No hay esfuerzo perdido

Para conseguir cualquier fin en la vida, aparte del empeño y la fuerza personal, es necesario un esfuerzo mental de energía, ilusión y ganas. A pesar de ello, no siempre se consiguen todos los propósitos que se pretenden.
¿No obtener todos nuestros deseos justifica el esfuerzo realizado como un tiempo perdido? Claramente, la respuesta es no. Todo trabajo es un sacrificio donde se anteponen los anhelos a las dificultades. Un desvelo de afanes y pasiones donde deben imperar las ambiciones y las pretensiones en los logros para poder alcanzarlos.
En este ejercicio individual, el entusiasmo y la constancia son determinantes ante el ahínco impuesto para dotarnos de la capacidad indispensable en la resolución de conflictos con tesón y tenacidad. Una tarea en la cual las contrariedades e imprevistos no nos pueden hacer rendir y desistir de nuestras intenciones marcadas.
No hay que perder el ansia en lo que creemos, manifestando siempre un ímpetu ante la inquietud al fracaso, y el valor de las ganas para no desaprovechar el interés ni la importancia del sentir como virtud positiva de superación y desarrollo individual.
La actitud enérgica empleada en cualquier actividad denota la fuerza del vigor de las emociones frente a los obstáculos. Un efecto que conlleva el mérito de la capacidad y la utilidad provechosa particular de coraje noble de actuación y comportamiento. Una cualidad de disposición y talante que debemos practicar a modo de reafirmación de nuestra conducta y posicionamiento en las funciones que equipemos con capacidad de decisión innata.
Una reflexión que nos reafirme y nos haga ver que creer en nuestras posibilidades es un reto de fortaleza ante los designios e inquietudes. Su culminación positiva o negativa no debe implicar explícitamente un fracaso o un éxito. Al contrario, ha de ser el triunfo del criterio y la sensatez. Un estado de madurez y rectitud de pensamiento; verdadera reflexión de principios y evaluación propia.
Son nuestras normas personales y reglas íntimas que fortalecen las ideas y valoraciones que realizamos. Para ello, la voluntad es la virtud que ha de hacer de palanca en los objetivos que ejecutamos. Un estímulo de perseverancia que nos transmita el tesón y el empeño de la ambición como auténtico aliciente de las esperanzas, decisiones y pensamientos que tengamos. El guía que marca las metas dotándonos del empuje obligatorio en los proyectos y motivos de brega a seguir con decisión y firmeza en nuestros procederes.
Los comportamientos de actuación deben conllevar la valentía innata de respuesta en las soluciones y medidas a adoptar. Una disposición de empuje en las determinaciones y elecciones ante las iniciativas emprendidas de conformidad plena individual, que nos proporcione la armonía y el acicate imprescindible de la fuerza ante las dudas y las indecisiones.
Debemos alejarnos y hacer un esfuerzo para distanciarnos de las debilidades e indefiniciones que nos transmitan inseguridad y titubeos frente a cualquier problema, adversidad, recelo o desconfianza de los obstáculos que nos acucien, sin que puedan tener cabida las indeterminaciones ni las vaguedades en forma de entorpecimiento y turbación de nuestros esquemas mentales marcados.
El esfuerzo nunca puede ser un tiempo perdido, ya que es un compromiso inherente al ser humano de genuina obligación de principios en la contribución al crecimiento personal, maduración y aprendizaje interno, que nos enriquece a modo de progreso y evolución propia. Una innegable exposición de cómo somos en la ejecución de nuestros actos y su aprendizaje de perfeccionamiento y mejora.
Debemos buscar la creencia que nos dote de la certidumbre necesaria y la seguridad en el convencimiento de lo que hacemos con la evidencia de mantener las prioridades que forman parte de nuestras ideas y convicciones.
Son parte de nuestra verdad auténtica. Aquella firmeza intrínseca de estabilidad y fiabilidad existencial permanente de protección y amparo en el resguardo de defensa natural que genera la confianza, el aplomo y la seguridad. Un respaldo en las creencias e ideologías que dan realidad a nuestro ideario como prueba de demostración y empeño que necesitan de la tenacidad y la insistencia para dar valor y veracidad a nuestros actos comunes diarios.
Aquellas acciones que configuran nuestra aptitud y capacidad del talento y las competencias necesarias como método de eficacia, valentía y utilidad conveniente que nos hagan alcanzar la significación y el interés de nuestros valores que nos inmunicen de las dudas, dubitaciones y vacilaciones.
No podemos caer en nuestro propio engaño de insinceridad ni simulación. Debiendo dotarnos de la propia libertad recóndita que nos libere de los miedos y nos abastezca de la naturalidad y las ganas en las decisiones a practicar con planes e intenciones que transmitan el coraje de la autosuficiencia, empuje y aplomo.
El esfuerzo siempre busca un premio, una ganancia o una meta. Veamos en esta compensación, se logre o no, un reconocimiento propio, una complacencia y el agrado natural que nos aporte el equilibrio, la armonía y la dignidad por el trabajo bien hecho, a modo de gozo y bienestar que colme nuestras exigencias, premiándonos de alegría nuestras ambiciones y su lucha por ellas.
No hay esfuerzo perdido cuando cumplimos y nos sentimos satisfechos. Es el momento en que nos invade un sentimiento de pundonor y estima. Valoración positiva de lucha, creencia y fe humana.

