La sensatez como fortaleza ante la toma de decisiones

En la vida ante cualquier determinación o resolución (profesional, empresarial, política o personal) para resolver cualquier conflicto, iniciativa o destino a seguir, los seres humanos tomamos decisiones de diferente índole. Unas decisiones que requieren de una fortaleza y firmeza ante las dudas, dificultades o miedos. Unos procederes de actuación que deben ir acompañados de reflexión, madurez y juicio; donde se evalúen las diferentes posibilidades y perspectivas de los problemas, buscando nuevos enfoques adecuados y soluciones certeras que eviten perjuicios y errores innecesarios en los hábitos del quehacer diario. Por tal motivo, la personalidad propia ha de ser garante y guía de sensatez y fortaleza en la toma de decisiones.
La madurez profesada ante cualquier medida o iniciativa requieren de la energía del espíritu y el empuje del ánimo a través de la cual, la disposición de actuación ha de ser una elección donde impere la lógica y el criterio de la inteligencia ante las ideas y las reflexiones.
Las decisiones necesitan de empuje para pactar y mejorar cuando sea necesario y conveniente (inteligencia personal), ya que transmiten intensidad y agudeza en cualquier desenlace o fin, dando fluidez y nitidez a las controversias y las dubitaciones.
Es por medio de nuestro parecer particular cuando se ha de crear y mantener un criterio nítido real ante la presentación o aparición de un proceso que se inicie o necesite su examen.
Cualquier causa a tratar es un reto (motivación personal) que debe equipar y fomentar la potencia de las creencias con la consistencia de los valores. Sabiendo que las decisiones a emprender y la disposición en las medidas no llevan siempre la unanimidad de las acciones.
Es ineludible tener que buscar en la ponderación de las actuaciones puntos de encuentro que faciliten nuevas perspectivas, enfoques y realidades. Aquel tiento del razonamiento que ampare los argumentos y los refuerza como protección de defensa y racionalidad.
Todo convenio y compromiso (profesional, personal, humano) ha de tener una consonancia de conformidad y consentimiento que precise de la audacia y la concreción de las ideas con sus propuestas y soluciones.
No hay decisión que no requiera un porqué, un fundamento y una justificación. Por ello, ante cualquier tesis a defender, la defensa con criterio, opinión y seriedad son un baluarte positivo de carácter y temple.
Las disquisiciones y consideraciones en toda parcela personal o de organización, forman parte de la conducta, la actitud y el talante para negociar las decisiones, sus efectos y resultados.
La solidez en los planteamientos, la intensidad en los fines y la perseverancia son elementos de empuje y mesura imprescindibles ante cualquier decisión o actuación con un fin efectivo (meta, reto, proyecto).
Las dificultades que puedan presentarse se han de sobrellevar con sobriedad, sin disminución del ánimo ni la equidad.
El sentido común ha de impulsar las actitudes de responsabilidad, justicia y verdad. Aquellos principios y fundamentos que son motivo de brega de las creencias y criterios propios ante la vida.
El aplomo y el temple son buenos compañeros de viaje frente a las determinaciones, aportando estabilidad personal y emocional como elemento primordial de entusiasmo y animosidad en el ejercicio de las resoluciones que se ejecutan. Un impulso de la voluntad y el deseo del espíritu como soplo de certeza y seguridad potente del coraje.
Los pareceres siempre exigen de una opinión, un juicio y una máxima de deseo, voluntad e intención para alcanzar cualquier cometido.
Los errores y las equivocaciones han de subsanarse con voluntad, afán y brega por el cambio. Un influjo de tesón y empeño que visione carácter y gana en el empuje de las acciones con contundencia y fuerza (perseverancia de actuación).
La fortaleza personal frente a las ideas y proposiciones a realizar han de ser una alternativa positiva ante los dilemas y dudas en la selección efectiva para el aumento de las posibilidades de los retos a alcanzar. Unidas a la capacitación del talento y la aptitud del saber en los comportamientos y las situaciones a resolver.
No hagamos de la sensatez un despropósito de irreflexión. Al contrario, un ejercicio de maduración, prudencia y discreción en las relaciones y juicios.
No caigamos en el desaliento (personal o de equipo humano), la flaqueza y la debilidad de las incertidumbres y los desconocimientos. Busquemos en la virtud del espíritu, en la energía vital y en el carácter personal, el cambio de paradigma que venza el titubeo, la inseguridad y la inquietud, transformándolos en la tranquilidad del bien hacer, la decisión de las acciones y la resolución ante los conflictos.
Aparquemos las dubitaciones (endógenas o exógenas) y la perplejidad de las contrariedades frente a la fragilidad y las vacilaciones. Aquellos recelos de los problemas que generan reparo y desconfianza ante cualquier incógnita o cuestión como dilema de indeterminación e inseguridad.
No hay mejor estimulo para lanzar las metas que vencer los obstáculos con seguridad y valor en uno mismo y sus posibilidades.
Es la forma más adecuada de allanar el camino como garantía de fortaleza y sensatez en la toma de decisiones (en cualquier ámbito o situación) como búsqueda de un resultado final satisfactorio y exitoso.

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Acerca de Lorente Andía

Reflexiones y análisis sobre el pensamiento humano y nuestra sociedad.
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