias.
Al contrario, debemos reavivar al cliente su disposición al interés de nuestros productos o servicios, estimulando, desde la fortaleza comercial, una transmisión de energía que transmita satisfacción y contagio.
Dentro del proceso comercial, no hay mejor respuesta que la satisfacción; aquella que colma la necesidad y su cumplimiento. Aquella donde se consuman las expectativas del cliente y se da respuesta a la realización de lo esperado en sus objetivos, perspectivas y propósitos.
Desde la inteligencia comercial hay que generar sentimientos de esperanza que no defrauden ante lo esperado o deseado por el cliente como meta e inquietud propia.
La atención al cliente, la observación de sus necesidades y el interés por dar respuesta a sus prioridades, han de pasar, de una probabilidad, a posibilidad de certeza, y, de una esperanza, a una venta real.
Debemos buscar, en la inteligencia comercial, el soporte clave de los procedimientos y recursos que doten de la destreza y la habilidad como aprendizaje y experiencia que lleven al resultado marcado y fin deseado.
Una forma de actuar que requiere de unas competencias y habilidades para su consecución satisfactorias desde el conocimiento y los procedimientos emprendidos.
No hay mejor forma de implementar la inteligencia comercial que desde la receptividad de las sensaciones y el comportamiento de los clientes y sus necesidades, dotando de las soluciones a sus inquietudes por mediación de la profesionalidad ética en la actuación que realicemos.
Es la excelencia de la venta en estado puro y el espíritu de la inteligencia comercial puesta en marcha.

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La frustración de los equipos humanos en las empresas

Toda organización o empresa está compuesta por personas que, a través de estrategias definidas y planes de funcionamiento, conforman las políticas corporativas que definen su filosofía propia como entidad. Una pirámide humana entrelazada, en la cual cada elemento personal es un eslabón de una gran cadena que forma su valor como empresa.
Ya que la articulación de esta estructura es clave en su funcionamiento, actividad y puesta en marcha, sería conveniente hacernos la siguiente reflexión: ¿cómo incide el capital humano en el buen funcionamiento de una empresa? ¿Saben las empresas, gestionar y potenciar el talento de sus equipos de trabajo? ¿Fracasan las empresas por los aciertos de sus competidores o por sus propios errores?
Todas las preguntas tienen un denominador común. Si las empresas no saben administrar y dirigir la gestión efectiva de sus recursos humanos como patrimonio y riqueza empresarial estarán conduciendo a su colectivo de trabajadores a la frustración y el fracaso.
Es el momento en el cual las emociones que marcan el estado anímico de las personas y las conductas de actuación afectan a la relación laboral individual y conjunta en el día a día de una organización.
A partir de ahí, aparece un sentimiento de tristeza, decepción y desilusión ante expectativas que no se ven satisfechas al no poder conseguir lo pretendido, fruto de objetivos inalcanzados y necesidades no satisfechas que nos conducen al fracaso.
No hay una frustración en el ámbito profesional que no tenga unos orígenes, motivos y consecuencias. De las empresas depende el poner en práctica culturas corporativas que profundicen, no sólo en el beneficio neto de las organizaciones, sino también en buscar empleados felices.
Es necesario el aprovechamiento y la energía vital positiva del caudal laboral de una empresa como garante de rendimiento productivo y ganancia económica.