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La humildad nos hace más humanos

La calidad de una sociedad va en concordancia a las cualidades humanas que ejercitan sus individuos: en su forma de actuar, proceder y comportarse.
Una sociedad que vive unos tiempos de cambios, dudas y transformaciones en sus hábitos de vida. Ante ello, vemos que hay valores que están quedando aparcados en detrimento de comportamientos individualistas, en que se valoran más los éxitos, el poder, la apariencia y el materialismo, que no, los valores humanos que conciernen a la persona con sus limitaciones y debilidades. Aquellos que buscan una sociedad más justa e igualitaria; con individuos que transmitan humildad en sus acciones cotidianas, sin egocentrismos y viendo la diferencia de las personas (pensamiento, origen, condición) en todos sus aspectos, no como un problema, sino como una virtud de riqueza humana.
La dignidad de una sociedad comienza con el comportamiento de sus individuos ante sus semejantes. Por tal motivo, es vital practicar, como modelo de vida, la humildad desde el respeto al prójimo, sabiendo escucharle y entenderle sin perjuicios a través de una perspectiva más amplia, real y justa. Viendo que la humildad nos muestra la esencia del ser humano, desde la sencillez y la llaneza plena de las personas con su naturalidad, tal cual es, sin tapujos ni corsés. Mostrando la parte más humana de la bondad y la discreción.
La humildad está reñida con la soberbia y el orgullo donde impera la arrogancia, la vanidad y la suntuosidad ante las cosas. Por mediación de la humildad, fortalecemos el espíritu contra el egoísmo de una sociedad donde sus individuos anteponen las cosas materiales a cualquier tipo de altruismo de aportación colectiva.
Una forma de contribución a la sociedad mediante la honestidad personal que nos dota de la bondad en los procederes que profesamos. Ejemplo de principios e integridad consustancial del ser humano que determina su moral como aval de naturaleza y condición natural propia.
Es a partir de la humildad, cuando vemos la perspectiva de la vida de una forma diferente y más fácil de sobrellevar. Un tránsito y quehacer de simpleza y sobriedad, donde la discreción no necesita de alardes que conlleven la ostentación, la jactancia desmesurada y una vanagloria desacerbada.
Es en la naturalidad más intima donde renace el verdadero ser humano, aquel que lucha por la justicia, sin importarle solamente su interés particular.
En una sociedad cambiante, con modelos de vida que buscan más las satisfacciones de los bienes materiales que los espirituales. Es cuando la humildad adquiere su máxima expresión para contrarrestar los comportamientos de soberbia, arrogancia y vanidad que busca la sociedad en ídolos donde reflejarse como garantía de una felicidad efímera a conseguir.
La felicidad personal no ha de basarse sólo en las apariencias de poder (sea cual sea), sino en el equilibrio interior que nos haga sentir aceptados por nosotros mismos. Es la forma de crecimiento personal que haga desarrollarnos y madurar a nivel humano; con un progreso de autoafirmación que sirva de ayuda y vacuna ante las dudas, incertidumbres y vacilaciones. La mejor forma de conocernos es actuar con la coherencia de los hechos y la actuaciones de nuestras ideas puestas en práctica. Ser uno mismo es una terapia de higiene mental saludable y necesaria.
El tránsito de la vida es un caminar complicado, con sus tonos claros y oscuros. Un viaje en que la naturalidad no debe ser una cortapisa que cambie nuestra forma de ser y comportarnos. Al revés, la virtud humana se mide por sus cualidades humanas; aquellas que nos hacen diferentes de la naturaleza.
Creemos sociedades con individuos que busquen su interior más dormido y por descubrir, sin tener miedo a mostrarse con sus miserias, grandezas y elementos maravillosos que poder ofrecer a los demás, y que se encuentran aletargados sin poder expresarse.
Aprovechando los sentimientos como formas de expresión de afectividad sin vergüenzas ni miramientos. Es en aquel instante cuando la emotividad resplandece y la sensibilidad adquiere su momento de máxima expresión.
Un tiempo en que la humildad ya está en el corazón humano, en sus entrañas más recónditas; en el fondo de su alma que llega al interior y nos fortalece como personas y seres humanos.
El alma como esencia que nos dota de la capacidad de sentir, pensar y razonar. Un ánimo del espíritu que nos llega al corazón en todo su esplendor.
Somos sustancia viva y esencia natural de vida. Un eje de acción y centro de actuación natural como individuos y personas que no necesitamos de exhibir con vanidad nuestras pertenencias, quehaceres o tareas emprendidas.
Alejémonos del ensalzamiento gratuito y del orgullo desmesurado ni justificado. No necesitamos exaltar cualidades personales que no nos corresponden por logros que podamos alcanzar, dotándonos de un orgullo desmedido que nos haga creer superiores ante los demás; con arrogancia, altanería y altivez.
Vivamos en una sociedad en que apostemos por nuestros valores y acciones propias, intentado aplicarlas en nuestras pequeñas parcelas diarias.
La suma de muchas acciones crearán parcelas que nos inmunicen contra los alardes, ostentaciones y endiosamientos que conllevan la soberbia y la lucha del hombre y su destino.
Forjemos una sociedad de personas donde impere el humanitarismo en el género humano y la inclinación hacia el bien común como virtud frente a la envidia, la competencia insana y el egocentrismo.
Hagamos de la humildad el mejor exponente para aceptarnos a nosotros y a los demás, con sencillez y sin dobleces como aportación de valor y capital humano.

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La rutina: un hábito insano de vida

