Yo también soy un perdedor

En muchas ocasiones en la vida, cualquier ser humano, en sus reflexiones más trascendentales ha reflexionado sobre su existencia en el mundo. En estas, se visualiza a través de los logros que ha conseguido, en su gran mayoría tangibles. En esa reflexión mental de pensamientos, esa persona visualiza que no ha conseguido adquirir grandes recursos materiales ni grandes riquezas o metas como símbolo de victoria en el transcurso de su vida. Por ello, el ser humano tiende a pensar para si que es un perdedor. Para hacer una afirmación tan categórica y significativa como decir “soy un perdedor”. Para poder hacer una realización de juicios tan taxativos como los que se están expresando cabe hacer un estudio y análisis sobre el concepto de perder. Para ello, surgen distintas cuestiones que ayudan a la elaboración de una definición clara. ¿Perder es no ganar?
¿Acaso una persona no puede ganar en una pérdida? ¿Una persona que pierde, acaso no ha aprendido a través de sus errores, que elecciones o caminos debería haber tomado? Para responder a todas estas cuestiones hay que ir al origen y etimología de la palabra en cuestión. El término perdedor está formado por raíces latinas, las cuales quieren decir “el que deja de tener”. Su prefijo es “per” (por completo), “dare” (dar) y “dor” (individuo que realiza la acción). Este concepto ha ido evolucionando en el tiempo, pero la esencia es la misma.
Se considera perdedor aquél que no tiene, que ha perdido algo o que abandona en una situación determinada. Las personas que arriesgan, que tienen sueños, que fracasan y que lo intentan son perdedores. La educación y la sociedad en su conjunto están enfocadas en castigar el error y premiar en el acierto. Esto, lo que provoca son seres sin ambición de prosperar, de ser mejores, de superarse, estableciéndose así en nuestro modus vivendi. En el mundo en el que vivimos hoy en día no hay término medio como manifestaba Aristóteles. Hay ganadores y vencidos, nada más. No hay aquél que lucha por un sueño o que persigue una meta y es admirado. Hay aquél que con su más o menos esfuerzo alcanza un objetivo. ¿Qué hay de aquél que lucha, que cae, que erra, que no consigue su objetivo? ¿Acaso el camino al éxito no está pavimentado de fracasos?
Aquellas personas que no lo intentan, que tienen miedo al qué dirán o que prefieren su zona de confort, son los perdedores. Aquellos que no tienen una mínima esperanza de autosuperación, disciplina y persistencia, son los perdedores. Aquellos que juzgan y sentencian a personas que quieren ser mejores, que quieren dar su mejor versión, son los perdedores. ¿Acaso no es más valiente, gentil y noble haber luchado por unas inquietudes y unos objetivos, que jamás haberlo intentado? ¿Acaso no es más respetuoso hacia el propio individuo, haberse dicho a si mismo que sí podía? ¿Acaso no es una ofensa hacia la propia persona el mandarse mensajes limitantes, de no salir de su zona de control y de creer que nunca va a ser lo que quiere ser?
Las personas que trabajan, que luchan por una vida digna, que son constantes, que tienen una visión en el largo plazo, que son honestas y nobles y que superan las desventuras e infortunios que esta vida nos ofrece y no consiguen sus metas, retos e ilusiones: ¿se pueden considerar perdedores? Yo creo que no, pero si esos son los perdedores, yo también soy un perdedor.

Acerca de Lorente Andía

Reflexiones y análisis sobre el pensamiento humano y nuestra sociedad.
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