Ante la frustración de los equipos humanos se precisa un cambio de paradigma donde se analicen las estrategias corporativas que fomenten la mejora de sus procesos organizacionales.
Los líderes y mandos de dirección deben subsanar actuaciones erróneas en la gestión de gobierno de sus procesos de trabajo que vayan desde: políticas que promuevan la operatividad, la eficacia interna y la motivación del personal funcionarial. Que pase por la mejora de los procedimientos de trabajo por medio de una mejor sincronización interdepartamental de la estructura organizativa y que conlleve un aumento en la productividad. Se deberían implementar políticas que aprovechen y canalicen el talento de los colaboradores adecuadamente y que proporcionen funcionamientos más eficaces y resolutivos.
Las empresas necesitan antídotos que aprovechen al máximo el potencial de sus empleados en el desarrollo de sus habilidades y competencias, para así hacer frente al desanimo y a la frustración. Que deberían aportar valores de mejora personal y valor añadido que potenciasen los rendimientos individuales y conjuntos ante los proyectos y retos marcados. Son imprescindibles líderes con aptitudes y competencias que gestionen las actuaciones grupales, sabiendo poner freno ante la desmotivación, potenciando su desarrollo y crecimiento personal.
Auténticos líderes que han de estimular e impulsar el ánimo de su patrimonio humano como superación, fuerza e ímpetu, para inducir un estado emocional armónico en el ejercicio ocupacional.
El ánimo es indispensable ante las dificultades como arma de combate y superación. Contribuir al equilibrio vital es esencial para tener una buena salud mental, asegurándonos una mayor energía positiva con nosotros mismos y nuestro entorno común.
Se debería pensar en poner en práctica políticas organizativas que doten de espacios y climas de confort y que sirvan como estímulo y motivación ante ambientes nocivos que conlleven apatía, desaliento o derrotismo, alejados de cualquier estado viral de frustración y decepción.
La influencia de los líderes debe buscar labores de administración productivas de su personal laboral que los distancien de ambientes insanos y los acerquen a climas de confort, que comporten un reconocimiento personal en las tareas y quehaceres a realizar, siendo verdaderos delegados de innovación y cambio en el ejercicio de las competencias. Un auténtico estimulador en la gestión y dirección corporativa. Una vacuna efectiva de prevención ante cualquier situación difícil o contratiempo como estímulo y aportación global.
Los valores personales deben ser guiados por gestores que apuesten por la iniciativa individual fuente de creatividad ante proyectos definidos de compromiso conjunto.
Unos patrones que instauren un nuevo enfoque empresarial donde el crecimiento, la valoración y contribución de ideas creen sinergias mutuas entre la empresa y sus empleados, claves en la búsqueda del éxito de la misma.
En las empresas, los líderes no pueden hacer de la desilusión una bandera de la resignación de sus equipos de trabajo, sino impulsar la motivación personal ante cualquier proyecto como estímulo y esfuerzo general compartido para conseguir las metas pretendidas.
Ante la frustración, son determinantes: el esfuerzo, la voluntad y el valor; principios básicos de transformación, coraje y valentía ante las adversidades.
Ya que la mediocridad y el fracaso van de la mano, busquemos líderes que sepan conjugar esfuerzo y competencias con metas y objetivos.
Es el camino hacia el éxito y la victoria ante la frustración.
Viajemos hacia ella.