La vida del ser humano es un caminar constante, una evolución ininterrumpida, un suma y sigue diario. Un trayecto prolongado sin pausa en el tiempo y con un equipaje cargado a nuestras espaldas como compañero de viaje fiel, que lleva consigo todo un bagaje de recuerdos, ilusiones logradas o perdidas, anhelos y retos en el aire. Una historia particular, única y personal donde nuestras esperanzas y deseos son el eje vertebrador, el estímulo ilusionante que nos hace sentir vivos y con ganas de conseguir todo aquello que ansiamos y todo aquello por lo que nos deleitamos. Aquel intervalo que expresa el resultado de nuestras acciones y cometidos, positivos o negativos, conseguidos o inalcanzados. Sin embargo, es en ese tránsito entre lo que “pudo ser y no fue” donde aparecen guardadas las experiencias más íntimas; recuerdos en estado puro, con sus virtudes y miserias; parte íntima al descubierto, sin corsés. Nuestra alma. Cuando uno hace recopilación de las expectativas y resultados obtenidos en el transcurso de su existencia, comparativa de “lo deseado y lo obtenido”, es cuando aparece la figura del “ya me vale”, el detonante, la pieza clave que da lugar al origen y preludio de la rutina. Es en ese momento cuando nuestras emociones sufren una alteración que nos conducen a la indiferencia; un estado de desidia y desinterés que adormece el atractivo sobre todo lo que nos rodea y afecta. Una inacción que perturba el dinamismo físico. Aquella energía que mantuvimos en nuestros empeños de antaño y que se van convirtiendo en una desgana y hastío. Un cambio de vida que nos reduce el vigor y transforma el ánimo en desaliento, quedando disminuido el estímulo en abatimiento y desesperanza. Ante esta rutina, aparece la nostalgia del recuerdo, “de lo que pasó y de lo que fui”, de “lo que logré y no pude lograr”. Es un estado de melancolía manifiesta que nos provoca aflicción; una pausa en el espacio que nos inmoviliza. Una parálisis general de abatimiento en la actuación y el pensamiento que nos ralentiza en cuerpo y alma en nuestro quehacer diario. Un auténtico bloqueo mental de reflexión y juicio que nos agarrota y anquilosa sin ideas ni pretensiones por alcanzar.  Es la rutina en estado puro; causa natural que precede de un acomodo de pasividad que es la causa y desencadenante de la inapetencia, el fastidio y la desmotivación. En consecuencia, tenemos la oportunidad de recuperar la pérdida de estímulos necesarios que sirvan de acicate y atractivo, que nos conlleven finalidades de reclamo para seguir ilusionándonos y nos hagan abandonar la abulia y la impotencia en nuestras ocupaciones. Un deterioro de la voluntad que nos lleva al abandono personal provocándonos una dejadez e impasibilidad hacia las cosas que realizamos. Una inercia que nos lleva al aburrimiento y al cansancio físico. Un auténtico tedio de hartura hacia aquello que nos rodea y nos despiertan una pereza injustificada. Es una soledad no buscada con nuestro presente que vivimos día a día. Un parón en el reloj del tiempo; verdadero hábito dañino como modelo insano de vida. Aquel aislamiento que nos hace perder nuestras viejas pasiones, aspiraciones y pretensiones por comenzar nuevos propósitos; ahínco vital basado en la búsqueda de retos que ya no tienen el empeño en sustituirlos por otros nuevos. Un esfuerzo perdido que ya no existe, un ánimo insalubre sin utilidad ni beneficio. Una merma valiosa como forma de vida adecuada y reconfortante. Es por ello que no podemos convertir la rutina ni en hábito ni en monotonía. No permitamos transfigurarla en una práctica de frecuencia diaria machacona e invariable. Ha de renacer el dinamismo personal que vuelva a crear nuevos estados emocionales que conlleven y nos aporten esparcimientos diferentes de realización individual ante el desuso de lo perdido. Una nueva orientación en nosotros mismos. Debemos ganar la propia batalla personal buscando en la distracción una nueva diversión y placer de ejercer cosas diferentes. Necesitamos de un cambio de paradigma, un esparcimiento que se convierta en pasatiempo nuevo que nos haga olvidar tiempos pasados de estancamiento, donde nos volvamos a gustar como personas; una metamorfosis que nos devuelva al camino que perdimos, a la magia de los sueños y que nos recobre hacia la satisfacción personal. Tenemos que recrear nuevas historias que nos deleiten y aporten el gozo y la complacencia con nuevas satisfacciones. Empecemos una expansión de acontecimientos que no tengan descanso ni detención ante cualquier coyuntura, que nos despierten el interés y versen en la solución de combatir la abulia y el tedio. Un cambio de experiencia con prácticas diferentes que eviten la reiteración de equívocos pasados para que no se reproduzcan y dejen su invariabilidad en el quehacer a realizar. Hagamos la transformación de la rutina por la vuelta a la distracción y la diversión bien entendida. Mantengamos un regocijo de energía a transmitir que nos recree en tiempos pasados satisfactorios y cree de nuestras aficiones individuales nuevos retos, metas y ambiciones. No hagamos de la vida una rutina insana, al contrario hagamos una nueva vida. Una variación de esquemas mentales de transformación única e intransferible. Comencemos a crear de nuevo, a soñar de nuevo. A sentir volar la imaginación convirtiendo la rutina del pasado en originalidad. Y apostemos por la novedad y la motivación como fuente saludable de vida.

 

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En el momento que la negatividad aparece como compañera de viaje

