El miedo ante la toma de decisiones

El ser humano, como ser social, es participe del entorno que lo rodea en todas sus parcelas y espacios. Miembro de una sociedad, coopera y actúa en una interacción de relación en sus diferentes ámbitos de convivencia (personal, laboral, social) y quehacer diario con eventualidades de diferente índole que le envuelven y ha de afrontar con determinaciones y posicionamientos personales.
Unas actitudes ante determinadas posturas de comportamiento dan origen y lugar a la toma de decisiones. Bien es sabido, que toda decisión comporta un conflicto interno de incertidumbre ante un perjuicio o ganancia, acierto o equivocación que pueda ocasionar. Ante ello, nos podemos preguntar: ¿por qué aparece tan frecuentemente el miedo ante la toma de decisiones de cualquier naturaleza? Es obvio saber que el miedo provoca emociones personales intrínsecas que promueven una alteración del ánimo ante un hecho o circunstancia desconocida. Es a través de esta ignorancia cuando aparece la angustia como estado emocional de miedo y desconfianza.
Ya que las decisiones siempre conllevan incerteza, debemos apelar a la fuerza de nuestras acciones, independientemente de sus resultados alcanzados.
Atraídos por aquella esperanza de beneficio, ganas y deseos personales que son consecuencia de una decisión natural de la conducta. Una libertad de elección propia sin corsés ni el mandato ni consentimiento de nadie.
En la toma de decisiones, la voluntad nos capacita para decidir nuestro comportamiento (tal cual). Es un antídoto ante la inacción, la inmovilidad y la pasividad (un rasgo del carácter y la personalidad). No debiéndose convertir en un freno de la actitud ante los hechos, los problemas y las realidades de la vida que aparecen y necesitan de respuestas y soluciones.
Lo opuesto nos aleja del compromiso, la acción y la voluntad para involucrarse y no dejar que los acontecimientos nos absorban y aturdan, provocándonos la confusión y la parálisis mental del ánimo.
Estados de rechazo, en los cuales veamos la apatía, la inercia y la desconfianza como estados emocionales enemigos de la determinación y la firmeza. Unas disposiciones del alma que nos deben inmunizar en forma de vacuna y profilaxis ante el miedo y la desconfianza para poder afrontar cualquier asunto, conflicto o resolución.
Hay que combatir el miedo con actitudes que nos provean de capacidades en el emprendimiento de cualquier acción, sin importar las dificultades que puedan conllevar. Y estas, no se puedan transformar en una preocupación manifiesta de agobio e inquietud permanente y ansia que nos conduzca a la desazón.
Aquella autentica agonía que produce una amargura interior personal que propicia la tristeza ante la sospecha del derrotismo o el fracaso manifiesto.
Tenemos que abandonar los recelos que crean alarmas y producen sobresaltos inesperados. Para ello, debemos utilizar el aplomo de la serenidad, el entendimiento y la razón.
La serenidad y la calma que transmite la seguridad nos dotará en los actos que ejecutemos de la firmeza y decisiones convenientes y, también, de una confianza generadora de entereza natural ante los interrogantes, dubitaciones y conflictos. De igual manera, la armonía de la diversidad que nos propicia la mesura, la sensatez y la ecuanimidad es una aportación indispensable de responsabilidad ante la incertidumbre como acción protectora de estabilidad y garantía.
Aquel aval de respaldo del ánimo, empuje y aliento ante las decisiones a tomar; de ayuda moral ante los desafíos, estímulo de esfuerzo y energía vital ante las decisiones que nos alejan de los miedos; y, un autentico vigor y valor frente a las determinaciones como suministro de solidez y consistencia personal.
Ya que los miedos son obstáculos añadidos a las situaciones en la forma de realizar, actuar y poner en práctica acciones o procederes, no provoquemos incertidumbres gratuitas y estériles con dudas e indecisiones que solo conducen al desasosiego y a la inquietud permanente. Al contrario, traslademos en las convicciones un seguro y respaldo del convencimiento en todo lo que se realice. Tengamos la capacidad para decidir con el valor y la voluntad necesaria en el desarrollo de nuestros actos naturales.
Dejemos de lado los miedos ante lo desconocido y veamos en la facultad para elegir desde nuestra certeza y juicio personal las decisiones que nos competen y creemos.
Es el camino hacia la determinación plena y segura para poder mostrarnos tal como somos en estado puro, sin esencias ni tapujos. Al natural, sin complejos ni miedos.

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Acerca de Lorente Andía

Reflexiones y análisis sobre el pensamiento humano y nuestra sociedad.
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