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Cuando las dudas se convierten en obstáculos a superar

En el devenir del tiempo, el ser humano busca respuestas de sí mismo y de lo que le envuelve a su alrededor. Pero, ¿cuántas preguntas no tienen respuesta ante nuestros interrogantes? ¿Por qué necesitamos contestaciones ante nuestras inquietudes? ¿Es la comprensión por medio de la razón algo innato en el ser humano?
El ser humano necesita la paz del saber; un conocimiento de lo desconocido y extraño. Una fuente de información necesaria que serene sus preocupaciones, dilemas y demandas de entendimiento y comprensión ante lo misterioso. Es cuando la inteligencia busca la razón ante lo ignorado. A partir de ahí, a través del pensamiento, buscamos los orígenes de nuestras dudas. Es la reflexión quien da juicio y argumenta nuestras vacilaciones personales y existenciales de la coyuntura ante los hechos que nos afectan y preocupan como individuos de una misma sociedad.
Ante los problemas y las soluciones, al ser humano se le presentan interrogantes y vacilaciones por las determinaciones que le influyen personalmente. Aparecen las incertidumbres y la falta de seguridad y confianza que le afectan en sus estados de acción, actuación y decisión. Es en ese momento en que las dudas se convierten en obstáculos.
Son circunstancias incontroladas que se convierten en titubeos y que pueden afectar en nuestras decisiones personales, profesionales y en nuestras acciones de conducta. Es decir, nuestras creencias íntimas de diferente naturaleza cogen una nueva perspectiva, un nuevo enfoque ante las diferentes alternativas y formas de ver que pueden perturbar y poner en cuestión todas nuestras formulaciones de aceptación personal y esquemas mentales predeterminados que tenemos como sujetos, con madurez y criterio.
En esta situación, nuestras pautas de costumbres no pueden tener como adversario nuestros miedos, frustraciones, dudas y debilidades que puedan interferir en nuestro leitmotiv de motivación personal y ejercicio individual. Una razón de ser personal e intransferible que no puede verse condicionada por agentes propios de la incertidumbre, que los conviertan en inconvenientes insuperables y que paralicen nuestras formas de ver la realidad de las cosas desde cualquier perspectiva, sentimiento y pensamiento racional.
Creer en uno mismo es el primer paso para que los demás puedan creer en nosotros y en nuestras posibilidades. Es una vacuna necesaria y obligada, un verdadero antídoto y pócima ante el freno que puedan comportar, derivadas por las incertezas de lo desconocido, las preguntas sin respuestas, los recelos injustificados o los planteamientos equivocados.
Las vacilaciones comportan y llevan consigo falta de decisiones y cuestionamientos propios que nos merman tanto a nivel personal como anímico. Son desconfianzas particulares que disminuyen nuestras posibilidades de crecimiento y desarrollo. Nos crean temores sin fundamento ni razón especifica justificada y nos llevan a suspicacias e incredulidades que favorecen al bloqueo mental interno.
Ya que las ideas parten de nuestro interior personal, transmiten nuestros valores y principios más profundos, aprovechemos nuestras convicciones alejando de ellas los interrogantes para que no se conviertan en trabas ni cortapisas que provoquen alteraciones de nuestros dogmas de fe, credos e ideales.
Las inquietudes no nos pueden alterar las seguridades y determinaciones de firmeza y garantía de lo que somos y queremos ser.
Cualquier vacilación siempre conlleva una inseguridad, desasosiego y titubeo ante cualquier cuestión o problema manifiesto.
No hagamos de la desconfianza un desconcierto ni preocupación que altere las decisiones que tomemos, sino al contrario, hagamos que se conviertan en opciones y elecciones de iniciativas con medidas de empuje, ímpetu y ánimo frente a las adversidades.
Veamos en el valor y la firmeza las virtudes imprescindibles que impliquen el sosiego y la tranquilidad indispensables ante las dificultades e impedimentos que nos eviten las complicaciones ante posibles barreras.
Afrontemos los problemas sin prejuicios ni recelos, todo lo contrario, encarémoslos con confianza, seguridad y aplomo.
Una decisión de diligencia y empuje natural que proporcione certidumbre verdadera a todo lo que hagamos y que nos dote de la garantía sobre nuestra competencia y capacitación personal. Una habilidad, aptitud potencial y talento frente al miedo de los fracasos, reveses y equivocaciones.
El coraje y los valores son la mejor eficacia de capacidad, suficiencias y méritos ante nuestros recelos y preocupaciones.
Hagamos de nuestros proyectos fuentes de empuje y brío, que nos dote de la determinación y la seguridad que llegue a combatir nuestra fragilidad.
La constancia y la tenacidad son la mejor inmunidad de defensa ante nuestras dudas y el mejor baluarte de solidez, avance y evaluación para no retroceder ante cualquier dificultad.
Busquemos en la determinación firme de nuestras actitudes el mejor parapeto y valor personal frente a los miedos y temores.
Que las dificultades no nos dejen perplejos en nuestro camino de progreso ni se conviertan en ningún impedimento ni hábito.
Superemos las dudas y no las convirtamos en obstáculos insalvables a superar.

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La motivación: un aliado que nos acerca a la meta