En el tránsito de la vida de las personas, todos sabemos que esta no es siempre un camino fácil y de color de rosa, pero tampoco hemos de pensar en un color negro total, sino encontrar los matices en función de las circunstancias, momentos y complejidades que vivimos (mejores y peores) en el transcurso de la misma. Esta percepción de la realidad varia en función del estado anímico en que nos encontramos, creándonos a veces unos esquemas distorsionados. Una apreciación irreal como consecuencia de nuestras propias contradicciones, que hacen de escudo y excusa ante lo que percibimos y nos rodea. Es el momento clave en que empezamos a sembrar la semilla que germinará en el tiempo y dará lugar al génesis y principio de la negatividad en toda su extensión y compañía. Una actitud perjudicial que afectará a nuestra disposición y comportamiento diario. Un efecto dañino que paralizará nuestra creatividad y estimulación de crecimiento personal. Es nuestro peor enemigo, aquel que nos provoca efectos adversos en nuestro estado anímico y relaciones humanas particulares. Una situación de estado desfavorable y dañino que nos vuelve pesimistas, forjando y dando lugar a ambientes insanos de relación que provocan contradicciones en nuestra forma de ser y pensar. Una negatividad incompatible con la armonía de una vida sana y beneficiosa, que se convierte en un enemigo interior exclusivo que mengua nuestros deseos y ambiciones de desarrollo. Un contendiente que nos hace infelices mermando nuestra higiene mental y despertando las inseguridades que son un obstáculo en la reafirmación de nuestras convicciones afirmativas ante la vida que se traducen en procederes provechosos. La negatividad nunca es favorable ni productiva, nos encierra y acota ante todo lo propicio y conveniente en nuestros avatares ordinarios. No es una pieza útil ni eficaz que podamos sacarle provecho. Al contrario, nos aísla de lo auténtico y verdadero. Siendo un seguro que nos distancia de la realidad y de cualquier objetivo que nos podamos marcar. Debemos ser rehaceos ante todo lo contradictorio que percibamos para no verlo incompatible y rival, sino al revés. La vida es una carrera competitiva en la que debemos asumir nuestras imperfecciones e infortunios con naturalidad favorable y conveniente; donde podemos sacar provecho y rendimiento ante los errores sin que nos invada ni aparezca el resentimiento. Hay que convertir la negatividad en virtud de conformidad adecuada, con un cambio de paradigma que sea propicio para un restablecimiento correcto que nos sirva como herramienta e instrumento ante nuestros miedos y frustraciones. Un efecto válido y eficiente que nos transmita una energía fructífera que colme nuestras aspiraciones y haga olvidar nuestros miedos, los cuales se podrían convertir al final en compañeros nocivos y pesimistas ante las contrariedades. No hagamos de los desastres e infortunios infelicidades improductivas, trabas o impedimentos en la búsqueda de soluciones, ya que solo nos comportaran fragilidad, debilidad y agotamiento. Convirtamos la negatividad en pasión por el cambio, la mejora y la transformación en personas nuevas, en proyectos nuevos y en talantes nuevos. No podemos deambular por la vida condicionados por corsés preestablecidos, insatisfacciones y logros no alcanzados. Hemos de juzgar las cosas y las situaciones que nos envuelven tanto a nivel de perspectivas adversas como también desde su vertiente más favorable. Los estados de negatividad conllevan sentimientos faltos de afecto que difunden emociones intimas carentes de una sensibilidad manifiesta ante las cosas. Son estados de aflicción, condenados a experimentar el desencanto y que provocan en nuestras creencias pensamientos de juicio relativos ante cualquier opinión. Unos dictámenes faltos de expectativas en un panorama donde sólo se ve una apariencia plana, vista engañosa y anticipada, que provoca impresiones de un efecto e impacto artificioso, en el que nuestra conciencia percibe estímulos que son recogidos por nuestros sentidos. Unas respuestas de emociones propias que influyen en nuestros pensamientos y posiciones ante cualquier forma de razonar, opinión o actuación. No busquemos compañeros de viaje de la desesperanza y el abatimiento (renunciemos a ellos) como manera de ser y estar diferentes. Motivémonos y tengamos hábitos de ilusión y optimismo saludables frente al pesimismo para nosotros y los demás, ya que ésta será la mejor eficacia de valor propio en nuestra evolución y conversión interna de renovación y nos dotará de un enfoque diferente ante las realidades, tal cual, sin prejuicios ni recelos establecidos. No viajemos con equipajes pesados que solamente nos conducen a la frustración y al desengaño; viajemos con maletas ligeras que lleven satisfacción y complacencia, que nos aporten armonía y plenitud personal, alejándonos de la negatividad como compañera de viaje.

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Mantener la ilusión

El ser humano tiene una personalidad propia, definida y única acorde a sus vivencias personales, aprendizaje diario y experiencias particulares que marcan su esencia singular y determinan su carácter, idiosincrasia y talante. Es decir, su modo de ser. Una naturaleza inherente que lo diferencia ante los demás individuos. Por todo ello podemos hacernos las siguientes preguntas: ¿por qué nos diferenciamos los individuos en nuestra forma de pensar? ¿Tenemos deseos e inquietudes compartidas? ¿Nos marcamos los mismos objetivos en la vida? En el transcurso de nuestra existencia vital los individuos tenemos unos anhelos e intereses por conquistar. Son sentimientos y percepciones que despiertan la ilusión. Una sensación de alegría y satisfacción ante nuestra confianza, deseo y ánimo. Son parte de nuestros ideales, utopías y sueños para materializarlos y poder alcanzarlos. Es una realización plena diferenciadora e individual que nos identifica, reconoce y distingue. Poniendo a la luz las creencias y principios que determinan las convicciones. Las ilusiones son esperanzas de alegría que despiertan nuestra complacencia personal, nos aportan entusiasmo, generan optimismo y priman nuestras ganas de culminación, que transmiten decisión y energía. Canalizan percepciones de conquistas y aspiraciones que colman nuestro espíritu y nos dan fuerza para poder seguir creyendo en lo que soñamos y pretendemos conseguir. Los propósitos y objetivos son un destino de las ilusiones, una determinación en nuestros procederes que buscan el resultado que aspiramos manteniendo nuestra coherencia en nuestros valores, que buscan impactos personales que dejen la huella necesaria para despertar nuestras emociones. A través de los pensamientos marcamos objetivos que comportan decisiones y resoluciones que necesitan del empeño y la voluntad como motivo de fin, en la determinación, y finalidad, en la meta, como pretensión e ideal de ilusión. Reavivemos nuestras fantasías, llenémoslas de vida que nos reconforte y nos dote del estímulo imprescindible para seguir luchando en lo que creemos. Busquemos en el empeño el mejor ahínco de esfuerzo y aliado ante la angustia y la ansiedad de las dificultades. Que nuestros objetivos no se vean fatigados ni afligidos ante las metas e ideales de nuestras determinaciones e intenciones para no renunciar en nuestro camino a seguir. Conservemos con firmeza nuestros afanes y esperanzas con la ambición y pretensión en poder conseguirlos. Nutramos las ilusiones con la seguridad y el aplomo que impulse nuestro ánimo para sentirnos vivos. Hagamos del empuje un verdadero aliento natural en donde las convicciones personales sean nuestro auténtico credo íntimo y particular. Una genuina ideología personal que nos aporte la ilusión necesaria que marque nuestras expectativas y vea en las acciones y actuaciones que realicemos la perspectiva real que nos dé la certeza, el amparo y la firmeza que conlleve la estabilidad en la creencia y defensa como garantía de confianza en nosotros mismos. No hay mayor tranquilidad que el convencimiento como verdad propia para mantener viva la ilusión. Una auténtica fortaleza y solidez que genera valor, entereza y serenidad necesaria para mantener la perseverancia y el equilibrio personal, que nos garantice la seguridad en conseguir las finalidades que ambicionamos. Auténticas ilusiones que distinguen las metas que deseamos y que son motivo de empeño propio en nuestras intenciones y objetivos de ilusión y deseo. Examinemos en nuestros fundamentos íntimos el destino de la consumación de las emociones, principios que nos dan la seguridad y la tranquilidad indispensable para mantener nuestras creencias intactas. Unámoslos a la constancia ante las metas que nos propongamos como ilusión para sentirnos vivos. Para ello, los sentimientos personales nos despiertan emociones, que aumentan la sensibilidad ante nuestro semejantes y la ternura humana, haciéndonos más receptivos ante los demás. Creamos en lo que hacemos, sintamos la esperanza sin perder el convencimiento de las decisiones que adoptemos; son la garantía, el aliento de vitalidad y el tesón particular de seguridad. No hay deseo que no ansíe como meta la ilusión. No hay aspiración sin ambición. No hay pasión que no necesite un empeño. No hay empeño sin esfuerzo. No hay ideal que no tenga una finalidad. Sigamos vivos y activos con ilusión y empuje. No la perdamos en un anhelo efímero ni en una impresión errónea de nuestros sentidos. Ha de ser una esperanza real a conseguir. Es el camino hacia la felicidad y el deseo. Es la emoción en estado sublime. Un verdadero sentimiento que sacia nuestro “yo” personal. Busquemos la satisfacción y mantengamos la ilusión como mejor acto de ambición y buen propósito.

 

 

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Cuando la vanidad de los líderes se convierte en un virus letal

Bien es sabido que la misión de un líder es motivar, con voluntad e interés manifiesta, a un grupo de personas dentro de una empresa u organización a través de su carisma, influencia y crédito, para la consecución de un objetivo común. Son cualidades y características innatas que lo definen, con valores de actuación dentro de sus diferentes ámbitos de responsabilidad, personalidad y comportamiento, determinando así sus capacidades, competencias e idoneidad adecuada. Una compatibilidad y conveniencia de utilidad apropiada en el desarrollo de la gestión y dirección de esfuerzos colectivos. Pero, ¿qué pasa cuando un líder es arrogante, insustancial y soberbio? Ante esta situación, estamos bajo la demostración palpable de líderes débiles y acomplejados que quieren encubrir su inferioridad, suficiencias, autoestima y falta de talento con el menosprecio por su rango jerárquico. Todo ello da lugar a un contagio general de decepción ambiental que provoca un sentimiento de insatisfacción en los equipos de trabajo, alejándolos de las expectativas de seguridad, esperanza, posibilidades y perspectivas. A partir de este momento, nos encontramos enfrente del líder con la figura del desaliento personificado. La viva estampa del adalid estándar que se convierte en portador del virus del pesimismo que infecta al grupo humano, lo enferma, provocando el desánimo, la frustración y el desengaño. Aquella respuesta emocional negativa de decepción personal y grupal que hace alejarnos de las metas y los objetivos marcados. Un líder vanidoso transmite una actitud de enorgullecimiento y arrogancia incompatible con la modestia y la naturalidad necesaria de llaneza en el trato, indispensables para poder trabajar en equipo cuando se quieren conseguir unos mismos fines y logros comunes. La calidad de un líder no solo se mide por sus competencias, sino también por su lado humano (vital en un compromiso de trabajo) y sus cualidades personales intrínsecas de humildad y modestia. De su sencillez natural de honestidad en el trabajo del día a día sin arrogancia ni altanería que no ahonde en la soberbia de la superioridad del cargo que ostenta. Donde no se endiose ni alardee de orgullo innecesario que lo aleje de cualquier sospecha de petulancia. Es necesario un líder que transmita un señorío sin descaro ni aires de grandeza infundada. Aquellos humos de distinción por su categoría o función que lo hacen inaccesible y arrogante. La personalidad de un líder adquiere valor y grandeza en su modo de ser y comportamiento con aquella sinceridad espontanea que aporta al grupo (valor añadido consustancial) y lo provee de familiaridad y calidad humana en todos sus procederes cotidianos. Aportando la confianza básica en el desempeño de las funciones a ejecutar, tanto a nivel grupal como de crecimiento personal. Un rasgo de líder donde impere la discreción y la humildad (sin importarle la jerarquía que ostenta) como norma y pauta de personalidad y relación laboral. Transmitiendo la afabilidad necesaria en el ejercicio rutinario hacia sus subordinados, siendo su ánimo el impulso de solidez imprescindible de positividad ante las decisiones que se adopten. Un aliento vital que es la esencia en cualquier estructura de trabajo que proporciona el carácter propio y genuino, generador del talante diferenciador que compromete y compacta en la unión a cualquier equipo humano dentro de una organización; dotando de las condiciones necesarias que creen y den lugar a ambientes de creatividad grupal. Convirtiéndose en moderador del acuerdo, avalador de la diferenciación en las ideas e impulsor del acuerdo y el consenso ante cualquier decisión profesada. Creando compromisos de distensión frente las dificultades, y propiciador de espacios de armonía en las determinaciones y resoluciones. Verdaderos presagios que hacen rebelarnos ante las complejidades y los inconvenientes como un antídoto a la indiferencia de los obstáculos. No hay líder que se precie de serlo que no disponga de una inteligencia interpersonal en las relaciones humanas para poder: entender, comprender y razonar sus decisiones desde la equidad y la justicia. Unos comportamientos que deben ir acompañados como razonamiento esencial de la franqueza en los actos, la veracidad en los sentimientos y la claridad en las emociones. Teniendo presente que las personas son el capital humano más importante dentro de cualquier entidad y sabiendo que hay que salvaguardar, cuidar y luchar por él, como valor y patrimonio vital necesario en la garantía del éxito. Si el peor enemigo en cualquier organización es la incompetencia de sus responsables, no hagamos que la vanidad de sus líderes se convierta en un virus letal a combatir y erradicar. La grandeza de un líder no se mide ni por su fatuidad ni por la pertenencia de vanidad que se pueda tener. Es en su sencillez personal donde debe residir su carta de presentación, razón de ser y merito personal.