Todos sabemos que para conseguir y ver cumplida cualquier meta en la vida primero tenemos que desearla, luchar por ella y estar en disposición real de poder alcanzarla.
Una meta puede ser de cualquier índole (personal, material o económica). Pero, ¿tenemos el ánimo en ir a por ella? ¿Estamos en condición de conseguirla? ¿Conocemos nuestras competencias y flaquezas? ¿Están en sintonía nuestra voluntad y predisposición?
En este camino de deseo, nuestra motivación determina los hábitos de actuación de la perseverancia y la lucha que conllevan la tenacidad y el valor. Ante ello, nos podemos preguntar: ¿por qué es tan importante la motivación?
La motivación es un acicate que nos dota del impulso necesario que nos mantiene vivos, impactando en nuestra conducta como guía en la consecución de un determinado objetivo. Es la brújula que nos orienta hacia la meta; la razón de ser. Una causa de verdadero móvil de proceder plena genuina. Auténtico aliciente de conquista de nuestras convicciones e ideales. El acicate imprescindible que nos incentiva ante las dificultades y los retos. La finalidad por la que emprendemos nuestras ilusiones en legítimas conquistas a alcanzar.
Toda motivación conlleva un razonamiento y reflexión sobre lo que ansiamos, dotándonos de la inteligencia indispensable ante las decisiones que tomamos. Un juicio que nos hace discernir de las complejidades y dubitaciones que tengamos. Un plus de entendimiento y racionalidad. La comprensión determinante ante cualquier decisión a seguir. La lógica bien entendida que no nos haga dudar, pero que nos prevenga de los equívocos.
No hay motivación sin un “porqué”, sin un principio a seguir, ni un lugar donde transitar. Al revés, la motivación ha de ser un argumento, la explicación que de sentido a nuestras incertidumbres y vacilaciones. Que no sea una justificación, sino el categórico testimonio de “ser y estar”. Una tesis real y de verdad en la que creemos y sobre la que no dudamos si hay que luchar por ella. El acierto sin motivación siempre está condenado al fracaso. Es nuestro derecho a decidir. La justicia con nosotros mismos. Una fracción del tiempo que empleamos con la ilusión de un destino y meta. Verdadero origen de creencias y germen de ideas que buscan la culminación de un anhelo.
No existe empresa a culminar que no contenga una base y unos cimientos que la fortalezca; un sincero ideal y proyecto de empeño y perseverancia.
La motivación es un complemento de impulso, un asiento y apoyo firme en el caminar del destino. Una aspiración e innegable fin en el rumbo de nuestros propósitos. Conductor de sensaciones y emociones. Franco aliado y socio de fortunas e infortunios. Un seguidor que no falla y que siempre esta ahí.
Ya que todo esfuerzo necesita de un estímulo para conseguir un propósito, debemos mantener el afán de nuestras decisiones y quehaceres. Un empeño diferenciador en el trajín de las labores que desarrollemos. Un desvelo y celo en el ajetreo del devenir de las cosas ante los enigmas. Un necesario trabajo de voluntad y sacrificio personal diario. Donde nuestros anhelos han de conllevar ansias de ambición. Aquellos deseos innatos humanos y personales que transportan las aspiraciones y pretensiones en obras de pasión por lo que creemos. El ahínco esencial de esfuerzo, vehemencia e interés necesario que nos transmita el arrojo y la constancia en nuestros actos. Una acción y pauta de perseverancia y ánimo.
Mantengamos la constancia como fiel aliado de trabajo y sacrificio con el tesón y el entusiasmo frente las adversidades. Dotémonos de la paciencia como aportadora de seguridad y certidumbre ante la insistencia y la negatividad del desaliento.
La persistencia es la mejor aportación de fortaleza y solidez que nos dota de la estabilidad y el vigor de nuestro ánimo ante las influencias contrarias. Influencias que nos provocan desasosiego, ansiedad e inquietud. Luchemos contra ellas con la indiferencia y la renuncia a las mismas, dotándonos de la fuerza, el vigor y la energía de la resistencia y el ansia en nuestras creencias.
Transitemos con fortaleza en la búsqueda del fin de nuestros propósitos. Una función de movimiento y dinamismo que transite con energía y labor de ocupación. Intervención, potencia e ímpetu que debemos cultivar tanto a nivel del conocimiento como del crecimiento personal.
En este viaje de enigmas y desafíos ante el termino a conseguir; deben ir acompañadas de competencias y habilidades que complementen el esfuerzo y el aliento de nuestras aptitudes. Donde las intenciones y deseos sean firmes y tenaces. Sin que la irresolución de la fragilidad no tengan cabida en esta andadura.
Desterremos el aborrecimiento ante los sueños y afanes. El convencimiento del quehacer que empezamos nos marcara un origen y destino. Un origen clarificador sin dudas ni excusas. Que transporte un bagaje lleno de motivación; y que sea la cara que da lugar al impulso en la marcha del trayecto que nos debe acompañar y marcar el destino hacia la meta.
Lleguemos a ella con el mejor aliado, fiel, inquebrantable y necesario baluarte para el éxito final.

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