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Un compromiso con nosotros mismos

El caminar por la vida del ser humano es un trayecto largo y complejo lleno de desafíos e incertidumbres incontroladas. Un vaivén de historias impredecibles que marcaran nuestra existencia vital. Ante ellas nos podemos preguntar: ¿sabemos a dónde vamos? ¿Creemos en lo que hacemos? ¿Somos fieles a nuestros ideales y principios? ¿Qué papel juegan nuestros valores en la vida? Muchos interrogantes que tienen un denominador común: no fallarnos a nosotros mismos. Un auténtico compromiso de competencia y quehacer personal que nos debe hacer crecer ante los obstáculos diarios que nos permitan la consecución de un objetivo concreto.
Aquel valor humano de responsabilidad ante las creencias personales y actitudes frente a los demás.
Las obras a realizar en el devenir de la vida no pueden quedar en simples intenciones o palabras incumplidas, sino en obligaciones implícitas contraídas que se han de consumar como indicativo de deber; valor intrínseco humano que nos ha de dignificar en cualquier faceta que realicemos en la vida ordinaria.
En el día a día, debemos afrontar metas, anhelos y proyectos con ilusión y esfuerzo, que hagan de palanca para dotar del impulso necesario el trato de actuación firme e inquebrantable de nuestra voluntad.
Un pacto de lucha y sacrificio lleno de fuerza para ejecutar nuestros acuerdos, sin excusas ni pretextos ante las dificultades, como acicate ante el desaliento y con la finalidad de poder seguir luchando por lo que profesamos.
Ya que somos nuestro mejor aliado y compañero de viaje, debemos portar el ánimo como estandarte y garantía en las circunstancias complejas que nos aparezcan, creando vínculos personales, compromisos de disposición y actitudes que definan nuestra personalidad y pauta.
Un contrato de motivación personal que determine nuestro carácter y unos rasgos que conformen nuestra forma de ser; verdaderas cualidades que deciden en nuestros procederes.
Puesto que “somos como somos”, nuestra personalidad detalla nuestras disposiciones prácticas y formas de entender lo que nos rodea. Es nuestro talante que forma parte de la identidad personal consustancial y natural que constituye el temperamento y la naturaleza propia individual (idiosincrasia y modo de ser).
Debemos creer en nosotros mismos, sin dudas ni incertidumbres, para poder decidir y confiar en nuestras suficiencias naturales en las relaciones humanas.
Una superación interna que conlleve una disciplina, una meta, una ilusión en lo que hacemos, y nos dé sentido a la vida. La alianza entre lo que “queremos hacer” y lo que “podemos hacer”.
Es la avenencia interna que nos dota de conformidad y unanimidad sin divagaciones ni rodeos. Aquella que está en concordancia con nuestros ideales y sentimientos ante cualquier situación que nos competa.
Una armonía que dictamine la paz interior y el equilibrio emocional. Auténtico entendimiento de avenencia a seguir y determinación ante los problemas y conflictos como escudo protector de los contratiempos, obligaciones contraídas y responsabilidades impuestas a cumplir.
El afán particular que conlleve un empeño de voluntad y sacrificio ante nuestras inquietudes y aspiraciones, donde la ambición no se pueda quedar en un solo deseo ni en una pretensión; al contrario, en una verdadera pasión por lo que hacemos y deseamos.
Un ahincó básico que impulse al máximo todo nuestro interés y decisión de constancia y voluntad inquebrantable.
Aquella perseverancia innata de tenacidad, motor e impulso del ánimo que nos genere el entusiasmo esencial ante cualquier empresa o tentativa que realicemos y nos libre de toda influencia negativa que se nos pueda presentar.
Una labor de ocupación que contribuya con esmero y diligencia en las intenciones y propósitos emprendidos. Todo ello sin renunciar ni rendirnos ante nuestros valores y principios. Por este motivo, la mejor persistencia de logro es mejorar y crecer, haciendo de la constancia una virtud de voluntad y entereza humana. Un estímulo de pasión y alegría que se convierta en un incentivo de recompensa moral y atractiva. El verdadero motivo y razón de lucha, compensación personal y renovación de fuerzas del alma y vigor físico. La fortaleza de dinamismo que nos haga fuertes ante cualquier resistencia, frustración o desencanto.
Un compromiso de comportamiento que venga acompañado de la firmeza en nuestros fundamentos, que nos dote del carácter y del ímpetu de la eficacia en nuestras capacidades y posibilidades de decisión.
El coraje que venza la fragilidad y la endeblez ante las indecisiones para no caer en dubitaciones ni vacilaciones.
No podemos abatirnos en dilemas estériles ni en pretextos ante los problemas y desconfianzas. Hagamos del compromiso con nosotros mismos una virtud inherente e intransferible, una creencia, una superación, un reto y sentido de vida.
Nuestro crecimiento personal es la mejor voluntad de cambio natural, transformación, deber propio y evolución humana.
Seamos como queremos ser.
Es nuestro mejor compromiso.

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Más allá del concepto de las cosas

Cualquier individuo, al nacer, tiene una forma de ser y de sentir propia ante lo que le envuelve y rodea; una manera de ver y entender la vida.
Un concepto donde el entendimiento, a través del pensamiento y la inteligencia, crea figuras mentales de significados diferentes en el devenir de nuestra existencia y que conforma una realidad personal en nuestra mente, dando lugar al conocimiento en su esencia innata.
La gestación de las ideas, preludio de una noción determinada de nuestra actividad y capacidad intelectual, transmite la opinión sobre las cosas que nos pasan, preocupan o interesan. Es la elaboración del juicio particular y parecer innato influido por medio de la absorción de la información que nos impregna. A través del cerebro, valoramos los elementos que nos suceden y nos dan valor propio en nuestras conductas de actuación.
El concepto de nuestra calidad como sujetos es la que nos debe dotar del significado de las evaluaciones sobre cualquier entidad, que son el titulo y el significado real de lo que somos y transmitimos por medio de la realidad que percibimos, proporcionándonos la pauta real e intransferible de nuestra condición humana personal.
La creación de un arquetipo definido es la clave que nos da la visión del mundo que observamos como imagen representativa de comprensión y entendimiento; aquella que nos debe ayudar en el criterio básico de todos los planes de progreso y avance mediante la abstracción de los conceptos que planean en nuestras sensaciones. Emociones que deberían servir como propósitos e intenciones, no únicamente reducidas a simples asuntos sino a la culminación de cualquier materia que nos mantenga en disposición, con las habilidades necesarias ante cualquier decisión a solventar.
Los conceptos sobre las cosas han de ser imágenes nítidas de imaginación y modelos que nos hagan adquirir el conocimiento de los estímulos que mejoren nuestras decisiones y opiniones, enriqueciendo nuestra aptitud ante lo que vayamos a emprender.
Unas actitudes de agudeza que den salida a nuestros pensamientos con ideas exclusivas, que conlleven una ideología connatural al ser humano; verdaderas creencias de nuestros idearios más íntimos.
Los razonamientos ante los conceptos de las cosas son reflexiones para el entendimiento. Son la parte de nuestro intelecto (aprendizaje de la mente), imaginación y cerebro. son el conocimiento de nuestras propias revelaciones que nos dan noción e idea de cómo somos realmente.
Aquellos mimbres que forman parte de principios auténticos, fundamentos individuales (nuestro abc particular) y estimación fortalecedora necesaria donde se nos crea la consideración que buscamos (innegable calificación de la persona).
Un dictamen que creamos de nuestra propia valoración especifica y en la que no podemos caer en conjeturas ni en vacilaciones de inseguridad.
Debemos buscar el prestigio interno para sentirnos mejor íntimamente por medio de nuestro crédito interior. Aquel que no necesitamos predicar ante nadie ni ante nada.
Es la capacidad de nuestros sentidos y sentimientos más profundos de sensatez y razón de ser. Una sincera y efectiva prudencia en nuestros procederes, auténtico baluarte de discreción y madurez plena.
Las ideas y el concepto de ellas son la mejor sentencia de nuestros procesos evolutivos exclusivos ante la vida y el mejor aspecto a demostrar ante los demás. Una auténtica presencia y apariencia de efecto que ha de ser el impacto de nuestra intuición; aquel golpe genuino que nos transporta a nuestros sentidos e impresiones. La estampación de cómo somos es el innegable rastro y camino de reconocimiento natural sin pretensiones, que nos debe proveer de una clase y categoría ante los demás como ejemplo y modelo.
Unas cualidades de bondad y méritos verdaderos que nos calificarán como aquellas personas nobles y naturales que debemos profesar.
Es nuestra cotización total y real una efectiva capacidad que podemos aportar con la utilidad del talento y la competencia. Un valor de provecho que beneficia a la sociedad en su conjunto. Un interés único de coraje positivo y virtud de reputación sana que da sentido, naturaleza y carácter a todo lo que hacemos. Una idiosincrasia propia, un modo de ser, rango y estado de exigencia que nos imponemos, con sus cualidades, condiciones y destrezas; genuino concepto sobre la vida del ser humano y el entorno que lo rodea.
No nos quedemos en la superficialidad de las cosas y vayamos más allá de su concepto y significado.

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Inteligencia comercial

La inteligencia comercial aglutina un cúmulo de suficiencias y capacidades comunicativas y emocionales que facultan y dotan, de forma ponderada, habilidades para comprender, razonar y tomar decisiones determinantes dentro de los procesos comerciales, empleando el talento como valor eficiente para ejecutar con éxito las estrategias de actuación que se vayan a implementar.
Cuando hablamos de inteligencia comercial, estamos poniendo en práctica un método de aprendizaje que no sólo busca la excelencia, sino que también busca un nuevo enfoque de la venta desde su perspectiva más humana. Aquella que va más allá de la simple transacción mercantil. Se trata de una relación comercial que conlleva intrínsecamente un vínculo determinado con el cliente donde compartir algo en común.
Y es, a través del pensamiento y el lenguaje, donde creamos nexos de correspondencia que confluyen en una relación de entendimiento. Estos son el génesis de la concepción de los marcos idóneos y humanos de transmisión de las emociones. Son aquellos que constituyen los procesos de acción en las estrategias de ventas, mediante el comportamiento, la reflexión en la actividad comercial y el ejercicio de la interacción comunicativa de vínculo entre el vendedor y el cliente, con la finalidad de respuesta y contribución por medio del producto o servicio en su beneficio como culminación de sus anhelos y prioridades.
Estamos ante un escenario en el cual el proceso de venta se convierte en un ejercicio de persuasión que requiere de un trato de relación e intercambio que haga de la comunicación el eje central clarificador que suponga, conjuntamente, el requisito indispensable y esencial de una actitud ética en su labor de proceder profesional, generador de confianza, credibilidad y compromiso.
La inteligencia comercial es una herramienta e instrumento de diagnóstico desde el conocimiento y el análisis que nos dota de información en base a la observación, para proceder con garantías desde una perspectiva ordenada y metódica en la valoración de las acciones ante los objetivos que nos marquemos.
Es por mediación del talento comercial donde se deben utilizar las capacidades de la persuasión razonada positiva que, puesta en práctica, tras el estudio de identificación de las necesidades de nuestro cliente, se acaba convirtiendo en una venta óptima. Se trata de una función de estudio que nos hace conocer mejor las sensaciones, percepciones y comportamientos personales de la relación comunicativa que tengamos con nuestro interlocutor en el transcurso de la venta, dentro de una argumentación competencial del producto o servicio.
En la interacción de la relación comercial se produce un acto recíproco desde su perspectiva de relación humana. Un momento donde confluyen la difusión del mensaje de la venta, su enlace con el cliente, su conexión de empatía, la notificación de sus motivaciones de compra, el aviso de respuesta y nuestro comunicado de solución que le demos.
En este contexto giran condicionantes que pueden alterar la venta y que debemos tratar con el máximo rigor y profesionalidad. Estamos hablando de las emociones bajo el prisma del sentimiento, parecer y opinión. Unas emociones que nos hacen comprender mejor a nuestro interlocutor por su comportamiento humano desde el razonamiento del sentir.
Un proceso comercial puede estar bien encauzado si no hay una variación profunda del ánimo que se convierta en una emoción negativa en particular que pueda causar una impresión desfavorable en la alteración del proceso de venta y modificación de opinión al respecto, redefiniendo sus planteamientos, intereses y conveniencias.
Al contrario, debemos reavivar al cliente su disposición al interés de nuestros productos o servicios, estimulando, desde la fortaleza comercial, una transmisión de energía que transmita satisfacción y contagio.
Dentro del proceso comercial, no hay mejor respuesta que la satisfacción; aquella que colma la necesidad y su cumplimiento. Aquella donde se consuman las expectativas del cliente y se da respuesta a la realización de lo esperado en sus objetivos, perspectivas y propósitos.
Desde la inteligencia comercial hay que generar sentimientos de esperanza que no defrauden ante lo esperado o deseado por el cliente como meta e inquietud propia.
La atención al cliente, la observación de sus necesidades y el interés por dar respuesta a sus prioridades, han de pasar, de una probabilidad, a posibilidad de certeza, y, de una esperanza, a una venta real.
Debemos buscar, en la inteligencia comercial, el soporte clave de los procedimientos y recursos que doten de la destreza y la habilidad como aprendizaje y experiencia que lleven al resultado marcado y fin deseado.
Una forma de actuar que requiere de unas competencias y habilidades para su consecución satisfactorias desde el conocimiento y los procedimientos emprendidos.
No hay mejor forma de implementar la inteligencia comercial que desde la receptividad de las sensaciones y el comportamiento de los clientes y sus necesidades, dotando de las soluciones a sus inquietudes por mediación de la profesionalidad ética en la actuación que realicemos.
Es la excelencia de la venta en estado puro y el espíritu de la inteligencia comercial puesta en marcha.

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La frustración de los equipos humanos en las empresas

Toda organización o empresa está compuesta por personas que, a través de estrategias definidas y planes de funcionamiento, conforman las políticas corporativas que definen su filosofía propia como entidad. Una pirámide humana entrelazada, en la cual cada elemento personal es un eslabón de una gran cadena que forma su valor como empresa.
Ya que la articulación de esta estructura es clave en su funcionamiento, actividad y puesta en marcha, sería conveniente hacernos la siguiente reflexión: ¿cómo incide el capital humano en el buen funcionamiento de una empresa? ¿Saben las empresas, gestionar y potenciar el talento de sus equipos de trabajo? ¿Fracasan las empresas por los aciertos de sus competidores o por sus propios errores?
Todas las preguntas tienen un denominador común. Si las empresas no saben administrar y dirigir la gestión efectiva de sus recursos humanos como patrimonio y riqueza empresarial estarán conduciendo a su colectivo de trabajadores a la frustración y el fracaso.
Es el momento en el cual las emociones que marcan el estado anímico de las personas y las conductas de actuación afectan a la relación laboral individual y conjunta en el día a día de una organización.
A partir de ahí, aparece un sentimiento de tristeza, decepción y desilusión ante expectativas que no se ven satisfechas al no poder conseguir lo pretendido, fruto de objetivos inalcanzados y necesidades no satisfechas que nos conducen al fracaso.
No hay una frustración en el ámbito profesional que no tenga unos orígenes, motivos y consecuencias. De las empresas depende el poner en práctica culturas corporativas que profundicen, no sólo en el beneficio neto de las organizaciones, sino también en buscar empleados felices.
Es necesario el aprovechamiento y la energía vital positiva del caudal laboral de una empresa como garante de rendimiento productivo y ganancia económica.
Ante la frustración de los equipos humanos se precisa un cambio de paradigma donde se analicen las estrategias corporativas que fomenten la mejora de sus procesos organizacionales.
Los líderes y mandos de dirección deben subsanar actuaciones erróneas en la gestión de gobierno de sus procesos de trabajo que vayan desde: políticas que promuevan la operatividad, la eficacia interna y la motivación del personal funcionarial. Que pase por la mejora de los procedimientos de trabajo por medio de una mejor sincronización interdepartamental de la estructura organizativa y que conlleve un aumento en la productividad. Se deberían implementar políticas que aprovechen y canalicen el talento de los colaboradores adecuadamente y que proporcionen funcionamientos más eficaces y resolutivos.
Las empresas necesitan antídotos que aprovechen al máximo el potencial de sus empleados en el desarrollo de sus habilidades y competencias, para así hacer frente al desanimo y a la frustración. Que deberían aportar valores de mejora personal y valor añadido que potenciasen los rendimientos individuales y conjuntos ante los proyectos y retos marcados. Son imprescindibles líderes con aptitudes y competencias que gestionen las actuaciones grupales, sabiendo poner freno ante la desmotivación, potenciando su desarrollo y crecimiento personal.
Auténticos líderes que han de estimular e impulsar el ánimo de su patrimonio humano como superación, fuerza e ímpetu, para inducir un estado emocional armónico en el ejercicio ocupacional.
El ánimo es indispensable ante las dificultades como arma de combate y superación. Contribuir al equilibrio vital es esencial para tener una buena salud mental, asegurándonos una mayor energía positiva con nosotros mismos y nuestro entorno común.
Se debería pensar en poner en práctica políticas organizativas que doten de espacios y climas de confort y que sirvan como estímulo y motivación ante ambientes nocivos que conlleven apatía, desaliento o derrotismo, alejados de cualquier estado viral de frustración y decepción.
La influencia de los líderes debe buscar labores de administración productivas de su personal laboral que los distancien de ambientes insanos y los acerquen a climas de confort, que comporten un reconocimiento personal en las tareas y quehaceres a realizar, siendo verdaderos delegados de innovación y cambio en el ejercicio de las competencias. Un auténtico estimulador en la gestión y dirección corporativa. Una vacuna efectiva de prevención ante cualquier situación difícil o contratiempo como estímulo y aportación global.
Los valores personales deben ser guiados por gestores que apuesten por la iniciativa individual fuente de creatividad ante proyectos definidos de compromiso conjunto.
Unos patrones que instauren un nuevo enfoque empresarial donde el crecimiento, la valoración y contribución de ideas creen sinergias mutuas entre la empresa y sus empleados, claves en la búsqueda del éxito de la misma.
En las empresas, los líderes no pueden hacer de la desilusión una bandera de la resignación de sus equipos de trabajo, sino impulsar la motivación personal ante cualquier proyecto como estímulo y esfuerzo general compartido para conseguir las metas pretendidas.
Ante la frustración, son determinantes: el esfuerzo, la voluntad y el valor; principios básicos de transformación, coraje y valentía ante las adversidades.
Ya que la mediocridad y el fracaso van de la mano, busquemos líderes que sepan conjugar esfuerzo y competencias con metas y objetivos.
Es el camino hacia el éxito y la victoria ante la frustración.
Viajemos hacia ella.

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